La primavera suele presentarse como la estación del bienestar: más luz, más energía, más encuentros, más ganas. Sin embargo, para muchas personas, el cambio de estación puede venir acompañado de mayor inquietud, cambios en el sueño o la sensación de no sentirse tan bien como deberían.
Hay una dimensión biológica. Los cambios en la cantidad de luz pueden influir en nuestros ritmos circadianos, el sueño, la energía y el estado de ánimo. El organismo necesita adaptarse y podemos sentirnos más activados, pero la activación no es necesariamente ansiedad. Lo interesante es cómo esos cambios se encuentran con nuestra historia y con las expectativas propias de esta estación.
La primavera no modifica solamente la luz y la temperatura: también cambia las rutinas y las expectativas. La naturaleza cambia de estación sin preguntarse cómo debería sentirse. Nosotros, en cambio, hemos llenado las estaciones de mandatos.
Con la primavera aparece casi una exigencia de vitalidad: hay que salir, encontrarse, aprovechar el día, tener proyectos, sentirse mejor. Pero ¿qué sucede cuando afuera todo parece florecer y nosotros no?
Puede aparecer una distancia entre lo que sentimos y lo que creemos que deberíamos sentir. Podemos estar atravesando cansancio, estrés, ansiedad, una pérdida o, simplemente, un momento de mayor introspección, mientras el entorno parece decirnos: “Es primavera, tendrías que estar bien”.
A veces, también sufrimos porque creemos que deberíamos sentirnos de otra manera.
En muchas mujeres se suma otro fenómeno: el cuerpo comienza a quedar más expuesto. Cambia la ropa, aumenta la temperatura y se acerca el verano. Aunque, desde una perspectiva psicológica y cultural, podríamos decir que el verano empieza mucho antes de diciembre: comienza cuando aparece la pregunta acerca de cómo deberíamos “llegar” a él.
Las dietas, los gimnasios, los tratamientos, las redes sociales y los mensajes sobre cómo debería verse un cuerpo se intensifican. El problema no está en querer entrenar, cuidarnos o cambiar algo que deseamos. Aparece cuando el cuidado se transforma en una urgencia por corregir el cuerpo antes de mostrarlo.

Podemos invertir la pregunta: ¿la primavera produce ansiedad o vuelve más visibles ciertas presiones que durante el invierno permanecían más silenciosas?
También aumenta la vida social. Más encuentros y actividades pueden producir bienestar, pero también mayor exposición, comparación o sensación de tener que estar disponibles. Incluso aquello que disfrutamos puede demandarnos energía.
Y hay algo más: toda transición requiere adaptación. Cambian los horarios, el sueño, la temperatura, las actividades, la ropa y nuestra relación con el afuera. Los cambios deseados también pueden movilizarnos.
Por eso, me interesa pensar la primavera como un posible amplificador: puede hacer más visibles nuestra relación con el cuerpo, las expectativas, la comparación y la distancia entre nuestro ritmo interno y el que parece exigir el mundo.
Quizás el desafío no sea “aprovechar la primavera” a cualquier precio, sino preguntarnos: ¿qué necesito yo en esta primavera? ¿Más movimiento o más descanso? ¿Encontrarme con otros o estar un poco sola? ¿Volver al cuerpo desde el disfrute y no desde la exigencia?
La primavera puede invitarnos a salir, movernos y encontrarnos. Pero no debería convertirse en una nueva exigencia de felicidad, sociabilidad o transformación corporal.
Nuestros procesos psicológicos no obedecen al calendario. Y quizás necesitemos recordarlo: no tenemos por qué florecer al mismo tiempo que la estación.
Cecilia Puppo Psicóloga. Salud integrativa. Acompaña en los momentos más humanos de tu vida. Es creadora de Mundos vinculantes Habitándonos.



