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Sofía Prado, la viajera documental que recorrió más de 100 países para contar historias del mundo

Fotógrafa y viajera documental, Sofía Prado convirtió su sueño adolescente en una forma de vida: recorrer el mundo para contar historias humanas, culturales y profundas, incluso en los rincones más remotos del planeta.


Sofi, junto a su esposo y a Cata, la tatuadora más vieja del mundo

Sofi, junto a su esposo y a Cata, la tatuadora más vieja del mundo - Créditos: Gentileza Sofi Prado



Sofía Prado es viajera documental y fotógrafa. Recorrió más de 100 países con una cámara como herramienta y una premisa clara: ir más allá del turismo para contar historias humanas, culturales y profundas. Desde comunidades remotas hasta travesías extremas, convirtió el movimiento en una forma de vida y la curiosidad en un proyecto personal que hoy inspira a miles de personas a mirar el mundo con otros ojos. A su cuenta de Instagram @sofimprado, clave en este viaje que emprendió con su esposo, la siguen más de 300 mil personas.

En esta entrevista con OHLALÁ!, Sofi, como se presenta ella, repasa el origen de su vocación viajera, los sacrificios que hizo para convertir su sueño en trabajo y el sentido profundo de documentar culturas desde el respeto. Habla de la vida nómada, de las comunidades que la marcaron, del rol de Instagram como herramienta creativa y de la importancia de la red de afectos que la acompañó en el camino. También reflexiona sobre el contraste entre el mundo que damos por sentado y realidades que siguen existiendo, y sobre el nuevo desafío de elegir una base sin dejar de moverse.

Sacerdote en Benín, Africa.

Sacerdote en Benín, Africa. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Contás en tu IG que a los 14 años hiciste una lista con 154 lugares del mundo que querías conocer y documentar. ¿Qué te movía en ese momento y qué te imaginabas que iba a pasar con esa lista?

La verdad es que nunca pensé que iba a poder cumplir la lista. Siempre como que la gente me decía: “Sí, está re bueno, pero no sé… no sos millonaria” jaja. Pero ahora que soy más grande me doy cuenta de que siempre fui bastante cabeza dura y, si quiero algo, intento hacerlo a toda costa, jaja.
Yo me sentía como Wendy de Peter Pan, que decía que quería escribir un libro en tres partes con sus aventuras que todavía no vivía. Yo planeaba lo mismo, pero me puse a ver qué aventuras quería hacer. Y así surgió la lista. Más de grande vino la motivación para realizarla y ahora ya no puedo parar, jaja.

—¿Recordás qué sentiste en tu primer viaje al exterior, a los 20, cuando empezaste a entender que esa vida podía ser posible?

Mi primer viaje al exterior fue a los 20. Tuve dos viajes: a México y Sudáfrica, regalos de 15 años que no se pudieron hacer en su momento y que finalmente viví a los 20. Me acuerdo de que tenía una cámara digital y ya le sacaba fotos a la gente, sin saber mucho lo que hacía, pero me motivaba más sacarles fotos a las personas que a los paisajes porque contaban historias.

Empecé a entender que podía ser posible un poco más tarde, como a los 22 o 23 años. Estaba en la oficina y dije: “Ok, yo me quiero dedicar a esto, tengo que al menos intentarlo”. Justo en ese momento empezaba el boom de Instagram y el personaje del “influencer”. Me creé un Instagram y pensé en un proyecto diferente.

No quería tocarles la puerta a las marcas con lo que siempre la gente decía: “quiero mostrar el mundo”. Tenía que buscar algo que me hiciera diferente, una propuesta creativa para llamar la atención, así que creé una propuesta nueva y empecé a golpear puertas con el fin de documentar festivales tradicionales del mundo. Me servía a mí porque podía ver la cultura en su máxima expresión, y les servía a las marcas y oficinas de turismo para tener contenido y promover los destinos desde una mirada más cultural y profunda.

Sofi con la comunidad Waorani, en el Amazonas.

