Meta pone límites al uso adolescente de Instagram y Facebook y abre una discusión que involucra a toda la sociedad

Meta implementará nuevas medidas para limitar el uso de Instagram y Facebook entre adolescentes. Qué cambia en las redes sociales y por qué el diseño de estas plataformas también influye en su bienestar.

Por Evangelina Cueto

7 de septiembre de 2026, 14:56

el impacto del uso del celular y las redes sociales en los adolescentes
Por qué es importante limitar el uso de redes sociales en la adolescencia. - Getty

Estos días, una noticia que llega desde Estados Unidos volvió a poner en agenda la relación entre adolescentes y redes sociales. Meta alcanzó un acuerdo judicial luego de una serie de demandas que cuestionaron el impacto de Instagram y Facebook sobre los adolescentes y algunas características de su diseño que pueden favorecer que permanezcamos conectados durante más tiempo.

El acuerdo prevé cambios para los menores de 18 años, entre ellos, un límite predeterminado de dos horas diarias entre Instagram y Facebook, restricciones de algunas funciones durante la madrugada, notificaciones silenciadas durante buena parte del horario escolar, avisos para hacer pausas y mayores posibilidades de intervención de las familias. También incluye medidas sobre el autoplay, los sistemas de recomendación, la visibilidad de los likes y algunos filtros que modifican la apariencia.

Más allá de cómo funcionen estas medidas en la práctica, el acuerdo empieza a poner en discusión el diseño de las propias plataformas. Durante mucho tiempo, la conversación estuvo centrada en cuánto tiempo pasan los adolescentes frente a las pantallas, cuánto les cuesta dejarlas o qué deberían hacer las familias para regular su uso. Incorporar la arquitectura de las redes permite ampliar esa mirada.

adolescentes con redes sociales
Se empieza a legislar en el mundo para cuidar el tiempo que los adolescentes pasan en redes. - Getty

Las plataformas están construidas a partir de decisiones concretas que influyen en la manera en que las recorremos, cuánto tiempo permanecemos en ellas y cómo nos relacionamos con los demás cuando estamos ahí.

El scroll podría tener un final, pero es infinito. Un video podría terminar y darnos unos segundos para decidir si queremos continuar, pero comienza otro automáticamente. Las notificaciones vuelven a buscarnos cuando ya habíamos salido y los algoritmos aprenden de aquello que miramos para ofrecernos contenido capaz de mantener nuestro interés.

Estos mecanismos funcionan también con los adultos. En la adolescencia adquieren una dimensión particular porque se encuentran con características propias de esta etapa del desarrollo.

¿Por qué la adolescencia es especialmente sensible a estos diseños?

Foto de mujer cansada.
La adolescencia es especialmente sensible a la exposición a redes sociales. - Getty

La adolescencia es un período de enorme transformación física, psíquica, vincular y cerebral. La búsqueda de novedad y de nuevas experiencias cobra fuerza, la recompensa adquiere especial relevancia y los pares pasan a ocupar un lugar central. Pertenecer, ser mirado, recibir reconocimiento y encontrar un lugar en el grupo forman parte de los procesos propios de estos años.

Al mismo tiempo, continúan madurando las capacidades que permiten planificar, anticipar consecuencias, controlar impulsos y regular la propia conducta.

Cuando estas características propias de la adolescencia se encuentran con el diseño de las redes sociales, se potencian entre sí. La búsqueda de novedad encuentra contenido infinito. La sensibilidad a la recompensa encuentra estímulos permanentes e impredecibles. La importancia de la mirada de los pares encuentra likes, seguidores, comentarios y visualizaciones. Y las capacidades de autorregulación, todavía en desarrollo, se enfrentan a una arquitectura en la que continuar resulta muy fácil y detenerse requiere una decisión.

Esta combinación permite entender por qué hablar de adolescencias y redes requiere mucho más que contar horas de pantalla.

También permite dimensionar la asimetría. De un lado, hay adolescentes desarrollando progresivamente su autonomía y aprendiendo a regular sus tiempos, impulsos y emociones. Del otro, compañías con enormes recursos tecnológicos, equipos especializados y una cantidad extraordinaria de información sobre nuestros comportamientos, capaces de conocer cada vez mejor qué captura nuestra atención y qué consigue que permanezcamos conectados.

Una atención con demasiados competidores

Hacer la tarea con WhatsApp abierto, mirar una notificación, volver al texto, contestar un mensaje, entrar un segundo a Instagram y después intentar recordar qué estábamos leyendo es una escena cotidiana.

Cada cambio de actividad obliga a nuestra atención a volver a acomodarse. Leer un texto largo, estudiar, escuchar una clase o mantener una conversación requieren sostener el foco incluso cuando durante un rato no sucede nada especialmente estimulante.

Las redes ofrecen una experiencia diferente. Siempre hay una novedad disponible a un movimiento del dedo.

Por eso, algunas de las medidas previstas, como introducir pausas, avisar cuánto tiempo llevamos conectados o permitir desactivar el autoplay, pueden devolver pequeños momentos de decisión frente a una experiencia que muchas veces transcurre casi en automático.

