Día Nacional de la Solidaridad: por qué ayudar a otros también puede mejorar nuestra salud mental

Cada 26 de agosto se celebra el Día Nacional de la Solidaridad. La psiquiatra Pia Lobo explica por qué los vínculos son fundamentales para atravesar momentos de vulnerabilidad y cómo acompañar a otros también puede ayudarnos a encontrar propósito y bienestar.

Por Redacción OHLALÁ!

26 de agosto de 2026, 14:50

mujeres juntan manos en el trabajo
Día Nacional de la Solidaridad: por qué ayudar a otros también puede mejorar nuestra salud mental - Getty

Hay algo que solemos olvidar cuando pensamos en nuestra propia historia: nadie llega solo hasta donde está. Detrás de cada logro, de cada dificultad superada y de cada decisión importante suele haber alguien que acompañó, escuchó, enseñó, sostuvo o simplemente estuvo ahí.

El 26 de agosto se celebra en Argentina el Día Nacional de la Solidaridad, una fecha establecida en 1998 mediante el decreto 982 en honor al nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta, ocurrido ese mismo día de 1910. Pero más allá de la efeméride, la fecha puede ser una oportunidad para pensar en el valor de los vínculos y en el impacto que tienen los gestos de cuidado en nuestra salud mental.

“Los seres humanos nos necesitamos unos a otros”, plantea Pia Lobo, médica psiquiatra. Y esa necesidad no desaparece cuando crecemos y adquirimos autonomía. Podemos aprender a resolver problemas por nuestra cuenta, tomar decisiones y desarrollar recursos propios, pero seguimos siendo personas profundamente vinculadas con los demás.

En los momentos difíciles, estar puede ser más importante que decir qué hacer

Cuando una persona atraviesa una crisis emocional, un duelo, una situación traumática, ansiedad, depresión o cualquier otro momento de vulnerabilidad, es habitual pensar que lo que necesita es una solución. Sin embargo, muchas veces el acompañamiento cumple una función diferente: hacer que esa persona no sienta que tiene que atravesar sola lo que le está pasando.

Lobo señala que quienes atravesaron situaciones difíciles suelen recordar con especial claridad a las personas que estuvieron cerca durante esos momentos. No necesariamente recuerdan una frase perfecta o un consejo brillante. Recuerdan quién llamó, quién escuchó sin juzgar, quién acompañó una internación o quién permaneció cerca cuando el sufrimiento era difícil de comprender.

“En los momentos de mayor vulnerabilidad emocional las personas no solo necesitan soluciones, necesitan sentirse acompañadas”, sostiene la especialista.

Por eso, los vínculos pueden funcionar como un factor protector para la salud mental. No eliminan el dolor, pero pueden hacerlo más tolerable.

A veces acompañar no significa tener respuestas. Puede ser escuchar, ofrecer compañía, ayudar con una tarea concreta o simplemente hacerle saber al otro que estamos disponibles.

La importancia de sentirse parte

La solidaridad también tiene otra dimensión: la de pertenecer. En una sociedad que suele valorar la independencia, la autosuficiencia y la capacidad de resolver todo por cuenta propia, reconocer que necesitamos a otras personas puede parecer una debilidad. Para Lobo, ocurre justamente lo contrario: aceptar nuestra interdependencia forma parte de nuestra experiencia humana.

Desde que nacemos necesitamos de otros para sobrevivir, aprender y comprender el mundo. Con el paso del tiempo ganamos autonomía, pero esa necesidad de conexión permanece.

“Una de las experiencias más dolorosas no es solamente el sufrimiento, es la sensación de vacío, la percepción de que nada de lo que hacemos tiene demasiado sentido o importancia”, explica la psiquiatra.

En ese punto aparece una pregunta que puede resultar incómoda: ¿qué lugar ocupamos en la vida de los demás y qué podemos aportar?

La respuesta no tiene que ver necesariamente con grandes acciones. La solidaridad también puede expresarse en gestos cotidianos: dedicar tiempo, escuchar, compartir un conocimiento, acompañar a alguien que está pasando un momento difícil o acercarse a una persona que necesita compañía.

Ayudar también puede hacernos bien

Solemos pensar en la solidaridad desde el lugar de quien recibe ayuda. Pero existe otra pregunta: ¿qué ocurre con quien ayuda?

Según Lobo, muchas personas pasan buena parte de su vida concentradas en alcanzar objetivos, resolver problemas, rendir más o sentirse mejor. Todos esos deseos pueden ser legítimos, pero una mirada excesivamente centrada en uno mismo puede terminar alimentando un círculo de preocupaciones.

Ayudar a otra persona permite, aunque sea durante un momento, salir de ese foco permanente sobre las propias dificultades y conectarse con una realidad más amplia.

La solidaridad puede aportar así una sensación de propósito: recordar que tenemos algo para ofrecer y que nuestra presencia puede tener un efecto concreto en la vida de otra persona.

No hace falta tener una profesión determinada, disponer de mucho tiempo o realizar una acción extraordinaria. Puede ser una escucha atenta, un mensaje, una visita, una palabra de aliento o una ayuda concreta.

Una red en la que todos podemos necesitar y sostener

Hay una idea que atraviesa toda la reflexión de la especialista: los roles no son permanentes. En algunos momentos somos quienes necesitan ser acompañados y, en otros, quienes pueden sostener a alguien más.

Esa reciprocidad también forma parte de los vínculos saludables. No se trata de ser autosuficientes ni de cargar con los problemas de los demás, sino de reconocer que vivir en comunidad implica dar y recibir apoyo.

Después de años de escuchar historias de sufrimiento, pérdidas, crisis y recuperación, Lobo encuentra un patrón que se repite: las personas no suelen recordar quién fue el más exitoso, productivo o admirado. Recuerdan a quienes estuvieron presentes.

“Las personas rara vez recuerdan quién tenía razón, quién era el más exitoso, el más admirado o el más productivo. Lo que recuerdan es quién estuvo”, afirma.

Quizás ahí esté una de las claves del Día Nacional de la Solidaridad: entender que una vida significativa no se construye solamente a partir de lo que conseguimos para nosotros mismos. También se construye con los vínculos que formamos y con la presencia que somos capaces de ofrecer.

Porque, en definitiva, todos necesitamos ser sostenidos alguna vez. Y todos, en algún momento, podemos ser quienes sostienen a otro.

 Experta consultada: Pia Lobo, médica psiquiatra (MN 149009). @psiquiatrasalavista

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