Dos personas pueden atravesar la misma discusión y vivir experiencias diferentes: para una, puede ser un desacuerdo; para la otra, sentirse como rechazo, injusticia o amenaza. No reaccionamos solamente frente a lo que ocurre, sino también frente al significado que eso adquiere para nosotros. Y ahí, a veces, aparecen las lágrimas.
Llorar durante una discusión no significa necesariamente estar triste. La rabia, la frustración, la impotencia, el miedo o la sensación de no ser escuchados también pueden desencadenar el llanto.
Hay una dimensión fisiológica: frente a una situación percibida como amenazante o emocionalmente intensa, aumenta la activación del organismo: puede acelerarse el corazón, modificarse la respiración o quebrarse la voz. El llanto puede aparecer como parte de esta respuesta al estrés; no es necesariamente una pérdida de control.
Las lágrimas también tienen una dimensión psicológica e interpersonal: pueden expresar vulnerabilidad, necesidad de ser comprendidos o aquello que todavía no conseguimos transformar en palabras. Cuando las palabras no alcanzan, el cuerpo entra en escena. El cuerpo está siempre presente, acompañando nuestra experiencia. El llanto puede ser una oportunidad para darle lugar a lo que nos sucede. Sin embargo, muchas veces hacemos lo contrario: contenemos las lágrimas, las escondemos o pedimos disculpas por llorar.
Quizá el camino de la salud sea otro. ¿Podemos humanizar lo que nos ocurre en lugar de ocultarlo porque resulta incómodo o está mal visto? Escuchar el cuerpo no significa convertir cada reacción en un problema, sino reconocer que también nos ofrece información sobre cómo estamos viviendo una experiencia.
Las lágrimas pueden invitarnos a preguntarnos qué nos está pasando. No necesariamente para llorar menos, sino para vivir con mayor libertad y coherencia entre aquello que sentimos, pensamos, necesitamos y elegimos. Por eso, conviene evitar interpretaciones rápidas. Llorar no significa “soy débil”, “estoy triste” o “tengo razón”. Podemos llorar y pensar, o estar enojados, o llorar y poner un límite.
Entonces, quizá la pregunta no sea “¿por qué lloro cuando discuto?”, sino “¿qué se vuelve tan difícil para mí cuando entro en conflicto?”
Nuestra manera de discutir también tiene una historia, y las experiencias previas influyen en cómo interpretamos el conflicto. Quienes crecieron en ambientes donde los desacuerdos estuvieron asociados a gritos, críticas o rechazo pueden percibir algunas discusiones como especialmente amenazantes. También aprendemos, a través de nuestros vínculos, qué significa estar en desacuerdo.
Regular una emoción no significa eliminarla. Significa reconocer qué nos ocurre, atravesar su intensidad y recuperar la posibilidad de pensar, expresarnos y elegir cómo responder.
¿Cuándo prestar especial atención? Cuando los desacuerdos provocan sistemáticamente miedo intenso, bloqueo o indefensión; cuando dejamos de expresar lo que pensamos por temor a la reacción del otro; o cuando existen intimidación, humillación, control o violencia.
Quizá intentar simplemente dejar de llorar sea quedarse con la parte menos interesante.
¿Qué temo que suceda cuando estoy en desacuerdo?
Comprender nuestras lágrimas puede enseñarnos mucho más que aprender a detenerlas.
Cecilia Puppo Psicóloga. Salud integrativa. Acompaña en los momentos más humanos de tu vida. Es creadora de Mundos vinculantes Habitándonos.



