
Mi hijo no quiere ir al colegio: cuándo es parte de la adaptación y cuándo conviene consultar
En marzo, muchos chicos dicen “no quiero ir al colegio”. A veces es parte de la adaptación a la vuelta a la rutina, pero otras puede ser una señal de que algo más está pasando. Cómo distinguir entre un malestar esperable y uno que conviene mirar más de cerca.
11 de marzo de 2026 • 11:26

Mi hijo no quiere ir al colegio: cuándo es parte de la adaptación y cuándo conviene consultar - Créditos: Getty
En marzo, con el comienzo de clases, hay escenas que por fuera duran apenas unos minutos, pero por dentro se sienten enormes. Todo está listo para salir y, de golpe, aparece un “no quiero ir al colegio”. A veces viene en palabras. Otras veces aparece en forma de dolor de panza, llanto, enojo o una angustia difícil de nombrar justo antes de salir para el colegio. Y ahí, además del malestar de tu hijo o hija, aparece algo muy difícil para vos: no saber qué hacer con eso que estás viendo. Porque cuando un hijo o una hija la pasa mal, una madre no solo acompaña ese dolor. También carga con otra angustia, más silenciosa: no saber si eso que está viendo es algo que el tiempo va a ordenar o algo que ya necesita ayuda.
Lo primero que me gustaría decirte es esto: esta escena es mucho más común de lo que parece. A muchísimos chicos y chicas les cuesta la vuelta al colegio, incluso cuando después logran adaptarse, disfrutar, vincularse y encontrar su lugar. Empezar las clases implica volver a horarios, rutinas, separaciones y exigencias que durante el verano se habían aflojado. Y a veces ese cambio se siente más. Por eso, en los primeros días puede haber resistencia, más sensibilidad, cansancio, quejas al levantarse o ganas de quedarse en casa. En muchos casos, todo eso forma parte de una adaptación esperable.
Ahora bien, que algo sea frecuente no quiere decir que no importe. Y tampoco quiere decir que haya que mirar para otro lado. Porque una cosa es que a tu hijo o hija le cueste un cambio y otra es que ese malestar se vuelva tan intenso, tan repetido o tan persistente que ya no alcance con esperar. Ahí aparece la pregunta que de verdad importa, la que ordena toda la escena: ¿esto se va a acomodar solo o necesita ayuda?
Si tuviera que decírtelo de la manera más clara posible, te diría esto. Suele ser parte de la adaptación cuando el malestar aparece sobre todo al principio, se concentra en el momento de salir o de entrar y, de a poco, va cediendo con el correr de los días o las semanas. Puede haber llanto, protesta, fastidio o un cuerpo que acusa el cambio, pero después logra quedarse, participar, conectarse con lo que pasa en el colegio y volver a encontrar cierto ritmo. En cambio, conviene consultar cuando ese malestar no afloja, se vuelve cada vez más intenso, empieza a ocupar también otros momentos del día o comienza a alterar de manera clara el descanso, el ánimo, el cuerpo, los vínculos o la vida cotidiana. No porque eso signifique automáticamente algo grave, sino porque cuando algo se sostiene y hace sufrir, merece ser escuchado mejor.
Hay algo importante para recordar: en la infancia, los cambios no se viven igual que en el mundo adulto. Lo que para vos puede ser simplemente volver a la rutina, para tu hijo o hija puede sentirse como separarse otra vez de la casa, de lo conocido, de una presencia más constante tuya y de un ritmo más libre. Es lógico que necesite un tiempo para reubicarse. Y también es lógico que, mientras eso pasa, aparezcan emociones que todavía no sabe nombrar. A veces no puede decir “esto me angustia” o “me cuesta”. Entonces lo muestra con el cuerpo, con el humor, con el llanto o con el rechazo.
Por eso, más que quedarte solo con la frase “no quiero ir”, conviene mirar el cuadro completo. Importa la intensidad, importa la repetición, importa cuánto sufrimiento hay ahí. No orienta solamente lo que dice, sino cómo lo dice, cuánto le dura, si logra calmarse, si ese malestar aparece solo en el momento de salir para el colegio o si ya empieza a ocupar toda la tarde, la noche anterior o incluso el fin de semana. No se trata de tomar como alarma cualquier protesta, pero tampoco de apurarte a pensar que “ya se le va a pasar” solo porque querés que así sea.
