
Luis Mey: la infancia herida en la novela Los pájaros de la tristeza
La novela, narrada desde la mirada de un niño que intenta comprender un mundo marcado por el abandono y la violencia, regresa en una nueva edición. Luis Mey reflexiona sobre la voz infantil, la crítica social y la extraña felicidad que le produjo escribirla.
10 de marzo de 2026 • 11:55

Luis Mey: la infancia herida en la novela Los pájaros de la tristeza (Factotum ediciones) - Créditos: Gentileza
A casi una década de su primera publicación, Los pájaros de la tristeza vuelve a circular en una nueva edición de Factotum. La novela de Luis Mey —que narra la infancia atravesada por la violencia, el abandono y la fragilidad de los vínculos— encuentra una segunda vida en un contexto donde las preguntas que plantea siguen resonando con fuerza. Escrita desde la voz de Manuel, un niño con dificultades cognitivas, la historia se construye desde el desamparo, pero también desde una sensibilidad que busca mostrar aquello que suele quedar fuera del relato adulto.
Sin embargo, cuenta Mey en esta entrevista con OHLALÁ!, que el libro guarda una paradoja íntima. Aunque el título y los temas que aborda remiten a la tristeza, el proceso de escritura fue, para él, profundamente luminoso. “Por triste que parezca, a mí me desbordó de felicidad al escribirlo”, dice el autor, que describe la experiencia como mirarse en un espejo y descubrir una cara que nadie más ve. Esa dualidad —entre oscuridad y pulsión vital— atraviesa la novela y también su recorrido como escritor.

Luis Mey, escritor - Créditos: Gentileza
¿Qué te llevó, en su momento, a escribir Los pájaros de la tristeza?
Primero, el caos de escribir sin proyectos, a lo cual invito a todos, porque uno, mareado, permite ingresar tonos o historias que ya no lo sacudan para desarmar estructuras que asfixian, sino para salir de abajo del agua y respirar; que son, para mí, las que están llenas de esa pulsión de vida. Así surgió, entonces: escribiendo otras cosas. Algunas las terminé, muchísimas otras no, por suerte, pero que gracias a ellas seguí buscando y encontré Los pájaros, que nace, de algún modo, de una necesidad que entendí después: intentar llevar la voz infantil a la página de la manera más pura posible, y con ella mostrar, tal vez, las batallas necesarias contra la esmerada y convencida destrucción de los adultos.
Esta es una reedición (la primera fue publicada por Seix Barral en 2017). ¿Qué significa para vos que el libro vuelva a circular ahora de la mano de Factotum Ediciones?
Primero, o ante todo, siempre, la emoción de un editor que cree en el trabajo de uno, cosa rara en esta industria. No en el trabajo circunstancial, en un libro, sino en todo, incluso cuando tiene que rechazarlo, pero está ahí, atento al devenir de sus autores. No sé si existe tanto ya. Así que de alguna manera fue sentir que Los pájaros volvía a casa, al lugar donde debió estar, junto con Brujas de Carupá, que es una especie de secuela de Los pájaros de la tristeza.
¿Releíste la novela para esta reedición? ¿Te encontraste con otro Luis Mey?
Por otro lado, a pesar de la alegría, no, no la releí antes de reeditarla. No era yo el que tenía que hacerlo, o no al menos ahora, que estoy releyendo tantas cosas que leí mal en el pasado, y que ahora amo y disfruto mejor. Sí, reconozco, encuentro otro Luis, un yo que mira al libro como un vecino que sonríe cuando ve que creció bien el niño de al lado, que logró salir adelante. Ese texto se publica a mi nombre, pero hace rato que ya no es mío. Soy otro autor, como también fui otro autor cuando salió Los pájaros de la tristeza respecto de los textos anteriores.
¿Sentís que hoy dialoga de manera distinta con el contexto social o literario actual?