Sofi con la comunidad Waorani, en el Amazonas. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Decís que hiciste “lo imposible” para dedicar tu vida a viajar. ¿Qué fue lo más difícil de sostener en ese camino?

Al principio tuve como tres trabajos en simultáneo; me volvía loca. Dormía cuatro horas por día para ahorrar y poder viajar. Porque, si bien iba golpeando puertas para conseguir sponsors, tenía que tener una base de dinero para poder mostrar lo que quería hacer.

Durante tres años hice de todo: trabajé para una empresa online de venta de viajes, seguía con mi trabajo de siempre, fotografiaba maratones, agarraba cualquier changuita posible. Lo más gracioso es que junté billetes de 2 pesos.

Empezó como una forma de ahorrar que se volvió famosa entre mi familia y amigos; al final, todo el mundo me regalaba los billetes de 2 pesos que le sobraban de vuelto. Mi abuela ayudaba en una iglesia y, cuando recibía la limosna en billetes de 2, ella los cambiaba; o sea, si había 50 pesos en billetes de 2, ella me traía todos los de 2 (que era lo mismo que darme 50 pesos) y dejaba 50 pesos en limosna. Se volvió una forma de ayudar: familia, compañeros de trabajo, amigos, amigos de la facultad. Y ahorré mucho.

Cuando empecé la vida nómada, tuve trabajos de campo para poder continuar, sobre todo en la pandemia, cuando el mundo del turismo se paró. Trabajé en una granja de papas 12 horas al día, en el barro, de lunes a sábados. En otra granja trabajé 14 horas por día, todos los días, durante cuatro meses, en situaciones muy lamentables, viviendo en un coche.

Sofi junto a su marido en Siberia.

Sofi junto a su marido en Siberia. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Te definís como viajera documental. ¿Qué significa para vos documentar un lugar más allá de visitarlo?

Me gusta contar historias, ir más allá de un destino turístico. Es ir en busca de historias de la gente, de culturas, de formas de vida. Cuando viajo a un lugar intento encontrar algo que vaya más allá de museos y paisajes; algo que hable de la identidad del lugar.

—¿Cómo elegís qué historias contar y desde qué mirada hacerlo?

Siempre desde el respeto, intentando compartir la visión de la persona que lo cuenta y, sobre todo, intentando no hacer juicios de valor.

En Instagram, que es mi red principal, a veces me pone nerviosa que la gente opine y juzgue un país o una comunidad que nunca visitó. Y yo sé —y no comparto muchas cosas— que el mundo es muy injusto. Pero intento, aunque me cueste mucho, respetar una cultura que no es la mía, aunque no esté de acuerdo, aunque después me angustie o me enoje por un mes. Intento contar historias desde la mirada de otra cultura, de otra persona que nació en un ámbito muy diferente al nuestro. Eso es la diversidad: a veces linda, a veces no.

Siberia

Siberia - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Recorriste más de 100 países y conociste comunidades muy diversas. ¿Qué historias o personas te marcaron de manera profunda?

Los nenets en Siberia:

Son una comunidad que vive totalmente apartada de todo. Hoy en día se pueden visitar algunas familias, pero moví cielo y tierra y conseguí visitar una familia que nunca había recibido turistas. Había un ruso loco, fotógrafo, que había llegado allí por un amigo de un amigo y nos llevó.

Fueron dos días de tren, 10 horas de trineo, y llegás a la nada misma. La familia vive en dos choums (yurtas), y kilómetros y kilómetros alrededor no hay nada. Viven de carne de reno cruda porque, en la tundra, no hay mucha leña, así que se acostumbraron a vivir así, a –30 °C.

Los niños ayudan a sus padres con la leña. La mujer de la casa se hace cargo de todo lo que sucede dentro del hogar. Se bañan una vez al año. Yo estuve ahí para la migración: cuando va terminando el invierno, los nenets se van moviendo, porque cada uno tiene un rebaño de renos y necesita encontrar nieve fresca para ellos.

