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7 de mayo, Día de la Masturbación: por qué el autoplacer femenino dejó de ser un tabú y se convirtió en bienestar

En el Día de la Masturbación, especialistas explican por qué el autoplacer femenino ya no se vive con culpa y cómo puede convertirse en una herramienta de bienestar, conexión y conocimiento personal.


mujer masturbándose

7 de mayo, Día de la Masturbación: por qué el autoplacer femenino dejó de ser un tabú y se convirtió en bienestar - Créditos: Getty



En un mundo que nos enseñó a mirar hacia afuera, la masturbación, el autoplacer aparece como una forma de volver al propio cuerpo. Lejos de los prejuicios y más cerca de la conciencia, cada vez más mujeres lo resignifican como una herramienta de bienestar.

Durante mucho tiempo, la masturbación fue un tema incómodo. Algo que no se nombraba, que se aprendía en silencio o, directamente, que se evitaba, y más aún para nosotras, las mujeres.

Hoy, esa narrativa está cambiando. No porque sea una práctica nueva, sino porque empezó a mirarse desde otro lugar: menos culpa, menos mandato y más curiosidad.

“El autoplacer no es solamente una práctica física, es una forma de generar información sobre una misma”, explica Francesca Gnecchi, diplomada en sexualidad y directora del sex shop Erotique Pink en el Día de la Masturbación. “Es un espacio donde podés explorar sin expectativas, sin tener que responder a nadie más”.

Del tabú al bienestar

Parte del cambio cultural tiene que ver con cómo empezamos a entender el bienestar. Ya no se trata solo de alimentación o ejercicio: también incluye el vínculo con el propio cuerpo.

En ese contexto, el autoplacer deja de ser un tema aislado para convertirse en una herramienta de conexión.

“Muchas personas llegan a consulta desconectadas de su deseo, pero no porque no exista, sino porque nunca aprendieron a registrarlo”, señala Gnecchi. “El autoplacer es una forma de empezar a escuchar eso que está, pero que fue silenciado”.

Salir del piloto automático

Incluso en algo tan íntimo también puede aparecer el piloto automático. “Estamos muy acostumbradas a buscar un resultado rápido, incluso en el placer. Pero cuando bajamos la velocidad y empezamos a prestar atención a las sensaciones, cambia completamente la experiencia”.

Esa pausa —poco habitual en la vida cotidiana— es, muchas veces, lo que permite reconectar. No se trata de hacer más, sino de sentir distinto.

El deseo también se sale a buscar

El deseo no siempre es espontáneo. A veces, necesita espacio, tiempo y contexto. “Hay una creencia muy instalada de que el deseo debería aparecer solo, pero no siempre funciona así”, explica Gnecchi. “El autoplacer puede ser una forma de generar ese encuentro, sin presión y sin exigencias”.

De la culpa al permiso

Para muchas mujeres, el mayor obstáculo no es el desconocimiento, sino la carga cultural. Lo que se dijo, lo que se insinuó, lo que nunca se habló.

“Trabajamos mucho con discursos heredados: ideas sobre lo que está bien o mal, sobre cuánto es ‘demasiado’, sobre quién tiene derecho al placer”, cuenta Gnecchi. “Cuestionar eso es parte del proceso”.

Y ahí aparece algo clave: el permiso. No como algo que viene de afuera, sino como una construcción interna.

Un vínculo que impacta en todos los demás

Lejos de aislar, el autoplacer también tiene impacto en los vínculos. No porque los reemplace, sino porque los transforma.

“Cuando una persona se conoce más, puede comunicar mejor lo que desea”, dice Gnecchi. “Y eso cambia la dinámica con otras personas: hay más claridad, menos suposición”.

En un contexto donde muchas veces se espera que el otro adivine, ese cambio no es menor.

Volver al cuerpo

Quizás, en el fondo, de eso se trata todo. De volver. A las sensaciones, al registro, a la presencia.

En una época marcada por la velocidad y la hiperestimulación, el autoplacer aparece como un gesto simple pero profundo: habitar el propio cuerpo sin apuro.

“Más que una técnica, es una experiencia”, resume Gnecchi. “Y cada persona puede construirla a su manera”. Porque, al final, no hay una única forma correcta. Solo la propia.

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