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 • Historias

¿Quién es Laila Roth, la comediante argentina que la rompe en su gira en Europa?

En un alto en su gira, conversamos con la humorista que hace reír a todos. Hablamos sobre el poder de la risa, la salud mental y el feminismo.




Encontrar un hueco en la agenda no fue fácil. Es que Laila Roth, nuestra chica de tapa de marzo, está a las corridas entre los shows en Argentina, Chile, Perú, Uruguay y la gira que prepara por Europa.

Oriunda de Ceres, Santa Fe, hoy llena teatros enteros en todo el mundo. Esta explosión internacional –que ni ella soñó– y los millones de reproducciones en TikTok de sus sesiones de stand up la colocan como una de las humoristas argentinas más importantes del momento. En una charla distendida y con muchas risas, reflexionamos sobre su forma de lidiar con las cosas difíciles desde el humor. Recorrimos su trayectoria y hablamos del lugar de las mujeres en la comedia.  

Tu año fue megaespectacular. La gira europea, ganaste la Gaviota de Plata en Viña del Mar, ¿cómo te encontraste con esa fama?  

Es muy loco, porque yo laburo desde 2011 haciendo esto. Antes, que hubiera diez personas que se bañaran y vinieran a verme, para mí era un montón. Con el tiempo, una se va acostumbrando a ciertas cosas y empieza a valorar menos otras. Y de repente, las que te sacuden son esas que son grandes. Viña del Mar, por ejemplo, es algo que ni había soñado. Pero de repente estar ahí me emocionó, fue medio surrealista. Desde Argentina no registramos la magnitud de lo que es el evento para el pueblo chileno. Es como el mundial acá. Están pendientes, hay predicciones, llevan a tarotistas para que vean si te va a ir bien o mal.  

 

El público es impresionante, le dicen “el Monstruo”.  

Sí. Eso es parte del folclore que tiene el Festival. Por ejemplo, yo voy a un espectáculo, no me gusta algo, en general me levanto y me voy, no me pongo a chiflar. Tenemos normas de convivencia distintas. Pero entiendo que es parte del folclore. Cuando aceptás ir ahí, un poco es aceptar que sea eso. Es feo que te chiflen, te hace sentir mal, que no está bueno lo que hacés. Yo tenía muy claro que a mí no me definía como comediante que me fuera bien o mal ahí. Sí me pasa que me da culpa cuando la entrada es cara, digo: “La gente pagó un montón de plata y no les gustó”. Me siento medio una estafadora.  

Igual, te sentiste así en la previa, porque ahí estuvo bien.  

Sí, ahí estuvo bien. Podría haber ido mejor. Me cruzo a veces con chilenos y me dicen: “Ay, el pueblo chileno no te entendió”. Está bien, podría haberme ido mejor, pero no es que me fue mal. Yo me lo llevé igual como un triunfo. Sí me conecto con el fracaso cuando otra persona me dice: “No te preocupes”. Si no me preocupé, ¿por qué me lo decís? No me había quedado mal con esto. Es como cuando te cortás el pelo y a vos te gusta cómo te queda y te dicen: “No te preocupes, crece”. Vos decís: “Pero yo estoy contenta con cómo quedó”. Un poco eso. Después, fue una sorpresa ir a España y que se llenara la sala. Evidentemente el humor trasciende las fronteras. Podemos entretener, o podemos divertir, o podemos conectarnos, la palabra que quieras, con gente de otras idiosincrasias también. En el fondo, la experiencia humana es bastante parecida.  

¿Siempre pensaste que ibas a hacer stand-up?  

Yo siempre hice teatro, clown, impro. El humor siempre me interpeló para hacer comedia. Yo vivía en Ceres, que es un pueblo, fui a estudiar a la Universidad de Rosario y después me mudé a Buenos Aires. Y me enteré de que había un curso de stand-up. No sé si sabía lo que era, creo que el único al que conocía era Seba Wainraich. Busqué en Google “stand-up”. Me gustó la técnica. Para hacer stand-up, lo único que necesitás es alguien que te mire. Se podría hacer en cualquier lugar para comunicar y chau.  

 

No necesitas producción.  

Claro. Yo vengo de hacer teatro. Éramos seis actores y era ver cuándo nos juntábamos para ensayar, de dónde sacábamos plata para la escenografía, alguien que hiciera las luces. Un montón de cosas que están buenísimas, porque dan esa fantasía que genera el teatro, pero el stand-up no genera ficción, es más un arte de comunicación que un arte escénico, tiene algo mucho más dinámico. Tiene una flexibilidad que te permite ir haciéndolo. Y también está bueno algo del ejercicio de hacerlo. Hoy hago este chiste, no funcionó; ya la siguiente función lo puedo modificar, es más flexible. 

