"Me enseñaron a odiarme": creció en el Opus Dei, intentó cambiar su orientación sexual y cuenta su historia en un documental

Enrique Mackenzie es uno de los testimonios de El Buen Espíritu, la serie de HBO sobre el Opus Dei. Creció dentro de la organización, fue sometido a terapias de recoversión por su homosexualidad. Cuenta su historia.

Por Enrique Mackenzie

29 de septiembre de 2026, 16:43

Enrique Mackenzie
Enrique Mackenzie es uno de los testimonios de El Buen Espíritu, la serie de HBO sobre el Opus Dei. - Gentileza del autor

Crecí en San Salvador y estudié desde los dos años en un colegio del Opus Dei. Para quien no lo conoce: es una organización dentro de la Iglesia católica que enseña que uno puede hacerse santo haciendo bien su trabajo. Tiene colegios, universidades y centros para jóvenes en medio mundo. Sus miembros más comprometidos, los numerarios, entregan la vida entera: no se casan, viven en casas de la organización, entregan lo que ganan y obedecen a un director que decide sobre casi todo.

Mi historia forma parte de El Buen Espíritu: Detrás de la puerta del Opus Dei, la serie documental de HBO Max que reúne los testimonios de 14 hombres que cuentan sus experiencias dentro de la organización.

Mis padres no eran miembros. Mi papá había ido a los clubes de adolescente y le quedó cierta afinidad, y por eso nos pusieron ahí. Todo lo que sé de la Obra lo aprendí en el colegio. Uno de mis primeros recuerdos, con dos años, es una maestra explicándonos que existe un cielo y un infierno, que los buenos van a uno y los malos se queman en el otro.

Fui un niño alegre, aplicado, con una fe enorme. Y desde muy chico supe que algo en mí no encajaba, aunque no tenía palabras para decirlo. Con los años quedó claro: me gustaban los hombres. En el Opus Dei el sexo es un tabú absoluto, y yo crecí en un colegio solo de hombres, en un país donde la homosexualidad no era ni siquiera motivo de discriminación, sino de asco. Nadie me había explicado nada, así que lo único que sabía era que lo que sentía no podía ser bueno. Me hacía preguntas que no podía hacerle a nadie: ¿qué está mal en mí?, ¿tendré alguna enfermedad?, ¿por qué soy así? Y la peor de todas: si se lo cuento a estas personas que me quieren, ¿van a sentir asco de mí? Vivía con una ansiedad constante que llegué a creer normal. Para compensar esa vergüenza me exigía ser impecable en todo: las notas, la oración, la conducta. Cuanto más me esforzaba, más solo estaba con eso.

A los once empecé a ir al centro juvenil del Opus, fuera del colegio. Ahí había juegos, excursiones, volcanes, y con los años algo más: a los trece te asignan un numerario que habla contigo cada semana sobre tu vida íntima, y empieza la pregunta de si Dios te está llamando a entregarle tu vida. Yo estaba feliz. Me levantaba a las cuatro y media a rezar el rosario y hacer media hora de oración, iba a misa todos los días, pasaba los sábados enteros ahí. Un adulto sabía los nombres de mis hermanos, me preguntaba por mi familia, me ponía atención. Por primera vez sentía que pertenecía a algo. Hoy entiendo por qué: un niño convencido de que algo en él está mal es exactamente la persona que más necesita que alguien lo mire.

Hasta que el tema fue otro. En esas conversaciones había que ser, como decían ellos, "salvajemente sincero": contarlo todo sobre mi intimidad sexual. Yo lo hacía. Y lo que contaba, con catorce años, era que me atraían los hombres. Ellos nunca lo llamaron por su nombre. Lo trataron como una falta de control, algo que tenía que vencer, y la regla era que hasta que no lo venciera no podía entrar. Nadie me explicó nada: en esos colegios no hay educación sexual, se considera responsabilidad de los padres, y en mi casa tampoco se hablaba. Me enteré de cómo funciona el cuerpo de una mujer en mis veintes, preguntándoles a amigas.

Con catorce años me creí que el problema era yo. Y cuando crees eso, te castigas tú. Empecé a rayarme el antebrazo con un bolígrafo, una marca por cada vez que fallaba, hasta abrirme la piel. Me daba puñetazos frente al espejo preguntándome por qué no podía controlarme, por qué me gustaban los hombres. Usaba manga larga para que nadie viera. Nadie me enseñó a hacerme daño. Me enseñaron a odiarme, y el resto lo hice solo.