A veces lo que más confunde es que el malestar no siempre se presenta de una sola manera. En algunos casos aparece pegado a la separación. En otros, aparece más disfrazado, como irritabilidad, desgano, rechazo a todo lo que tenga que ver con el colegio o una sensibilidad que se derrama sobre el resto del día. En la adolescencia, además, puede mostrarse de modos todavía menos evidentes: más distancia, más faltas, más apatía, más encierro. Pero, más allá de la forma que tome, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: si eso que estás viendo parece un movimiento esperable de adaptación o si ya está pidiendo una mirada más de cerca.
Y acá hay algo muy tuyo, muy de madre, que también vale. Muchas veces no sabés explicar exactamente qué te inquieta, pero sentís que algo no termina de cerrar. No siempre es un gran síntoma. A veces es un gesto, una mirada, una intensidad nueva, una manera distinta de quedarse callado o callada, una tensión que se instaló en la casa todas las mañanas. Esa intuición no siempre es miedo de más. A veces es registro fino. A veces es vínculo. A veces es simplemente que convivís con eso todos los días y captás algo que desde afuera todavía no se ve.
También hay algo que a muchas madres les trae alivio escuchar: en marzo no solo se adaptan quienes vuelven al colegio, muchas veces se desordena un poco toda la casa. Vuelven los horarios, las corridas, el cansancio y esa sensación de que el año arranca demasiado de golpe. A veces esta duda se comparte en pareja o con alguien con quien compartís la crianza, y otras veces no. Pero incluso cuando hay alguien al lado, muchas mujeres sienten que igual les queda a ellas la tarea más difícil: tratar de leer qué le está pasando a su hijo o hija. Por eso, durante las primeras semanas, no todo lo que aparece es una señal de alarma. A veces hay simplemente una familia tratando de acomodarse otra vez a un ritmo más exigente. Y, en medio de ese movimiento, una madre intentando distinguir entre un malestar esperable y uno que necesita ayuda. Esa duda cansa. Porque no siempre duele solo ver mal a un hijo o a una hija. A veces duele también no saber qué hacer con ese malestar.
Por eso, consultar no siempre es porque pensás que pasa algo grave. Muchas veces consultar es porque no querés seguir sola con la duda. Es porque necesitás una mirada que ordene, que ubique, que tranquilice o que confirme que conviene mirar un poco más. Y eso también es cuidado. De hecho, a veces una consulta no termina en ningún tratamiento. Termina en alivio. En escuchar que lo que le pasa a tu hijo o hija es esperable, que forma parte de este momento y que probablemente se acomode solo. Otras veces, en cambio, esa consulta ayuda a ponerle nombre a algo que necesitaba ser visto mejor. Pero incluso ahí, entender ya calma un poco. Porque cuando algo deja de ser una angustia muda y empieza a tener palabras, también empieza a volverse más acompañable.
Hay madres que sienten culpa por no saber enseguida qué hacer. Como si una buena madre tuviera que distinguir de inmediato qué es adaptación y qué no. Y no. No tener una respuesta instantánea no significa estar fallando. Significa que estás frente a algo que importa. Significa que te importa. Estás mirando, registrando, pensando, intentando no minimizar, pero tampoco exagerar. Estás buscando ese punto tan difícil entre esperar y cuidar. Y todo eso también es amor.
Si querés llevarte una idea simple, me gustaría que fuera esta. Podés esperar un poco cuando ves que, aunque cueste, de a poco algo se va acomodando; cuando el malestar no toma todo; cuando hay momentos de bienestar; cuando, con el correr de los días, aparece más alivio que empeoramiento. En cambio, conviene consultar cuando sentís que eso no afloja, cuando el sufrimiento crece, cuando la casa empieza a girar alrededor de ese malestar o cuando vos misma sentís que ya no te alcanza con intentar descifrarlo sola. No para asustarte, sino para acompañar mejor.
Detrás de muchos “no quiero ir al colegio” no hay un problema grave. Muchas veces hay simplemente un hijo o una hija atravesando un cambio, y una madre intentando hacer algo dificilísimo: distinguir entre lo que hay que esperar y lo que hay que escuchar más de cerca. Por eso, consultar no siempre es porque algo anda mal. A veces es, simplemente, una manera de dejar de estar tan sola con la duda. Y cuando una duda encuentra palabras, orientación y calma, algo ya empieza a aliviarse.
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