Llegar a Madrid, este año a Ámsterdam y a Dublín, ¿qué te genera eso?  

A Ámsterdam es la tercera vez que voy. Mi mejor amiga vivía ahí y averigüé si había stand-up en español. El primer año que fui a visitarla, había unos chicos que tenían un circuito, me comuniqué con ellos, actué en su show unos diez minutos y después ahí fue “bueno, por ahí el año que viene puedo venir y hacer el show”. Ahí se empezó a armar otra cosa. Ahora mi mejor amiga vive en Dublín, por eso voy. Ya que voy a estar ahí, aprovecho. Lo que a mí me parece muy flashero es que se vendan entradas (risas). De repente faltan cuatro meses y ya hay 100 entradas vendidas. No entiendo de dónde vino esta gente. 

¿Sos insegura de tu talento?  

No sé si es inseguridad. Yo sé que soy buena haciendo lo que hago. Pero sí hay una cosa que va por dos líneas distintas: que vos seas buena en tu trabajo y que se vendan entradas. Tengo un montón de colegas que me parecen excelentes, que conozco desde que empecé en el under y que hoy todavía no llenan salas; y no es que son malos en su trabajo. Es simplemente una cuestión de tener la suerte de la exposición, de que tal vez tengas un video que se viralice. Hay cosas que no tienen que ver con tu talento sino con otros factores que hay alrededor. Creo que en Argentina estamos llenos de talentos en todos lados. Ya de por sí hay una barrera que es estar en el interior. Muchas veces no es que la gente no es talentosa, sino que es más difícil llegar. A veces le digo a Diego –mi productor, mi marido y el hombre más lindo de la Argentina– que prefiero estar contenta de que llené una sala de 100 que tener 100 personas en una sala de 200 y sentir que fracasé. Porque así tenemos seteado el cerebro. Un poco también estaría bueno que lo cambiásemos, pero es difícil de cambiar el chip a veces. Y eso también funciona para el público. No es lo mismo una persona que va a una sala y la ve llena que alguien que va a una sala y dice: “Uh, estaba la mitad de la sala vacía”. Hay algo del exitismo que se ve atrás de eso.  

 

¿Y ser tapa de revista, qué te genera? 

Me pone contenta. Me parece que estaría bueno que siempre ocupásemos espacios las mujeres que no somos hegemónicas, que no fuera raro que yo esté en una tapa.   

¿Tenés cierta militancia en ese sentido? 

Militancia no, porque sería una falta de respeto con las militantes que ponen el cuerpo, el tiempo, el trabajo. Yo soy muy vaga para ser militante. Tampoco es que todas las personas que estamos en un cuerpo gordo tenemos que militar. No todas las mujeres tenemos que militar el feminismo, simplemente podemos ser feministas sin ser militantes. Porque lleva tiempo militar y no todas tenemos ni el tiempo ni la energía. Pero a veces vemos las desigualdades y solo estamos atentas a eso y tratamos de modificar ciertas cosas. Sí me pasa que siento que hay mucho prejuicio sobre las personas que vivimos en cuerpos grandes y me gusta tratar de romperlos. Porque puede servirme para mí, pero también a otros. No siento que represente nada, solamente soy una persona gorda existiendo en un mundo donde, en general, las personas gordas existimos con mayor dificultad. Ocupar un espacio como la tapa de OHLALÁ! parecía mucho más difícil para una persona que vive en un cuerpo como el mío que para una persona que vive en uno hegemónico. Pero, al mismo tiempo, si yo estuviera racializada, sería más difícil. O si yo fuera madre, porque en general no está preparado el sistema para abrazar a la madre en el trabajo. Muchas veces me preguntan por qué hay menos comediantas mujeres que varones y un poco es por el prejuicio que tenemos de que las mujeres no somos graciosas. Otro poco porque con un hijo es complejo. Yo me iba en tren una hora y media, un jueves a las 6 de la tarde, para actuar 20 minutos. Y lo podía hacer porque no tenía un hijo, no tenía que ver con quién lo dejaba. Un montón de mujeres quedan en el camino por eso, no porque no sean talentosas. O mis colegas varones se van de gira y los hijos quedan con la esposa y nadie cuestiona que eso sea así. Y cuando mis colegas mujeres se tienen que ir de gira es: “¿Cómo? ¿Y dónde quedaron tus hijos?”. Entonces, cada minoría a la que pertenecés hace que se te complique un poco más en ciertos lugares. 

