El agua siempre fue un lugar especial para Julieta O'Connor. De chica, después de que a los 9 años la atropellara un auto y tuviera una conmoción cerebral, en su casa había una consigna: cuidar su cabeza de cualquier golpe. El río apareció entonces como un refugio. La ataban a un salvavidas y la dejaban flotar. "El río siempre fue mi lugar seguro", cuenta hoy a OHLALÁ!
Era el plan de los fines de semana, el punto de encuentro familiar, ese lugar donde, dice, "se me acomodaba la cabeza". Los deportes, en cambio, parecían no ser lo suyo. La sacaron de baile clásico y hasta un profesor de tenis le pidió a su hermano que no la llevara más porque decía que, en lugar de piernas, tenía "dos postes de luz".
Después llegó la adultez, con el trabajo, las responsabilidades y el "deber ser". Durante años se alejó del agua. Hasta que a los 41, en medio de una crisis personal, decidió volver.
Se anotó en una clase de natación para adultos y aprendió crol desde cero. "No tenía un plan. Necesitaba encontrar algo que fuera mío. Y encontré la natación", relata.

Su llegada a las aguas abiertas tampoco fue sencilla. Hizo su primer curso en Villa Gesell, junto con unas amigas y en plena sudestada. En la primera rompiente perdió una pata de rana; en la segunda, la otra; en la tercera, las antiparras.
El instructor le ofreció tres veces subirse a la tabla. Tres veces Julieta respondió que llegaba nadando. "Tardé muchísimo. Pero llegué."
Al salir del agua recibió un reto por no haberle hecho caso. Después, el instructor le dijo una frase que todavía conserva: "Una deportista no abandona por una circunstancia desfavorable".
Con el tiempo empezó a nadar distancias cada vez más largas. En 2019 hizo su primera travesía en el Río de la Plata y salió del agua con una certeza: aquello que a ella le había dado tanta felicidad podía convertirse en una experiencia compartida.
Una travesía que cambió de sentido

La idea inicial de Julieta era organizar una travesía que uniera los dos clubes de su papá y que otras personas pudieran conocer lo que ella había descubierto en el agua. Para hacerlo, le pidió a un amigo nadador que la acompañara desde el bote.
Él aceptó, pero puso una condición: "Hacelo por una causa. Hacelo en octubre y por el cáncer de mama". Lo que ese amigo no sabía era que la propuesta tocaba de lleno la historia de Julieta.
Su mamá, Martha, había tenido cáncer de mama dos veces. Y por ese antecedente familiar, Julieta es considerada paciente de alto riesgo. Empezó a hacerse ecografías mamarias a los 25 años, se realiza una mamografía todos los años y una resonancia cada dos.
"Él no sabía que mi mamá había tenido cáncer de mama dos veces. Tampoco sabía que, por ese antecedente, yo soy paciente de alto riesgo. Y de repente la travesía tenía otra dimensión", cuenta. Así nació Travesía Rosa.

Lo que empezó en 2019 como una experiencia entre nadadores fue creciendo año tras año. En 2021 participaron 12 personas; en 2022 fueron 32. Este año, la séptima edición se realizará el 17 de octubre, en San Isidro, y reunirá a más de 80 nadadores.
Pero el número que Julieta destaca no tiene que ver con la cantidad de participantes ni con los kilómetros recorridos. "Ya dimos 2.820 mamografías. El podio de Travesía Rosa se gana con mamografías, no con el reloj", aclara
La mamografía como unidad de medida
La propuesta combina deporte y solidaridad. La organización trabaja con Potenciar Solidario, una fundación que funciona como paraguas de la iniciativa y recibe los fondos.
Cada nadador abona una inscripción de $200.000, que incluye el kit de participación, los seguros y otros elementos vinculados con la travesía. Además, quienes quieren pueden convertirse en embajadores de Travesía Rosa y realizar campañas de donación a través de la plataforma de Potenciar Solidario.
"Nosotros no tocamos la plata porque va directo a Potenciar Solidario", explica Julieta. Y ahí aparece una particularidad que resume el espíritu de la iniciativa: hay competencia, pero la medida del resultado es otra.