Estuvimos un día entero a –30 °C. Desmontamos los choums, trajeron su rebaño de aproximadamente 200 renos. Tuvimos que atrapar con boleadoras unos 12 renos, cargar todas las casas en trineos de reno, sin lugar para refugiarnos. Luego, con el trineo, íbamos recorriendo lagos congelados y montañas hasta dar con un nuevo sitio y empezar a montar todo de nuevo.

Siberia.

Siberia. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

Los Bajau en Indonesia:

Son llamados los “nómadas del mar”. Viven en pilotes sobre el agua y se dedican a la pesca submarina. Hace ya tantos años que se dedican a la pesca con arpón que desarrollaron algunas características físicas distintas a otras comunidades: tienen el bazo más grande, lo que les permite almacenar más oxígeno, y algunos pueden aguantar la respiración hasta 15 minutos.

Y los pies… bueno, parecen pies normales, pero cuando se meten al agua parecen aletas. Parecen peces de verdad.

Vivimos con ellos una semana y fuimos a bucear para pescar. Ese día había una tormenta tremenda; yo pensé que no íbamos a salir vivos, en una canoa pequeña de madera en medio del mar con rayos. Pero nos metimos al agua con ellos para pescar en el arrecife. Una experiencia increíble.

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Cementerio norte de Manila:

La gente vive entre tumbas y puede o no conocer al fallecido. Manila, a pesar de estar en Filipinas, uno de los destinos idílicos del sudeste asiático, tiene uno de los índices de pobreza más altos del mundo.

La gente busca lugares irrisorios para vivir, como un cementerio. Tomaron tumbas y panteones: viven entre las tumbas, tienen la TV entre tumbas, las camas entre tumbas. Muchos tomaron tumbas de gente que no conocían.

Es uno de los lugares más difíciles de visitar: mucha inseguridad, muchas bandas. Tuvimos que entrar escondidos en un tuk-tuk y, aun así, un nene me vio y me apuntó con una pistola (no sé si era de juguete o no), pero lo hizo.

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Tribu Mundari en Sudán del Sur:

Para mí era un sueño conocer esta comunidad desde muy chica. Viven en campamentos de ganado; la mayoría no tiene pueblo, sino que vive entre las vacas, que son su principal tesoro. Toda su vida gira alrededor de las vacas: se bañan con pis de vaca, lavan los platos con pis de vaca, usan el estiércol de vaca para hacer repelente y crema protectora, que se aplican en la cara.

Viven por y para las vacas. Una realidad que parece de hace 200 años. Mientras el mundo avanza, ellos siguen como si nada.

Cruzando el Atlántico en una fragata:

El año pasado crucé el Atlántico en una fragata: dos meses a vela. Partimos desde Ushuaia, rumbo a la Antártida, pasando por las islas Georgias del Sur y Tristán de Acuña, la isla habitada más remota del mundo, y terminamos en Namibia.

Fueron dos meses aprendiendo del océano más temible del planeta, en climas extremos y llegando a los lugares más remotos de la Tierra. Dos meses sin internet, solos con la naturaleza.

Sofi en la Antártida

Sofi en la Antártida - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—¿Hay alguna imagen o experiencia que sientas que te cambió la forma de mirar el mundo?

En general, todo. O sea, no hay algo puntual; después de todo lo que viví, pienso que damos mucho por sentado. El otro día leía a supuestos especialistas de Harvard diciendo, convencidos, que en 10 años todos tendremos monedas electrónicas y no van a existir más los billetes. La gente da todo por sentado, cree que el mundo es Estados Unidos, Europa, Argentina, Chile, Uruguay y demás… ¡y no! Tenemos mucha suerte, somos muy afortunados por donde nacimos, pero el mundo es muy distinto y todavía hay gente que vive como hace 100 años.

Deciles a los nómadas del desierto de Mauritania que tienen que tener moneda electrónica, que va a haber internet para hacer una transacción en medio de Siberia… ¡Damos mucho por sentado!

