Lo que conquistamos como sociedad no lo va a modificar lo que diga un hombre (con cargo de juez). No lo va a modificar un funcionario. No lo va a modificar un poder judicial que no escucha el reclamo de una sociedad (hace pocos días se conoció la absolución del actor Juan Darthés, denunciado por abuso sexual)
Todos conocemos a alguien que sufrió violencia sexual. En Brasil solo el 1% de las denuncias de abuso recibe condena. Pongámoslo simple: no hay 99 personas que recurren a la justicia porque no tienen otra cosa mejor que hacer, lo que hay es falta de respuestas por parte del sistema. Lo que hay es un mensaje de impunidad que dice: pueden hacer con los cuerpos de los y las niñas lo que quieran porque no habrá consecuencias.
Pero la conquista social está ganada. Lo importante es que tomamos conciencia de algo que sucede, queramos mirarlo de frente o no, y nuestro desafío es trabajar para que no pase más. Para que si pasa las personas se animen a hablar, porque como humanidad crecimos en empatía. Esa es nuestra parte del trabajo, nuestro granito de arena: abrazar a quienes rompen el silencio. Ya que el sistema no es reparador, que la sociedad construya formas de sanar es vital.
Mientras tanto, trabajaremos para modificar sistemas judiciales retrasados, carentes de una mirada sensible que valore el testimonio de las víctimas. “Sistemas”, es decir: personas que lo conforman, que ni siquiera están al tanto de los tratados internacionales a los que sus países adhieren; como la CEDAW que en Argentina tiene carácter constitucional (es decir está por encima de las leyes locales) y la Convención de Belém Do Pará. Solo por dar algunos ejemplos. Las cortes internacionales, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, tiene en los últimos años fallos ejemplares que deben servir de guía para valorar la prueba en estos casos.
Pero saliendo de lo burocrático y apelando a lo humano, que muchas veces queda perdido entre tecnicismos, tenemos que preguntarnos: ¿qué les estamos pidiendo a las infancias? ¿Las vamos a responsabilizar por no poder probar un hecho que sucede siempre en la soledad de dos personas, en la soledad de alguien con más poder que somete a otro? ¿Vamos a responsabilizarlas siempre por no gritar, por no darse cuenta del peligro, por no hablar rápido, cuando la propia sociedad descree de nuestra palabra y eso da pánico para quienes debemos contar el horror?
La salida siempre es colectiva, los casos emergentes, que son representativos de muchos otros, nos sirven para ver en profundidad y a plena luz lo que pasa en millones de otros casos que no son visibles, que quedan a oscuras entre los archiveros de las fiscalías y los juzgados. Nos sirve para ver lo que el sistema les propone a las personas que denuncian: un laberinto que parece no tener salida: si no denunciás en la justicia no podés hablar porque te van a denunciar a vos por calumnias e injurias, si denunciás tenés que lograr probarlo, porque si no lo probás vas a ser una mentirosa.
Lo único cierto es que en todo el proceso la culpa es tuya, no del violento, no de la justicia que no está a la altura. La culpa es tuya. Por eso la importancia de lo colectivo; no nos pasó a 10 personas, nos pasó a millones, y para salir del horror nos tomamos de la mano frente a un sistema carente de respuestas, respondimos que el silencio y la vergüenza ya no nos pertenecen. La fuerza de una es la fuerza de todas.
Las frases violentas que circulan en las redes y que se materializan en conversaciones a espaldas de las víctimas reproducen un entramado que pretende silenciarnos. Reproducen un sinfín de estereotipos:
- Que denunciamos para ganar fama
- Que lo hacemos por la plata
- Que queremos venganza
Este es el panorama, pero como dije hace unos días en la conferencia de la ONU junto con los Ministerios de Igualdad de Brasil, Paraguay y Argentina, lo que no saben es que, cuando perdemos todo, también perdemos el miedo.