"Como somos deportistas y somos bastante competitivos, muchos quieren hacer podio. Pero el podio solo lo hace el que más mamografías junta. La unidad de medida es la mamografía".
Cada nadador, entonces, puede convertirse en un multiplicador de la causa. Detrás de cada uno están quienes entrenan, acompañan, donan y ayudan a que una mujer pueda acceder a un estudio.
La iniciativa también cuenta con sponsors que permiten sostener las actividades de prevención que se realizan durante el año. Porque para Julieta hay algo que Travesía Rosa aprendió con el tiempo: no alcanza con recordar que hay que hacerse una mamografía.
Prevenir también es acompañar
Este año ya realizaron cinco charlas de prevención en barrios y espacios comunitarios, especialmente en lugares donde el acceso a los controles puede ser más difícil.
La propuesta no termina en la información. Buscan acercar los controles, facilitar el acceso a las mamografías y acompañar cuando un resultado requiere estudios posteriores.
"Porque aprendimos algo importante: no alcanza con decir 'hay que hacerse una mamografía'. Hay que acercarla. Hay que facilitar el turno. Hay que acompañar. Y hay que estar después del resultado."
Esa ampliación del proyecto es importante para Julieta. Travesía Rosa nació vinculada a una fecha y a un deporte, pero hoy busca trabajar durante todo el año. "La causa también fue creciendo fuera del agua".
La mamá detrás de todo
En el origen de esta historia hay una mujer que no nada, pero que está presente en cada brazada: Martha, la mamá de Julieta.
Su experiencia con el cáncer de mama atravesó la vida de su hija y también modificó la manera en que Julieta piensa la prevención. Hoy Martha tiene 89 años y, según cuenta su hija, está feliz y profundamente orgullosa del emprendimiento que nació, en parte, de su propia historia.
"Mi mamá está feliz. Está súper orgullosa de lo que hacemos", cuenta Julieta. Para ella, ese orgullo tiene un significado especial. La historia familiar que alguna vez estuvo marcada por el miedo a la enfermedad terminó convirtiéndose en una forma concreta de acompañar a otras mujeres.
Julieta conoce de cerca la importancia de los controles. También sabe que no todas tienen las mismas posibilidades de acceder a ellos. Por eso insiste en que la prevención no puede quedar reducida a un mensaje que aparece una vez al año.
Cruzar el río, cruzar los propios límites
En 2023 Julieta enfrentó otro desafío enorme: cruzó a nado desde Colonia hasta Punta Lara, una distancia de unos 42 kilómetros por el Río de la Plata. Permaneció 14 horas y 46 minutos en el agua.
La hazaña quedó registrada en su libro Cruzar, pero para ella el sentido de esa experiencia va más allá del desafío deportivo.
"Fue un recorrido enorme. Pero si algo me enseñó el Río de la Plata es que no hace falta ser la más rápida, ni la más fuerte, ni la que menos miedo tiene. Hay que seguir. Y, sobre todo, hay que saber con quién hacerlo."
En la organización de Travesía Rosa la acompaña Lucas Rivet, nadador de aguas abiertas y especialista en logística, con quien comparte la tarea de hacer posible cada edición. Rivet también tiene experiencia en el cruce del Río de la Plata: logró completar los 42 kilómetros en 14 horas y 10 minutos y es uno de los nadadores que realizaron esta travesía.
Juntos fueron convirtiendo aquella primera idea en una iniciativa que creció mucho más allá de la pileta y del río. "Yo sigo siendo la misma que entra al agua con sus miedos, que tarda, que necesita de otros y que sabe que un desafío grande nunca se atraviesa sola".
Verónica Dema Editora en OHLALÁ! Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Especialista en Prácticas Redaccionales. Tiene un Máster en Periodismo por LN/Universidad Torcuato Di Tella. Dedicada a temas de géneros, cultura y sociedad.