—Mencionás lugares como Papúa Nueva Guinea, Sudán del Sur, Groenlandia o Irán. ¿Cómo se vive el contraste entre la idea previa y la experiencia real?

Estudio mucho antes de ir a los lugares y, por lo general, sé qué me voy a encontrar. Pero siempre es lindo porque aparece una historia que no te esperabas. En Irán, por ejemplo, hablé con muchas chicas que luchaban contra el uso del hiyab, chicas jovencitas dispuestas a luchar. En Groenlandia, paisajísticamente hermoso, pero con una sociedad muy silenciosa. Uno va preparado, pero después te inundan historias y eso es hermoso.

Togo, en Africa.

Togo, en Africa. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Los últimos siete años fueron de vida nómada. ¿Qué te dio esa forma de vivir y qué te quitó?

Es hermoso viajar y me siento muy afortunada. Conocí los lugares que soñé toda mi vida. Pero es más duro de lo que suena: estás lejos de tu familia, te perdés cumpleaños y eventos importantes, estás lejos de tus amigos y mascotas. Tengo la suerte de tener una banda hermosa que me apoya desde que soy muy chica y siempre está ahí, por mensaje, a la hora que sea.

Pero es duro. Yo soy una persona muy insegura y, cuando me fui, no sé cómo estaba tan convencida. Cada vez que vuelvo a Argentina me pasa que, al mes de irme, me deprimo pensando: “¿Vale la pena?”. Porque mi sueño es muy grande y amo lo que hago, pero pesa mucho estar lejos de tu red de contención, sobre todo cuando estás expuesta día a día a situaciones límite. Hubo un momento en mi vida en el que pensaba: todos los días hago algo que me da miedo. Nadie me obliga, pero para llegar a donde quiero tengo que enfrentarme a un miedo, y es hermoso y cansador a la vez.

 

—¿Cómo se construyen los vínculos cuando el hogar está en movimiento?

Tengo mucha suerte. Siempre fui de estar muy presente con mis amigas y familia y, aunque esté lejos, no dejo de estarlo. Mi familia siempre dice que a veces me mandan un mensaje y respondo más rápido desde Vanuatu, en la otra punta del mundo, que cualquier otro. Y mis amigas me cuentan los chismes primero; soy la que está lejos y almaceno todos los secretos, jaja. Siempre intento estar presente para todos a la distancia, aunque implique levantarme o acostarme muy temprano.

—Decís que después de tanto viaje vas a formar un hogar. ¿Cómo se siente cerrar una etapa tan intensa?

Estoy feliz en mi casa. Encontré un lugar que me gusta, un pueblo tranquilo para poder trabajar. No voy a dejar de viajar, pero ahora puedo viajar sin llevarme la computadora, puedo tener más ropa, jajaja, y me encanta. Me encanta tener un lugar seguro al que volver.

—¿Qué significa “elegir quedarse” después de haber hecho del movimiento una forma de vida?

Para mí viajar no es negociable. Voy a seguir documentando, solo que ahora teniendo un lugar de base, y eso me alegra. Quiero viajar; no es que quería ser nómada, fue una consecuencia. Mientras pueda seguir documentando y yendo y viniendo a mi casa, teniendo un lugar para editar, escribir y trabajar, soy feliz.

Benín, Africa: festival vudu.

Benín, Africa: festival vudu. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—¿Cómo imaginás el viaje a partir de ahora?

Lo que más me apena es dejar de viajar con mi esposo, porque él ahora tendrá su propio proyecto. Juntos éramos un equipazo, pero entiendo que era mi proyecto y no el de él. Ambos tenemos proyectos hermosos que queremos seguir y nos vamos a apoyar, pero a la hora de viajar no siempre podré hacerlo con él. Así que seguirá igual, incluso mejor, porque desde casa tendré tiempo de investigar más adónde ir e indagar más. Pero voy a extrañar hacer todos los viajes juntos.

—En tu mensaje agradecés a una red enorme de personas: familia, amigos, seguidores, marcas. ¿Qué rol tuvo esa comunidad en tu recorrido?