En este sentido, ¿sentís responsabilidad de transmitir un mensaje? Sí siento la responsabilidad de no decir cualquier cosa. Pero creo que mi responsabilidad es hacer reír... Hay que saber que cuando una habla tiene poder lo que dice. Porque cuando tenés un micrófono, a veces te agarra que decís: “Ah, bueno, voy a hablar de cualquier cosa”, y capaz hay temas que pueden ser sensibles para otros, aunque para vos no lo sean. Yo no es que absorbo todas las críticas y digo “tienen razón”. Pero sí soy crítica. Alguien me puede decir “esto me dolió” y lo hablamos. Podemos ver si yo puedo modificar eso o si realmente es un tema de la otra persona. Me pasó que una chica me dijo que no le gustaba la expresión “fingir demencia”, porque la demencia era una enfermedad que afecta a mucha gente y eso le generaba dolor. No sé si lo tomé, pero me quedó esa idea picando.

 

Hoy hay que tener muchos más cuidados para hacer humor, ¿no? 

Yo creo que no se puede decir más cualquier cosa y estoy a favor de que eso sea así. Porque el problema, para mí, es que se dijeron muchas cosas antes. Parecía que si a vos no te gustaba que te dijeran algo, el problema eras vos, no que el otro te estuviera agrediendo. Ahora estamos diciendo: “Para mí lo que vos estás diciendo es una agresión y yo no quiero que vos me agredas”. Hay un montón de información, la gente que antes no hablaba ahora habla; los que antes no decían “esto me incomoda” ahora lo dicen. También ahí entrás vos como persona, si te interesa incomodar gente. Por ahí vos sos una persona que lo que quiere es hacer sentir mal a la gente gorda y entonces vas a hacer chistes sobre gente gorda. Ahora, si tu interés es no lastimar gente gorda, bueno fijate lo que vas a decir porque por ahí con algunas cosas la lastimes. Con el movimiento feminista pasa igual. Antes nos molestaba, pero era más fácil para nosotras sonreír y bajar la cabeza que decirte “me parece horrible lo que dijiste”. Creo que lo que empezó a pasar es que quienes dicen cosas no quieren recibir esas respuestas. Quieren que sigamos diciendo “sí, bueno…”. 

¿Cuál es tu límite en el humor?  

No lastimar gente que siento que ya la sociedad lastima un poco. Hay un concepto que es el punching down, no me interesa pegar hacia abajo, digamos. Ese es un límite para mí. No me interesa reírme de alguien que tiene una discapacidad. Al menos no me interesa reírme de que tenga la discapacidad. Un límite es que sea gracioso. Discursivamente, creo que, en todo, no solamente en la comedia, cuando hablamos de uno a uno, muchos dicen algo agresivo y después: “Ja, era un chiste”. Pero si nadie se rio, no sé si fue un chiste. Entonces, para mí, que genere risa también es un límite. De hecho, por ahí en un contexto algo es un chiste y en otro no. El contexto se lo puede dar el lugar donde estás haciéndolo, la gente con la que estás haciéndolo, quién sos vos. Probablemente si yo hiciera un chiste sobre ser gorda no se daría igual que si lo dijera Ezequiel Campa. Porque él es un varón lindo, alto, bueno y yo soy yo. Entonces, todo eso lo da el contexto. Mucha gente dice: “Ah, qué bronca, pero ella lo puede hacer”. Sí, yo lo puedo hacer, lo siento (risas).  

¿El prejuicio más grande es que las mujeres no somos graciosas? 

Ese prejuicio me da una bronca...Mas allá de que conozco un montón de mujeres graciosas, cuando alguien enuncia algo así, me gustaría que trajera datos. Y más allá de los datos, ¿no te dan ganas de preguntarte también por qué las mujeres no son muy graciosas? ¿Realmente pensás que hay un gen en mi cerebro que no me permite ser graciosa o tal vez haya culturalmente algo de los lugares donde nos ponen a las mujeres, qué se espera de nosotras, qué nos enseñan desde chiquitas? Otro prejuicio que aparece mucho es el del cupo femenino. Muchos te dicen que estás en determinado festival porque tienen que cumplir cupo, tiene que haber una mujer. Lo que termina pasando es que un poco nos lo creemos. Como si nosotras no nos mereciéramos estar ahí.  

