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Madres de adolescentes en la era digital: cómo acompañarlos sin perder el vínculo

La adolescencia siempre desafía, pero en la era digital suma nuevas complejidades. Cómo acompañar a tus hijos en un mundo que cambia rápido, sin perder el vínculo ni quedarte afuera.


familia en casa con celulares

Cómo acompañar a los adolescentes en la era digital - Créditos: Getty



La adolescencia de un hijo siempre moviliza. Pero, en la era digital, tiene algo más: te obliga a acompañar una etapa que también a vos, por momentos, te deja afuera. Porque no solo cambió su edad. Cambió el mundo en el que crece. Y, con eso, cambió también la forma de ser madre.

No se trata solo de que use otras palabras, pase más tiempo con el celular o viva pendiente de códigos que a vos te resultan ajenos. Se trata de algo más profundo. Tus hijos crecieron en un universo que vos no habitaste. Un mundo veloz, expuesto, lleno de comparación, estímulos que no descansan y una vidriera abierta las veinticuatro horas. Y eso vuelve esta etapa especialmente sensible. Porque, mientras intentás entender qué les pasa a ellos, también te encontrás con algo tuyo: el miedo a no saber cómo cuidarlos, la culpa de sentir que no llegás a todo y la angustia de ver que ya no podés entrar en su mundo del mismo modo que antes.

Por eso, la adolescencia, en tiempos de redes, suele sentirse de tres maneras muy concretas: como desconcierto frente a un mundo nuevo, como culpa por no saber siempre cómo acompañar y como el desafío de seguir estando cuando vos también estás cansada, preocupada y, a veces, desbordada.


1. El desconcierto de mirar un mundo que no conociste

Vos creciste en el cara a cara del colegio, la plaza, el teléfono fijo, la espera. Tus hijos crecen con una ventana abierta al mundo entero. Likes, comparación permanente, FOMO, exposición, sexualización temprana, algoritmos que detectan lo que les interesa y les devuelven, sin pausa, más de lo mismo. Mientras vos te medías en miradas, palabras y silencios, ellos muchas veces sienten que se miden en números, reacciones y pantallas.

Y no, no es exageración sentir que a veces no entendés del todo lo que están viviendo. Es otro mundo. Más rápido, más invasivo, más difícil de leer desde afuera. Por eso, muchas discusiones no tienen que ver solo con el celular. Tienen que ver con algo más hondo: con la sensación de que hay una parte de su vida a la que ya no llegás igual, por más amor que tengas, por más presente que estés.

Tal vez te pasó de escuchar a tu hijo decirte “no entendés” y sentir que esa frase duele más de lo que debería. No solo porque te deja afuera, sino porque toca una verdad incómoda: hay algo de este mundo que efectivamente no viviste. Y acompañar desde ahí pide algo difícil y valioso a la vez: aceptar que ya no alcanza con haber sido adolescente una vez. Ahora también hay que aprender a mirar una adolescencia que cambió de idioma.

  1. La culpa de sentir que deberías hacerlo mejor

Hay algo de esta época que les cae pesado a muchísimas madres: la idea de que deberían saber, prever, registrar y resolver todo. Que, si un hijo sufre, algo faltó. Que, si se encierra en su cuarto, si se compara, si se angustia o si se aleja, entonces habría que haber hecho algo distinto. Y, aunque eso no siempre se diga en voz alta, pesa igual.

Por eso, la adolescencia suele despertar una forma de hablarnos mal, con bastante crítica. “Tendría que haber puesto límites antes.” “Tendría que haber hablado más.” “Tendría que haberme dado cuenta.” Como si maternar fuera anticiparse a todo. Como si amar alcanzara para evitarles cualquier herida.

Pero criar un adolescente no es prevenir cada dolor. Es acompañar sin poder controlar del todo. Y eso duele. Duele verlos expuestos. Duele sentir que algo se escapa. Duele comprobar que ya no podés cuidarlos como cuando eran chicos. Porque, cuando ellos cambian, vos también cambiás. Y cambia el vínculo. Eso, aunque cueste nombrarlo, también tiene algo de duelo. Se va una etapa, aparece otra forma de cercanía, otra distancia, otra identidad para ellos y también para vos.

A veces no se extraña solo a la infancia del hijo. También se extraña a la madre que una era en ese tiempo. La que podía ordenar más, entender más, entrar más fácil. Por eso, esta etapa conmueve tanto. Porque no solo cambia tu hijo: cambia el lugar desde el que te vinculás con él.


3. Seguir estando sin invadir, cuidar sin controlar

Tal vez este sea el punto más difícil. Porque, cuando sentís que algo se te escapa, la tentación de controlar crece. Revisar, insistir, preguntar de más, perseguir, alarmarte antes de tiempo. A veces, no por desconfianza, sino por miedo. Miedo a que les pase algo. Miedo a no ver a tiempo. Miedo a quedar afuera justo cuando más querés estar cerca.

Pero la adolescencia necesita algo delicado: presencia sin invasión. Límites sin lastimar. Autoridad sin gritos. Que puedas sostener un no aunque se enojen. Que puedas preguntar sin convertir cada charla en un interrogatorio. Que puedas bancarte que no siempre te cuenten todo sin leer eso como rechazo. Parece simple. No lo es.

Porque estar y no correrse también cansa. Mucho. Y eso casi no se dice. También necesitás tu espacio. También te agotás. También hay días en los que te hartás, perdés la paciencia o algo no te sale bien. Y admitir eso no te vuelve mala madre. Te vuelve real, honesta.

 

Una buena madre es una madre que a veces falla, se equivoca, llega tarde o dice algo mal. Pero ama, intenta reparar y sigue estando. Fallar no es lo opuesto a amar. Es parte de ser humana. No hace falta que lo sepas todo. No hace falta que entiendas cada código, cada palabra nueva, cada aplicación ni cada silencio. Tampoco hace falta que llegues a todo. A veces alcanza con algo mucho más simple y mucho más valioso: que tus hijos sientan que, aunque no tengas todas las respuestas, con vos siempre se puede volver.

Estás atravesando una etapa que desordena, preocupa y toca fibras muy sensibles. Una etapa en la que tu hijo cambia, y vos también.

Tal vez ahí esté una de las verdades más conmovedoras de maternar adolescentes hoy: aceptar que ya no podés evitarles todo, pero sí podés seguir siendo un sostén enorme. No por saberlo todo. No por llegar a todo. Sino por algo más simple y más valioso: porque seguís estando. Porque, aun con miedo, con dudas y con cansancio, no te corrés. Y, a veces, eso, en medio de tanto ruido, ya es una forma de amor inmensa.

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