Bueno… lamentablemente la historia es cíclica. Los contextos sociales que trato necesitan siempre más textos. No sé si dialoga con el contexto literario, porque por suerte hay una multivocidad que respira, y una cantidad de editoriales que resiste al maltrato estatal de este gobierno, por lo cual hay un riesgo hermoso a la vista en cada voz que sale, que se abre camino. Antes era yo, tal vez, el que quería escribirlo como vivía, en un colectivo, de acá para allá, con los registros de mis lecturas apuradas de transporte público, atentas a que no me pase nada por aquí y por allá, pero ahora, más viejo y más tranquilo, si me preguntás, o si me pregunto yo ahora que puedo, diría que lo escribiría más largo, con más búsquedas, más tragedias, más cicatrices. Pero no más.
¿Por qué elegiste narrar la historia desde el punto de vista de Manuel, un niño con dificultades cognitivas? ¿Cómo encontraste esa voz?
Digamos que es más fácil encontrar una voz así que una voz que exuda cultura o suplemento cultural. Aprendí de chico que hay que saber escuchar, y como nunca lo aprendí del todo, creo que lo practico bastante bien, y así voy pescando detalles, una pausa más una interjección, una interrupción, un cambio de tema repentino, unos nervios en un acto fallido, una palabra que no sale, una palabra que se inventa. Está ahí, al alcance de la mano, y salen de personas maravillosas. Están por todos lados. Si no los ven es porque el sistema está haciendo un trabajo maravilloso para que pierdas toda sensibilidad.
La prosa trabaja con la literalidad, los silencios, la falta de palabras. ¿Cómo fue el proceso de construir una lengua que no explica sino que muestra?
Bueno, ahí sí había un derrotero kafkiano, con personajes que ni siquiera saben cómo les llegó el problema. Ahí hay una escuela, una fantasmagoria fundamental para mí: la de verse en una circunstancia que tiene lenguaje en otros. Un universo que tal vez nunca sea suyo, el de la palabra. Negarles el lenguaje más que darles el que se lee que tiene. Era difícil, digamos, durante la construcción, buscarles lenguaje. Pero, en resumidas cuentas, se hizo más fácil cuando entendí que tenía que negarles el lenguaje que los demás aprovechan, o que les dieron; la estructura hacia el privilegio… que ellos no.
¿En qué momento supiste que la historia debía estar contada desde adentro del desamparo y no desde una mirada externa?
Incluso mis terceras personas están, aunque con el poder que la tercera contiene, absortas ante la desigualdad, la masacre de unos para la felicidad de unos pocos, o peor: la riqueza retórica aplicada para la destrucción. No hay manera de no ver el desamparo y querer narrarlo; salvo que uno no vea, que es donde digo que nace la palabra ciega, el asunto estilístico más grave en la voluntad de un escritor.
Elegís como epígrafe una frase de Tagore: “Puedes dejar que los pájaros de la tristeza sobrevuelen tu cabeza, pero no puedes permitir que aniden en ella”. ¿Por qué esa cita?
Porque crecí viendo cómo todos a mi alrededor presentaban un rato de batalla y luego se rendían. De ahí también que siempre vuelvo a intentarlo. Soy un adicto a la derrota, en el sentido de que me devuelve a esa situación, a esa contemplación de los resignados, y creo que uno es rico si siempre se levanta, y que así, al menos, la derrota de uno no representa la victoria de los otros. Hoy soy feliz así, simplemente intentando un paso más, un texto nuevo, un rato de solemnidad con la página. Al mismo tiempo, sí, tiene algo de melodrama, pero me gusta. Tiene su encanto.
La metáfora de los pájaros atraviesa el título y el texto. En la página 29 aparece la advertencia: “El pájaro se llama tristeza y puede hacer mucho mal si lo dejamos entrar”. ¿Qué representa para vos ese pájaro?
La victoria del leviatán. De los dueños del mundo.
La novela expone infancias vulneradas, violencia, abandono, abuso. ¿Qué te interesaba explorar de esas zonas?
Insistir con recordarlas. Fueron, son y serán.
En el libro aparece la idea de un contrato social endeble, adultos incapaces de cuidar. ¿Pensás la novela también como una crítica social?