 

Mencionaste al movimiento feminista, ¿te considerás feminista?

Sí, soy feminista. Creo que tenemos que tener igualdad de derechos y oportunidades. Hay una frase que se la escuché a Sol Despeinada: “Si no tenemos los mismos miedos, no tenemos los mismos derechos”. Al hombre también le da miedo caminar a la noche, sí, pero le da miedo porque le van a robar la billetera y no es comparable una cosa con la otra. Todavía hay muchas desigualdades que están invisibles, que tienen que ver con las tareas no remuneradas. Yo soy una mujer blanca privilegiada y, sin embargo, me encuentro a mí misma diciendo: “¿Por qué me tengo que encargar de comprarle el regalo del Día de la Madre a la mamá de mi marido?”. La quiero mucho a mi suegra, pero es tu mamá. Son cosas chiquitas al lado de que haya lugares donde todavía hay mutilación del clítoris. Quejarse porque yo tengo que comprar el regalo del Día de la Madre de mi marido parece una pavada. Pero para mí son entretejidos que se van armando. Seguimos en desigualdad de condiciones en miles de cosas y esa desigualdad muchas veces parte de construcciones, no es que los varones no tienen la capacidad física de lavar platos. 

¿Pasa con los humoristas eso de que es muy gracioso cuando actúa pero medio malhumorado puertas adentro? 

En mi caso, yo soy más de deprimirme y sí se aplica. Pero Diego, mi marido, hacía stand up y para mí era 20 mil veces más gracioso en la vida cotidiana que en el escenario. No es que fuera malo, pero no estaba al nivel de lo que es él en la vida cotidiana. Pero sí pasa mucho que por ahí lo que tenemos gracioso para decir lo decimos en el escenario y después en la vida somos unos conflictuados totales.  

Decías que sos de deprimirte, ¿es un decir o tenés diagnóstico? 

Cuando era más joven tomaba medicación por la depresión. Ahora hago terapia. Estoy atenta también a mis señales de que por ahí empiezo a entrar en una etapa depresiva. Nunca volví a caer en una depresión, porque aprendí a darme cuenta de cuándo no estoy bien y busco ayuda antes. Eso es lo más difícil, muchas veces. Cuando estás en el peor momento, no podés buscar ayuda, es parte de la dificultad.  

 

¿Cuáles son las señales de que estás entrando en el bajón? 

Yo me doy cuenta cuando no tengo ganas de hacer cosas que siempre tenía ganas de hacer. Esa es mi señal, cuando me doy cuenta de que pongo excusas. Parece una pavada, pero me empiezo a registrar ahí. Para mí es una red flag. Pero también cada uno tiene que conocerse. En eso, para mí la terapia es muy importante para tener ese conocimiento sobre uno mismo. Capaz hay otra gente que sigue funcionando súper bien con una depresión terrible y sigue haciendo sus tareas cotidianas como si nada, pero por dentro está súper deprimida. Mi recomendación es que vayan a terapia. 

Hace poco atravesaste la muerte de tu mamá, estuviste sin trabajar y después llevaste parte de ese duelo a tus shows. ¿Cómo lo viviste?  

Me salió de esa manera. No procesé el duelo normal, lloro y me río al mismo tiempo. Hay cosas que una, a veces, del dolor, las vive en soledad y que, al hablarlas, convertirlas en chistes, las comparte con otros. Y compartir te hace salir un poco de ese lugar de soledad. Todos duelamos en el fondo. Por ahí vos ves a alguien en la calle con total normalidad y capaz está duelando a alguien. Hablar me parece que sirve, me gusta hablar de la vergüenza en el show. Ayuda sufrir en comunidad.  

Cuando estás en un dolor, a veces cuesta dimensionar que a todos nos pasan cosas parecidas... 

Yo hago chistes sobre el duelo de mi mamá en un show y me pasa que a mucha gente le molesta. “Yo vine a reírme y a mí se me murió mi mamá también hace poco y ahora estoy acá con todo esto movilizado”, y bueno, no lo hago a propósito, no estoy buscando generar eso. Yo necesito procesarlo, de esta manera me sirve, me parece que a un montón de otra gente también. Muchas veces, escuchar a otros hablar de una misma experiencia ayuda a entender que esto que estoy transitando, al final, no es que me está pasando a mí sola, sino que le pasa a un montón de gente todo el tiempo. Y pensar que si toda esta gente puede salir de esta situación, yo puedo salir de esta situación. 