No me entra en el cuerpo lo increíble que fueron todas las personas que me crucé en el camino.

• Mi familia y amigos: apoyándome desde el día cero. Mis compañeros de Todovent, mi primer trabajo, jamás se quejaron, siempre buscando la forma de que me vaya, cubriéndome siempre. Yo llorando tal vez porque no iba a poder hacer tal cosa, y mis amigos y familia súper convencidos de que sí. Nunca me dejan sola: siempre un mensaje, siempre acompañando a la distancia.

• Mi esposo, el mejor ser del planeta: por seis años dejó sus sueños de lado para acompañarme, poniéndose un proyecto sobre el hombro que no era suyo, a pesar de que no quería esa vida.

• Mi comunidad en Instagram: ¡lo más! Me hice muchos amigos a través de la comunidad; incluso tengo a mis “mamás y papás de Instagram”, jaja. Cuando desaparezco por tres días ya me escriben preocupados o me retan cuando me mando a lugares raros. Siempre están ahí para compartir y ayudarme; eso vale oro.

• Las marcas: gente que no me conocía y apoyó mi proyecto, me sponsoreó, dio lo que no tenía y confió en mí para que contara una historia.

Abuela Joana, en Rumania.

Abuela Joana, en Rumania. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—Instagram aparece como una herramienta clave en tu historia. ¿Cómo convivís con la exposición y la intimidad en ese espacio?

Mirá, hubo un momento en el que pensé que era mucho, pero después estuve dos meses en la fragata que conté más arriba, cruzando el Atlántico y sin internet, y me di cuenta de cuánto lo extraño. Para mí Instagram es un canal más de creatividad; me siento muy creativa usándolo y lo disfruto mucho. No siento que me haya obsesionado; todo lo contrario. Disfruto expresar mi creatividad desde varios ámbitos, desde elegir la música para una story hasta cómo contar la historia. No me presiono, no sigo reels virales ni nada: hago mi estilo y lo disfruto mucho como un lugar donde incluso puedo jugar un poco a ser cineasta, jaja.

También tengo muchos amigos, muchos de los cuales hoy diría que son mejores amigos, que conocí por Instagram. Además, Instagram me permitió, en momentos en los que me sentía sola, seguir en contacto con mucha gente linda. Sé que es una red que, si uno no se cuida, puede afectar para mal, pero en mi caso todavía la disfruto mucho.

—Si volvieras a hablarle hoy a esa Sofi de 14 años que se ponía nerviosa viendo NatGeo, ¿qué más le dirías además de “lo logré”?

Que le van a decir que no muchas veces, que no se desanime, que camine, camine. Y que el amor de su vida la espera del otro lado del mundo, que existe y que un día van a bailar la canción de George de la Selva en un campamento en medio de la sabana africana.

Vudu festival, en Benín.

Vudu festival, en Benín. - Créditos: Gentileza Sofi Prado

—¿Qué te gustaría que quienes siguen tu trabajo se lleven de tus viajes y tus historias?

Siempre digo dos cosas:

Que si pude yo cumplir mi sueño y trabajar de lo que me gusta, a pesar de no conocer a nadie del rubro ni tener el dinero para hacerlo, puede cualquiera. Real, y esto no es una frase hecha: puede cualquiera. La determinación es la clave y aguantar lo que venga para lograrlo: trabajos pesados, pocas horas de sueño, transportes incómodos.

Que, más allá de mi historia personal, pueda llevar historias de lugares remotos del mundo a la gente. Amo mi trabajo, amo mi proyecto, pero más amo las historias que comparto. Que ahora todos sepamos un poquito más, al menos, sobre lo que pasa en los desarmaderos de barcos en Bangladesh; que sepamos que hay una tribu que se baña con pis de vaca en Sudán del Sur; y que se hagan escuchar estas cosas que siguen pasando en el mundo y hablan de la diversidad. La diversidad es dura e injusta muchas veces, pero nos hace únicos. Y eso, para mí, es el mejor patrimonio humano que tiene el planeta.

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