
Apego sexual: qué revela un estudio sobre el deseo y la ansiedad
Un estudio reciente publicado en Psychology Today muestra que la intensidad sexual no siempre es sinónimo de estabilidad emocional. La experta Antonella Ance analiza cómo el estilo de apego influye en la forma en que vivimos la intimidad en pareja.
3 de febrero de 2026 • 13:39

Apego sexual: qué revela un estudio sobre el deseo y la ansiedad - Créditos: Getty
“La búsqueda de intimidad no siempre nace del deseo: muchas veces aparece para tapar ansiedad, miedo o como una forma aprendida de vincularnos”, explica Antonella Ance, cofundadora del Museo de la Vulva y de Lujuria. Durante años, ella misma creyó que una vida íntima activa era sinónimo de una relación sana. “Pensaba que el deseo constante hablaba de amor, de conexión, de estabilidad. Pero después de escuchar a muchas mujeres y parejas, entendí que no siempre es así. El deseo no siempre nace del placer: a veces nace del miedo”.
Un estudio reciente publicado en Psychology Today pone en palabras algo que muchas personas sienten pero no siempre saben explicar: la forma en que nos vinculamos emocionalmente —nuestro estilo de apego— influye profundamente en cómo vivimos la intimidad en pareja.
Cuando el sexo calma la ansiedad
Según el trabajo, las personas con apego ansioso suelen experimentar altos niveles de deseo, pero también de ansiedad. “En estos casos, la intimidad puede transformarse —sin darnos cuenta— en un camino directo para obtener seguridad emocional: buscamos sentir que el otro está, que no se va, que seguimos siendo elegidas”, señala Ance.
Cuando el miedo al abandono atraviesa el vínculo, cualquier cambio en la frecuencia o en la conexión sexual —algo natural en cualquier relación— puede vivirse como una amenaza. “Ahí aparecen la inquietud, la duda, la angustia. Y muchas veces el cuerpo habla antes que las palabras”, explica.
Las señales pueden ser concretas: disminución de la lubricación, incomodidad o dolor en la penetración, dificultad para relajarse o una respuesta sexual que ya no aparece como antes. “No se trata de desinterés ni de que algo esté roto. El cuerpo está expresando que algo emocional no está siendo escuchado”.
La frecuencia no es lo más importante
Uno de los aportes más interesantes del estudio es que la frecuencia sexual no es el mejor indicador de bienestar íntimo. Lo que realmente marca la diferencia es la calidad del vínculo emocional.
En relaciones con apego seguro, el deseo puede subir y bajar sin generar alarma. La intimidad no se vive como una prueba constante de amor, sino como un espacio compartido que se transforma con el tiempo. “En esos vínculos, el sexo no calma una ansiedad: acompaña una conexión que ya existe”, resume Ance.
También existe el apego evitativo, donde la intimidad —emocional y física— puede vivirse con más distancia. No necesariamente por falta de deseo, sino por una dificultad aprendida para mostrarse vulnerable. “Muchas veces el cuerpo replica lo que aprendió en vínculos anteriores y busca protegerse de depender”.
Escuchar el deseo desde otro lugar
“Antes de preguntarte cuánto deseo tenés, preguntate desde dónde nace hoy: si es desde el disfrute o desde la necesidad de sentirte segura”, propone Ance.
Y agrega algo clave: el apego no es destino. “No es una condena ni una etiqueta fija. Se puede revisar, trabajar y transformar. Cuando empezamos a entender desde dónde nos vinculamos, dejamos de confundir deseo con ansiedad”.
Nombrar estas experiencias no es para diagnosticar ni patologizar, sino para escucharse con más amabilidad. “Y, si hace falta, buscar acompañamiento profesional. No para ‘arreglar’ el cuerpo, sino para comprender qué está pidiendo y cómo volver a habitar la intimidad desde un lugar más seguro y placentero”.
Porque cuando el vínculo se siente cuidado, el cuerpo se relaja. Y entonces la intimidad vuelve a ser lo que siempre debería ser: un espacio de encuentro, conexión y disfrute real.
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