Hubo una mañana, en aquella oración temprano en la mañana en que sentí una claridad total: yo estaba aquí para decirles a las personas homosexuales que no tenían que ir al infierno, que se podía ser feliz. Fui corriendo a contárselo al sacerdote. Me dijo que esa no era mi vocación y que siguiera rezando. Seguí rezando. Tardaría veinticinco años en volver a esa mañana.

Desde los 14 años me plantearon la vocación a numerario pero existían dudas por el tema de mi sexualidad, y a pesar de vivir como si lo fuese, se me planteó ingresar en octubre de 2002 en Roma durante la canonización del fundador. Tenía diecisiete años, y mi identidad y la del Opus Dei eran una sola. Poco tiempo después me dieron una bolsita de tela con flores que guardaba el cilicio y las disciplinas. Me lo ponía apretado dos horas al día, hasta dejar puntos de sangre en la pierna; y una vez a la semana me daba latigazos rezando el credo, uno por sílaba, porque sentía que tenía más que expiar que los demás.

Después de un tiempo llegó un director nuevo, y como el "problema" seguía, me dijo que lo mío era una enfermedad y me mandó a un psiquiatra que también era miembro de la Obra. Fui solo. El diagnóstico clínico incluía una inclinación homosexual. Me dijo que podía curarme, pero no dentro del Opus. Había que sacarme y que mis padres me crearan un ambiente para curarme. Me fui agradecido, convencido de que me estaban ayudando. Les di las gracias a los sacerdotes.

Y ahí empezó el verdadero infierno. Mis padres, por indicación del psiquiatra, pusieron llave a los televisores y filtros en la computadora; en mi casa ya no confiaban en mí. Durante casi dos años tomé ansiolíticos y antidepresivos que me dejaban anulado, y me indicaron tener novia sin tocarla demasiado (porque era pecado) para que me fueran gustando las mujeres. Había gente de la Obra que me daba vuelta la cara en la calle: para ellos, el que se va, se va. 

Lo paradójico es que seguí siendo radical y defendía todo lo que me habían enseñado. Mis creencias no habían cambiado; lo único que había cambiado era que ahora me sentía un fracaso.

Tardé años en entender qué me había pasado. Al ver que la terapia de conversión no funcionaba busqué a un psiquiatra de fuera, fue lo primero que me quitó los fármacos y lo primero que me dijo que dejara de negar lo que sentía. Y después leí los documentos internos de la organización y comencé a descubrir historias de otros ex miembros alrededor del mundo. El director me había dicho que yo era el único, que un caso de homosexualidad como el mío nunca había ocurrido. No era cierto: encontré testimonios de otras personas que habían vivido lo mismo que yo, sin conocerme, sin nadie en común. No fui un caso. Fui un método.

En 2007 gané una beca y me fui a Taiwán. Fue como aterrizar en otro planeta, y me abrió la cabeza: conocí gente de todo el mundo que hablaba de la sexualidad como de cualquier otra cosa. Una noche, volviendo de una fiesta en taxi, me puse a llorar y le dije a mi compañera de piso, francesa, que creía que era gay. Se echó a reír. No de mí: de que yo pensara que eso era un problema. En 2010, con veinticinco años, pasé un año en Bélgica donde nadie me conocía y decidí que si alguien preguntaba, diría la verdad. Fue el año más feliz de mi vida. Por primera vez pude respirar, y por primera vez sentí que mis amigos me querían sabiendo quién era.

Luego vino la familia. Les dije a mis padres que ya vivía al otro lado del mundo, que no dependía de ellos, y que quería que me quisieran entero o no hablarnos más. Un día mi padre me llamó: "Me puse a leer sobre el tema, y entre más leo, más te quiero". 

Me fui de El Salvador queriendo a mi país. Me fui, hoy lo sé, para salvar a mi familia de la vergüenza que creía que iba a ser. Y me quedé fuera muchos años: Asia, Europa, Australia. Aprendí cuatro idiomas y viví en ocho países. Casi diez años de formación y una carrera como coach de ejecutivos en Australia. Y siempre, en el fondo, la idea de que ser gay en América Latina era lo que el Opus me había pintado: asco, silencio, peligro.

