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Perimenopausia y trastornos alimentarios: un malestar del que poco se habla

La perimenopausia abre nuevas preguntas sobre el cuidado del cuerpo. Cuando el bienestar se transforma en exigencia, aparece un terreno fértil para el malestar. Una mirada desde la salud mental.


mujer adulta mirándose al espejo

Perimenopausia y trastornos alimentarios: un malestar del que poco se habla - Créditos: Getty



En los últimos años comenzó a observarse con más frecuencia un fenómeno particular: mujeres de más de cuarenta años que empiezan a vivir su relación con su cuerpo, la alimentación y “lo que hay que hacer” desde un lugar de creciente exigencia.

La perimenopausia es una etapa biológica real. Los cambios hormonales pueden traer modificaciones en el sueño, en la energía, en el metabolismo y también en el estado de ánimo. El cuerpo se transforma y muchas mujeres buscan nuevas formas de cuidarse.

El acceso a información y el avance de la mirada clínica sobre estos procesos iluminaron nuevas formas de cuidado y prevención y, desde ya, esto es una muy buena noticia. Sin embargo, el punto crítico aparece cuando ese cuidado se organiza alrededor de mandatos cada vez más rígidos sobre cómo debería ser y verse el cuerpo en esta etapa de la vida.

En redes sociales, medios y espacios de bienestar circula una oferta cada vez más amplia de recomendaciones: protocolos alimentarios para “regular hormonas”, rutinas de ejercicio específicas, listas de suplementos, programas para “desinflamar”, “resetear” u “optimizar” el metabolismo.

Esta oferta representacional —las imágenes, discursos y modelos que indican cómo se debería atravesar esta etapa— tiende a instalar un ideal de cuerpo funcional, energético y controlado que muchas veces no contempla las singularidades biográficas, médicas y, sobre todo, emocionales de cada mujer.

Cuando ese ideal se vuelve norma, aparece un terreno fértil para el malestar.

Se observan dietas cada vez más restrictivas, una eliminación creciente de grupos de alimentos, autosuplementación sin indicación profesional, preocupación intensa por la composición corporal o por el peso y una relación más tensa con la propia imagen. En algunos casos también se suma el uso de medicamentos o intervenciones prometidas por el mercado del bienestar, con expectativas difíciles de sostener.

Y si bien el malestar no siempre se presenta como trastornos de la conducta alimentaria en su forma clásica, muchas veces se trata de algo más silencioso: una relación cada vez más vigilada con el cuerpo bajo la apariencia de autocuidado.

Comenzar a transitar los +40 suele coincidir con otros tránsitos vitales no lineales, múltiples y diversos que traen grandes movimientos subjetivos. Cambios en las historias reproductivas, búsquedas de embarazo, tratamientos de fertilidad, hijos que crecen, duelos, reorganizaciones vinculares, transformaciones laborales o preguntas sobre el paso del tiempo. Es una etapa vital donde lo corporal y lo emocional se entrelazan con mucha intensidad.

En ese contexto, los mensajes culturales que circulan sobre alimentación, ejercicio o bienestar adquieren un peso particular.

Algo similar a lo que ocurre durante la adolescencia: en momentos de gran transformación psíquica y corporal, la necesidad de pertenecer, encajar o alinearse con las expectativas del afuera puede volverse muy poderosa. Cuando las referencias disponibles son rígidas o idealizadas, el margen para la singularidad se reduce y el riesgo de malestar anímico aumenta.

No todo lo que funciona para algunas mujeres funciona para todas. Los cuerpos, las historias médicas, los ritmos de vida y los momentos emocionales son distintos.

Por eso, frente a la abundancia de recetas universales, la mirada desde la salud mental invita a recuperar algo que en este tipo de discursos tiende a quedar desplazado: la escucha y el respeto por lo singular.

Atravesar la perimenopausia no debería implicar adaptarse a un modelo único de bienestar ni entrar en una carrera permanente por optimizar el cuerpo. Muchas veces el cuidado empieza justamente cuando se abre un espacio para pensar qué necesita cada persona en su propio contexto.

En etapas vitales atravesadas por cambios biológicos y emocionales, los mensajes más saludables no suelen ser los que imponen reglas, sino los que permiten preguntar, consultar y construir acompañamientos a medida.

La importancia de cuidar el cuerpo y los efectos emocionales que conlleva mientras transcurre la vida también implica cuidar el modo en que se lo representa, se lo piensa y se lo habita.

Por Lic. Ma. Agustina Capurro, gentileza para OHLALÁ! @psiagustinacapurro

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