No me interesa la novela, de hecho. Lo mío es pura y exclusivamente la crítica social. La novela viene después.
La muerte aparece cercana y constante. ¿Qué lugar ocupa en la educación emocional de esos niños?
El paradigma de normalidad. Van, por sospecha del espíritu, hacia la vida como quien salta el muro de su contrato social.
La relación entre Jaime y Manuel es el corazón del libro. ¿Qué te interesaba mostrar sobre la hermandad como refugio?
Ahí hay algo que me llama la atención casi desde que empecé a escribir: el juego del doble. El sujeto que no es sin ese otro. La endogamia que luego me lleva hacia lo otro, lo más grande. Quién es uno sin otro. Quién es River sin Boca. La construcción de una identidad positiva desde lo que el némesis deja, muchas veces. O el vacío que deja ese otro, la destrucción. Y sin embargo, cuando los dobles se unen, cosa que al menos intenté, le pueden presentar batalla a la patria potestad misma.
La búsqueda del padre no está ligada al amor sino a la necesidad de recuperar el “título de hombre de la casa”. ¿Qué querías poner en tensión con esa idea?
La ridiculez de los enunciados, de la estructura de familia, las cosas que nos dijeron para confundirnos, y para que nos callemos la boca en torno a grandes titulares sobre el funcionamiento patético de la vida. Nada que no se disperse hacia las grandes estructuras, de ahí que nos mastiquemos, ya sin dientes, los eufemismos del tipo Ministerio de Defensa.
En la novela, la familia aparece como herida pero también como único sostén posible. ¿Creés que la familia es destino?
La familia es una práctica; la familia, si acaso destino, es una herida que nunca cierra.
En el libro aparece la cuestión de llamarse de otra manera. ¿Qué peso tiene el nombre en la construcción de identidad de los personajes?
Los nombres desaparecen cuando las jerarquías enloquecen. Creo, ahora, que ese es un buen resumen de la novela. La locura que trae la crisis de jerarquías, al menos en un mundo que vendía la importancia y amor de la organización por jerarquías, hasta que se da a la fuga.
Las apariciones de la hermana y luego del hermano abren una dimensión espiritual. ¿Por qué decidiste entrar en ese plano?
En el caso de las apariciones fantasmagóricas, la intención fue jugar con lo temático, lo ontológico, ojalá: que la práctica adulta, salvo excepciones, es no hablar de nada, menos de lo importante, por lo cual eliminan el problema de raíz, y la raíz de todo lo que nos hace humanos es la memoria, el traer a los que ya no están, entre otros actos de memoria. Y los niños traen la memoria de los hermanos de la manera que pueden: asimilándolos fantasmas. Pero es memoria.
¿Cómo dialoga Los pájaros de la tristeza con la Trilogía Desgarrada (Las garras del niño inútil, En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo y Los abandonados)?
La trilogía tiene algo de autobiográfico, sobre todo en Las garras. Los pájaros es una invención total sobre lo que más me afecta, que no es invención. Pero logré empezar a simbolizar mejor mis emociones en tramas.
Con más de cuarenta novelas, ¿sentís que este libro ocupa un lugar particular dentro de tu recorrido?
Solamente publiqué quince, creo. Las otras están inéditas. Y publicaré algunas más, no creo que tantas. Me preocupa más que publiquen mis alumnas y alumnos. Yo estoy escribiendo raro, pero divirtiéndome a lo loco.
¿Qué te gustaría que deje el libro en quien lo lea?
Las ganas de hablar como se pueda, casi sin nada, sobre lo que necesita. No darle el gusto al sistema de decir lo que se necesita solamente cuando se tienen ya todas las herramientas.
¿Hay algo que no te hayan preguntado nunca sobre este libro y que te gustaría contar?
Bueno, contiene la dualidad de que, por triste que parezca, a mí me desbordó de felicidad al escribirlo. Como mirarme a un espejo y encontrar una cara que no ve nadie más que yo desde entonces.
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