Hasta que volví. Al irme de Australia viví un año en Buenos Aires, y lo que encontré no se parecía en nada a esa pesadilla. Me pasaba caminando por la calle y viendo a parejas de hombres tomarse la mano, besarse, existir sin que nadie volteara. Hice más amigos en ese año que en muchos de los anteriores. Y empecé terapia con un psicólogo argentino, gay, Alejandro Viedma, que me ayudó como pocos: por primera vez alguien que me entendía desde dentro y desde el mismo idioma. Buenos Aires me desmintió el continente. Entendí que el miedo que me había llevado a Taiwán a los veintidós años era, en buena parte, un miedo fabricado. Y ahí cambió algo en lo que hago hoy: en todos esos años de formación siempre supe que quería trabajar con hombres gays, y nunca me atrevía. Lo que me faltaba no era preparación. Era volver.

El Opus Dei vuelve todos los días. Vuelve cuando el agua de la ducha sale helada y me acuerdo de que antes me bañaba así para mortificarme. Vuelve cuando quiero tomarle la mano a un chico en la calle y siento vergüenza. Vuelve cada vez que me cuesta poner un límite y algo me jala a quedarme callado. Aprendí a regularlo. Ya no puede más que yo.

Cuando cuento esto, me preguntan si estoy enojado. No lo estoy. Perdoné, y quiero explicar bien qué significa eso, porque se entiende mal. No perdoné porque me lo pidieran: nadie me lo pidió nunca. Perdoné porque el rencor te deja atado al lugar del que quieres salir, y yo necesitaba soltarme. Y perdoné dos veces: a ellos, y a mí, por todos los años que pasé castigándome por algo que no tenía nada de malo. Ese trabajo fue mío, me llevó más de veinte años, y por eso hoy puedo contar esto en calma.

Pero el perdón tiene un límite, y es este: perdonar no es decir que no pasó, ni que estuvo bien, ni que no puede volver a pasar. Esos años no me los devuelve nadie; el psiquiatra murió, y hay quienes escribieron que murió como un santo. No hay retribución, y no la pido. A alguien que está adentro y es feliz no le discuto su experiencia; solo le pido que no use la suya para borrar la mía. Mi perdón cierra mi herida. No cierra la puerta por donde entró. Eso le toca a quien la abrió. Por eso cuento esto: porque no fui el único, porque hay padres que merecen saberlo antes de decidir dónde ponen a sus hijos, y porque ahí adentro sigue habiendo niños que no tienen voz.

Y aquí está lo que no esperaba: que todo ese camino terminara siendo mi trabajo. Hoy vivo en Río de Janeiro y me dedico a acompañar a hombres gays de habla hispana en un programa que llamé Volver a Ti. El nombre no es casual. Los hombres que llegan tienen treinta, cuarenta años, vidas que desde afuera funcionan, y por dentro la misma sensación que yo tuve tanto tiempo: estar desconectados de sí mismos, no saber decir que no, sentirse culpables por descansar, por existir. Casi ninguno pasó por el Opus Dei. No hace falta. Basta con haber crecido en una familia, una iglesia o un país donde aprendieron que lo que eran había que esconderlo. Yo sé exactamente qué se siente, y sé también que se sale. Ya han pasado por mis grupos hombres que vienen de otras instituciones religiosas, con historias casi calcadas a la mía, y verlos soltar esa carga es lo más parecido a cerrar el círculo que conozco.

Mucho de ese trabajo pasa por Instagram, donde escribo casi todos los días como @yoenriquemackenzie. Ahí me han encontrado hombres de toda América Latina que nunca le habían contado a nadie lo que me escriben a mí. Ahí me escribió también, hace unos meses, un chico al que yo había insistido para que entrara al Opus Dei cuando éramos adolescentes. Durante veinticinco años cargué la culpa de haberlo empujado. Me escribió para agradecerme: cuando vio que alguien como yo no podía ser feliz ahí adentro, decidió no entrar.

Tenía catorce años cuando, una madrugada rezando, vi con toda claridad para qué estaba aquí: para decirles a los hombres como yo que no tenían que ir al infierno, que se podía ser feliz. Me dijeron que esa no era mi vocación. Tardé veinticinco años, ocho países y mucho trabajo en descubrir que sí lo era. Soy una persona feliz. Y ahora lo hago todos los días.

Enrique Mackenzie

Enrique Mackenzie Es coach y mentor especializado en hombres gays, con un Master of Science en Psicología del Coaching por la Universidad de Sídney.