La longevidad suele pensarse como un desafío del cuerpo: cómo alimentarnos, cuánto movernos, cómo dormir y qué factores de riesgo controlar, pero hay otra dimensión de la salud que no entra fácilmente en un análisis de laboratorio: la calidad de los vínculos con los que atravesamos la vida.
Quizás estamos intentando vivir cien años con una idea demasiado pequeña de lo que significa estar vivos.
Sabemos cada vez más sobre cómo cuidar el cuerpo, cuanto dormimos, cuánto caminamos, qué comemos… la longevidad se convirtió en uno de los grandes temas de nuestra época y en buena medida, la pensamos como un proyecto individual: un cuerpo que debemos cuidar y optimizar para conseguir que funcione bien durante la mayor cantidad de años posible.
Pero, ¿con quién imaginamos todos esos años?

No es una pregunta romántica. Desde hace décadas, distintas investigaciones encuentran asociaciones entre la calidad y disponibilidad de las relaciones sociales y diferentes indicadores de salud y mortalidad. Esto no significa que tener amigos garantice vivir más ni que exista una cantidad determinada de vínculos que funcione como una receta para la longevidad. Nuestra salud depende de una interacción compleja entre factores biológicos, ambientales, económicos, conductuales y sociales.
Pero estos hallazgos obligan a ampliar una pregunta que durante mucho tiempo pareció fundamentalmente individual: ¿qué significa realmente cuidarnos?
Cuidar nuestra salud no sea solamente aquello que hacemos con nuestro cuerpo, sino también aquello que construimos alrededor de él.
Hay cosas que no atravesamos solos
Una persona recibe una mala noticia, pierde un trabajo, atraviesa una separación, tiene que cuidar a un familiar enfermo o simplemente está viviendo uno de esos períodos en los que todo parece costar un poco más. La situación puede ser exactamente la misma, pero no es igual atravesarla sabiendo que hay alguien a quien llamar que sintiendo que no hay nadie.
Los vínculos no eliminan las dificultades. No evitan una pérdida, no resuelven una enfermedad y tampoco reemplazan un tratamiento cuando es necesario. Pero pueden modificar profundamente la manera en que atravesamos lo que nos ocurre.
Desde la psiquiatría solemos hablar de regulación emocional como la capacidad de reconocer lo que sentimos, tolerar el malestar y encontrar maneras de responder a él, sin embargo, a veces olvidamos algo elemental: no toda nuestra regulación ocurre en soledad.
Desde el comienzo de la vida necesitamos de otros para recuperar seguridad cuando algo nos asusta, poner palabras a lo que sentimos y entender lo que nos pasa. Con los años desarrollamos autonomía y adquirimos nuestros propios recursos, pero esa necesidad no desaparece cuando llegamos a la adultez.
Seguimos regulándonos en una conversación. Alguien puede ayudarnos a poner en perspectiva una preocupación que solos sentíamos inmensa, advertir que estamos distintos, acercarnos ayuda cuando nos cuesta pedirla o simplemente permanecer cerca mientras atravesamos algo que no puede resolver.
Los demás no solamente nos acompañan, muchas veces también nos ayudan a ordenar nuestra experiencia. Quizás por eso hemos confundido durante demasiado tiempo autonomía con autosuficiencia.
Ser adulto no debería significar poder con todo solo, una autonomía saludable también incluye poder pedir, recibir, acompañar y dejarnos acompañar. Poder sostenernos y, al mismo tiempo, saber apoyarnos.
No tiene sentido medir el valor de nuestros vínculos contando cuántas personas conocemos, podemos tener una vida social intensa y sentir que no tenemos con quién hablar de aquello que realmente nos importa. También podemos tener dos o tres personas significativas y sentirnos profundamente acompañados.
La pregunta interesante no es cuánta gente hay alrededor, sino con cuánta gente podemos bajar la guardia, porque no todo vínculo protege: algunos acompañan y otros desgastan.
Tampoco una buena relación es aquella en la que nunca hay conflictos, las relaciones reales incluyen diferencias, frustraciones, enojos y momentos de distancia.
Quizás importe más si dentro de ellas podemos seguir siendo nosotros mismos, si podemos disentir sin sentir que todo está en riesgo, si podemos poner un límite, equivocarnos, pedir ayuda y reparar después de una discusión.
Los vínculos necesitan algo que se volvió particularmente escaso: atención, y también tiempo.
Quizás una de las paradojas de la vida adulta sea esa: algunas de las cosas que más valoramos son justamente las que solemos dejar para cuando tengamos tiempo, y el tiempo rara vez sobra.
Esto resulta particularmente interesante cuando hablamos de longevidad. Podemos dedicar una enorme cantidad de energía a intentar ganar años y, al mismo tiempo, descuidar aquello que hará que queramos habitarlos. Convertir las relaciones en otra obligación saludable podría hacernos perder justamente aquello que las vuelve valiosas.
Vivir más no consiste solamente en prolongar el funcionamiento de un organismo, significa agregar años en los que inevitablemente tendremos que atravesar cambios, pérdidas, enfermedades, incertidumbres, alegrías, proyectos y transformaciones.
La medicina tiene buenas razones para preguntarse cómo agregar años a la vida, pero una mirada más amplia de la salud también debería preguntarse cuánta vida habrá dentro de esos años.
Podemos entrenar nuestros cuidar nuestras arterias y nuestro cerebro, podemos intentar preservar nuestra autonomía, quizás también deberíamos cuidar a las personas con las que queremos compartir ese tiempo, no porque los vínculos sean una fórmula secreta de longevidad, tampoco porque necesitemos estar acompañados permanentemente. Sino porque una vida larga inevitablemente será una vida atravesada por otros: por quienes estuvieron, por quienes llegaron, por quienes se fueron y por aquellos que elegimos conservar cerca.
¿Con quién queremos llegar?
Tal vez la longevidad no sea solamente el arte de conservar un cuerpo durante más años. Tal vez también sea el arte de construir una vida a la que valga la pena agregarle tiempo.
Pia Lobo Médica psiquiatra, especializada en psiquiatría infantojuvenil y de adultos jóvenes, con orientación en medicina integrativa.



