
La escritora Nicole Marcuzzi dejó el smartphone para volver al celular básico: cómo esta decisión ordenó su vida
Reducir el uso del celular no es solo una cuestión tecnológica, sino una decisión que impacta en el bienestar, la atención y la forma de vincularnos. Qué cambia cuando bajamos el ritmo digital. Lo cuenta Nicole Marcuzzi.
15 de enero de 2026 • 11:10

Nicole Marcuzzi
Durante años, la escritora y empresaria Nicole Marcuzzi vivió hiperconectada. El celular era su principal herramienta de trabajo, de vínculo y también de validación. Escritora, emprendedora y creadora de Human Creative House, su rutina transcurría casi por completo en el mundo digital, hasta que una conversación inesperada encendió una alarma difícil de ignorar.
Nicole cuenta a OHLALÁ! que fue su ahijada de diez años quien, sin saberlo, la llevó a replantearse todo. Mientras la nena le contaba con entusiasmo sus hobbies —coleccionar figuritas, tocar la guitarra, aprender japonés—, Nicole se dio cuenta de que ella no tenía ninguno. “Yo no solo no tenía hobbies, sino que toda mi vida pasaba online, siempre vinculada al trabajo y a algo productivo”, recuerda. Ese contraste la enfrentó con una pregunta incómoda: cuánto tiempo estaba viviendo conectada… y cuánto, realmente, presente.
A partir de ahí comenzó un proceso paulatino de observación y ajuste. Marcuzzi empezó a notar el impacto del uso constante del smartphone en sus vínculos afectivos, familiares y sexoemocionales. “No había espacio para las preguntas, para descubrir nada ni para charlas profundas. Todo sucedía en el mundo online y yo estaba enchufada al teléfono”, cuenta. Al mismo tiempo, ese exceso digital empezó a afectar su creatividad, justo cuando su carrera como escritora entraba en una etapa clave: el año pasado publicó su primera novela y hoy trabaja en dos más.
La decisión no fue impulsiva. De hecho, tardó seis meses en animarse a dar el paso. “Era un movimiento grande en todo sentido”, explica. No se trataba solo de cambiar de dispositivo, sino de reorganizar su vida, avisar a su entorno, a su equipo de trabajo y redefinir su disponibilidad. “No dejé el smartphone al cien por ciento. Sigo teniendo presencia digital porque ahí está mi negocio. La pregunta era cuánto tiempo quería pasar en un mundo y cuánto en el otro”.
Hoy, Nicole usa el teléfono inteligente como antes se usaba la computadora: entra un rato y sale. “Es como cuando tenía 14 años y me conectaba un ratito al Messenger”, compara. El cambio, dice, ya empezó a mostrar resultados: vínculos más nutridos, conversaciones más ricas y una creatividad mucho más expansiva. “Estoy mucho más presente y volví a hacer cosas presenciales que antes resolvía online”.
Entre esas decisiones están retomar actividades que la conectan con el cuerpo y con otros: clases de canto y pintura, yoga presencial, una formación de guión y su trabajo como voluntaria en una fundación que acompaña a familias de niños con cáncer. “Son espacios donde no tengo que ser mi mejor versión. Estoy ahí, en el aquí y ahora”, afirma.
También empezó a observar algo más profundo: cuánto de sus deseos estaba moldeado por el algoritmo. “Muchas de mis decisiones estaban motivadas por lo que veía online: qué tenía que querer, comprar o cómo tenía que verme. Estaba todo diagramado desde afuera”, reflexiona. Alejarse del estímulo constante le permitió reconectar con lo que realmente le hace bien a su sistema nervioso.
Lejos de demonizar la tecnología, Marcuzzi insiste en la idea del equilibrio. “El teléfono es una herramienta, no el centro de la vida. No podemos estar disponibles para todo el mundo todo el tiempo”, sostiene. En su empresa, incluso, promueve una mirada similar: pensar negocios digitales que también generen comunidad offline.
En esa línea nacen sus nuevos proyectos presenciales: ciclos mensuales sin celulares, como Un vinito, un librito, un club de lectura cara a cara, y Un vinito y una trivia, una noche de juegos para conectar con desconocidos. “La idea es recordar que hay un mundo por fuera de esto que tenemos todo el tiempo en la mano”, dice.
El experimento sigue en marcha, pero la sensación es clara. “Cuanto más tiempo paso fuera de la pantalla, mejor me siento. Hay disfrute por fuera del celular”, concluye. Para Nicole Marcuzzi, volver a un teléfono básico no fue un retroceso: fue una forma concreta de recuperar presencia, deseo y tiempo propio.
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