 

¿Y qué otras cosas hacés para sentirte bien?  

Me gusta mucho hacer jardinería. No tengo habilidad, pero hay algo que me hace bien de empezar una tarea y terminarla. Voy a trasplantar esta planta a esta maceta y al rato ver que termina el trabajo. La vida cotidiana está llena de tareas que nunca terminan. Siempre hay una cosa más para ordenar. Hacer tareas que empiecen y terminen me ayuda mucho. Después bailo, me hace sentir bien, salgo a caminar un rato. Eso es algo que me cambió mucho de leer cosas de militancia gorda. Porque hay algo que nos pasa a las personas que vivimos en un cuerpo gordo, toda la vida vivimos pensando que tenemos que adelgazar. Es interno, es externo y es cultural. Entonces, hay algo con el ejercicio físico que pareciera que si no bajás de peso, no funcionó, no sirvió. En realidad, muchas veces el ejercicio me hace bien por otras cosas. Me hace bien porque libero endorfinas, porque duermo mejor en la noche y no importa si bajé o no de peso. Importa que me siento mejor cuando lo hago. Y eso recién lo pude visualizar gracias a la militancia gorda. Soy más flexible conmigo misma y esa flexibilidad también es un hábito, que me hace bien. 

Como tratar de no exigirte tanto... 

Y al mismo tiempo poner el foco en otro lado. O desde la alimentación. Me pasaba de decir “hoy quiero comer fruta porque ayer comí muchos dulces”, y no va por ahí. Hoy quiero comer fruta porque tengo ganas de comer fruta y no importa si ayer comí chocolate o no. Me di cuenta de que cuando me dejé de restringir empecé a comer mejor. Cuando dietaba, el chocolate era el permitido y todo el tiempo pensaba en eso. Ahora que puedo comerlo cuando quiero, no me dan tantas ganas. Como que dejó de ocupar tanto lugar en mi mente. Realmente me hizo muy bien cuando acepté que vivo en este cuerpo, empecé a tratar de vivir de una manera más saludable en este cuerpo y encontré placer en habitarlo. 

Nuestra nota de tapa de este mes es sobre la autenticidad. ¿Cuándo fue tu propia revolución de decir “esta soy yo y acá me planto”?  

Cuando dejás de querer cambiar más por los otros que por vos. Cuando los cambios que querés hacer son por vos, y también aceptar que hay cambios que no son posibles. No puedo ser más alta, aunque sueñe con serlo, y no es que me resigné. Yo sé que, con la gordura, mucha gente pasa por la experiencia de adelgazar y todos tienen la cabeza de que es posible ser flaco. Pareciera que si uno dice “acepté que mi cuerpo es este” está mal. Yo viví toda mi vida dietando, tuve un cuerpo más chico, pero para mí eso exigió un esfuerzo que me restaba salud mental y física, porque para poder estar más flaca estaba subalimentada. Cuando fui auténtica y encontré eso, cuando empecé a preguntarme “¿quiero que mi cuerpo sea más chico por mí o quiero que sea más chico porque es lo que todo el tiempo me están diciendo que tiene que ser?”... A mí lo que me da miedo a veces de ser lo que una es es que atrás puede haber arpías y malvados diciendo: “Yo soy así porque soy así”. Y no, bueno. Así sos vos, pero generás daño. Me parece que la autenticidad tiene que ver con una misma, pero, al mismo tiempo, como que no me parece que sea lo único que importa. También es importante ser amable, empática.  

¿Y sos consciente del impacto que tenés en otros haciendo humor? 

Me pasa que veo en las redes que alguien comparte un mensaje que le mandan y dice: “Tengo cáncer y tus videos me hacen reír” y el comediante pone: “Por estas cosas hago lo que hago”. Y yo sinceramente no lo hago por eso. Lo hago porque a mí me gusta hacer reír. Ahora, probablemente, si no pasaran cosas así, en algún momento me sentiría vacía. Creo que esas cosas son las que en el fondo hacen que sienta que tiene un sentido extra mi egoísmo de sentirme graciosa, le cambia a otro. Sobre todo, me pasaba cuando no tenía convocatoria, pensaba “¿para quién estoy haciendo esto?”. Y de repente, una persona me mandaba que se había puesto contenta al ver mis videos. Y ahí decís: “Bueno, mi humor al final sirve para alguien más que para mi ego”. Y ahí todo vale la pena. 
 

Estilismo: Virginia Gandola. 

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