El sueño adolescente tiene sus propias reglas

Durante la pubertad, el ritmo circadiano tiende fisiológicamente a desplazarse hacia horarios más tardíos y también cambia la manera en que se acumula la presión de sueño. En términos cotidianos, muchos adolescentes empiezan a tener sueño más tarde que cuando eran chicos.

Quienes convivimos o trabajamos con adolescentes conocemos bien esa diferencia. A las once de la noche pueden estar completamente despiertos y a las siete de la mañana, cuando hay que levantarse para ir al colegio, cuesta muchísimo sacarlos de la cama.

Sobre esa característica biológica se instala una plataforma que permanece activa las veinticuatro horas. Los amigos siguen conectados, las conversaciones continúan, llegan notificaciones y, después de un video, siempre hay otro disponible. Ese "miro uno más" puede transformarse fácilmente en media hora mientras el horario escolar sigue empezando temprano.

Dormir menos repercute en la atención, la memoria, el aprendizaje, el estado de ánimo y la regulación emocional. La arquitectura digital puede potenciar una tendencia biológica que ya existe durante la adolescencia y, por eso, las restricciones durante la madrugada tienen especial relevancia desde una mirada de salud integral.

Crecer mirándose y siendo mirado

La construcción de identidad es otro de los grandes procesos de la adolescencia. Quién soy, cómo me ven, dónde pertenezco, qué me gusta de mí, qué quisiera cambiar y cómo me siento con mi cuerpo son preguntas que adquieren especial intensidad durante estos años.

La mirada de los pares siempre tuvo un enorme peso en esta etapa. Hoy, parte de esa mirada queda además cuantificada a través de likes, seguidores, visualizaciones y comentarios.

Los filtros agregan otra dimensión. Podemos modificar la piel, los labios, la nariz o las proporciones del rostro en segundos y después volver a encontrarnos con nuestra imagen en el espejo. Al mismo tiempo, miramos imágenes de otras personas sin saber cuánto fueron seleccionadas, editadas o modificadas.

La repetición de determinados cuerpos y rostros también construye referencias acerca de qué se considera lindo, deseable o aceptable. Todo esto ocurre mientras la identidad, la autoestima y la relación con el propio cuerpo están en plena construcción.

Pensar el impacto de los filtros desde la adolescencia obliga, entonces, a preguntarnos qué significa construir la propia imagen cuando una parte de las referencias con las que nos comparamos fueron previamente modificadas.

Los adultos también tenemos que mirarnos

Los mecanismos que capturan la atención adolescente también funcionan sobre nosotros. Entramos a responder un mensaje y terminamos veinte minutos mirando otra cosa, una notificación interrumpe nuestro trabajo o revisamos el teléfono casi automáticamente. También nos comparamos con cuerpos, casas, trabajos, viajes y vidas que desde una pantalla parecen perfectas.

Reconocer nuestras propias vulnerabilidades puede ayudarnos a conversar con los adolescentes desde un lugar más genuino y también a revisar qué modelos de relación con la tecnología les ofrecemos.

Incluso vale la pena revisar cómo nos nombramos dentro de las plataformas. La palabra "usuarios" resulta pequeña para describir todo lo que hacemos allí. Somos personas transitando territorios digitales. Nos vinculamos, estudiamos, trabajamos, nos informamos, buscamos pertenecer, nos entretenemos y mostramos partes de nuestra vida.

Para los adolescentes, esos territorios forman parte de su experiencia cotidiana, de sus vínculos y también de la construcción de su identidad.

La responsabilidad también está en la arquitectura

Las familias tenemos una responsabilidad enorme en el acompañamiento de los adolescentes. Las escuelas y los equipos de salud también tenemos que construir herramientas para conversar sobre estos temas.

Pero existe una asimetría difícil de ignorar entre quienes transitamos los territorios digitales y quienes tienen la capacidad de diseñarlos.

Las empresas deciden cómo funcionan las notificaciones, cuándo comienza el próximo video, qué contenido aparece primero, qué recomienda un algoritmo y qué información se recoge sobre nuestras conductas. Esas decisiones forman parte de la experiencia que después pretendemos que cada persona pueda regular individualmente.

Por eso, el acuerdo con Meta importa más allá de si dos horas resultan el límite adecuado o de cuánto impacto tenga cada una de las medidas. Pone en discusión la responsabilidad de quienes diseñan espacios digitales habitados cotidianamente por millones de adolescentes.

Los Estados tienen un lugar central en esa conversación. Las grandes empresas tecnológicas también. Y los propios adolescentes tienen que ser escuchados cuando se toman decisiones sobre territorios que forman parte de su vida cotidiana.

Acompañar a los adolescentes implica ayudarlos a construir autonomía y herramientas para transitar los territorios digitales. Pero esa autonomía se construye dentro de una arquitectura que otros diseñan. Por eso, la responsabilidad también tiene que alcanzar a las empresas que toman esas decisiones y a los Estados que establecen las reglas para proteger a quienes están en una etapa especialmente sensible del desarrollo.

IG: eva_pediatra

Evangelina Cueto

Evangelina Cueto Es pediatra y especialista en salud integral de adolescentes, formada en el Hospital Garrahan.