Subió una canción triste a sus historias y ella sintió que era para ella. No era la primera vez: un like, un vivo, una frase ambigua… todo parecía tener un significado oculto.
La erotomanía —conocida en la psiquiatría clínica como Síndrome de De Clérambault, tras ser descrita formalmente por el psiquiatra francés Gaëtan Gatian de Clérambault en el siglo XIX— es un fenómeno psicológico en el que una persona interpreta señales neutras o ambiguas como pruebas irrefutables de amor o interés romántico.
Un rasgo característico de este cuadro es que suele darse en el marco de un vínculo asimétrico o desequilibrado: el objeto del delirio suele ser alguien de mayor estatus social, profesional o de perfil público (un superior, una celebridad o un referente), lo que acentúa la distancia real y retroalimenta la fantasía.
Históricamente estudiado como un tipo de trastorno delirante, la ciencia nos muestra que no se trata de un simple "capricho": involucra una alteración en los circuitos de recompensa del cerebro (con picos de dopamina similares a los del enamoramiento temprano) y suele manifestarse en momentos de alta vulnerabilidad emocional o estrés extremo.
Pero ojo: no todo crush intenso es erotomanía, ni toda obsesión romántica es un delirio. Todas las personas fantaseamos. El límite se cruza cuando dejamos de registrar la realidad y asumimos que el otro nos envía mensajes en clave, cuando en verdad nunca existieron.
Hoy, la dinámica de la hiperconectividad se convierte en el combustible perfecto para alimentar esa ilusión a través de:
- Likes casuales que se leen como insinuaciones.
- Respuestas rápidas a historias.
- Reels, frases o canciones con supuestas indirectas.
- Coincidencias provocadas por el propio algoritmo.
Desde la sexología y la terapia de pareja, observamos cómo la hiperconectividad favorece un "efecto espejo": la persona no se vincula con el ser humano real —con sus límites y respuestas concretas—, sino que proyecta sus propias carencias y deseos sobre una pantalla interactiva, convirtiendo al otro en un objeto de fantasía.
¿Cuándo encender las alarmas?
Vale la pena hacer una pausa y revisar la situación cuando aparecen estas conductas:
- Revisar obsesivamente las redes o la última conexión de la otra persona.
- Interpretar cualquier publicación neutra como un mensaje dirigido a vos.
- Sentir picos de euforia extrema ante interacciones mínimas o irrelevantes.
- Creer que existe una "conexión mística o especial" sin ninguna evidencia real en el vínculo.
Mi testimonio: cuando la ilusión cruzó del otro lado

Y esto es, precisamente, lo que me tocó vivir en carne propia. Si bien en la clínica las fronteras diagnósticas a veces son difusas y no sé si lo mío fue erotomanía en su estado puro, fue sin dudas lo más cercano a habitar esa desconexión.
Conocí a una persona por trabajo y todo fluía de manera profesional y cordial, hasta que un día salimos a tomar algo. En su ámbito, él era una figura pública conocida: tenía su propio programa de radio y era un profesional muy respetado en su área. La salida fue muy agradable y, al tiempo, decidí ser transparente con lo que sentía. Le dije con claridad que me gustaría seguir conociéndolo, pero dando un paso más allá de la amistad, porque realmente me había interesado.
Hasta ahí, una declaración honesta. El problema comenzó después.
A partir de ahí, mi mente armó su propia película. Sin darme cuenta, empecé a vivir una historia que solo existía de mi lado. Si él subía una foto, un tema a sus historias o tardaba en contestarme, mi cabeza lo leía como una confirmación de lo que "sentíamos". No importaba si él ponía distancia o me decía que no: mi mente transformaba cada negativa en un obstáculo a superar o en timidez. Entrar en ese bucle donde convertís a la otra persona en el centro de tu universo sin una base real es agotador, genera una euforia artificial y, cuando te chocás con la realidad, el dolor es enorme. Es una experiencia de la que se aprende mucho, pero que de verdad no le deseo a nadie.
Mi obsesión me había llevado a buscar cualquier señal, no solo de cosas que él hacía o no hacía, sino de cuestiones más abstractas como el tarot por signos. Pasaba de 2 a 3 horas por día (a veces más) escuchando en YouTube sesiones de tarot enfocadas en cada signo: el mío y el de él. Cada vez que estos videos hablaban de personas confundidas o con problemas que no les permitían concretar un vínculo, pensaba en lo "nuestro", como si lo que estuviera pasando fuera exactamente eso.
Hasta con los vivos que hacía en sus redes sentía que me enviaba mensajes: un gesto, una mirada, una palabra. Lo más intenso fue cuando tuvo que viajar para cubrir un evento: a través de una de sus transmisiones hizo un gesto que interpreté como una invitación explícita a viajar con él. La mente cuando entra en ese estado es realmente peligrosa.
Analizaba con ChatGPT cada mensaje, cada audio, cada canción subida; todo pasaba por el filtro de la inteligencia artificial. Hasta que un día ChatGPT me dijo que lo mío parecía más una obsesión que enamoramiento, a lo cual no le presté atención alegando que la IA nada sabía de relaciones humanas.
Todo empezó a empeorar cuando, en búsqueda de respuestas, leí desde el primer mensaje hasta el último. Pasé 3 o 4 días filtrando la información. En mi cabeza "estaba claro": la película que me armé es que él estaba interesado pero no sabía lo que sentía, que no sabía cómo actuar.
A raíz de esta búsqueda infernal le mandé unos audios explicándole todo lo que sentía y todo lo que había hecho hasta ese momento (como revisar cada canción que subía). Él, muy sorprendido y preocupado, me dijo que nada que ver, que no buscaba absolutamente nada conmigo.
Y eso no fue todo. Al recibir su respuesta, le contesté con un audio larguísimo comunicando mi sentir y queriendo "enseñarle" cómo se debería haber comportado para que yo no me confundiera: le echaba la culpa a él. Después del audio hablé con amistades que me preguntaban qué había pasado, y yo les respondía que era una experta en patrones de comportamiento y que todo lo que él había hecho eran "mensajes ambiguos".
Pasaron las horas y me di cuenta de que algo no estaba bien. Fue recién cuando interioricé sus últimos audios (después de pedirle que me bloqueara) que el impacto me descolocó. Fue un baldazo de agua fría: si había imaginado todo eso, ¿qué más podría haber inventado mi cabeza?
Así fue como terminé una madrugada en el Hospital Alvear (hospital neuropsiquiátrico), contando toda esta historia y los síntomas que venía arrastrando los últimos meses: insomnio, falta de apetito, irritabilidad, hipersexualidad, elocuencia, grandiosidad, fuga de ideas, no reconocerme en el espejo. El diagnóstico en ese momento fue un "estado de manía”.
En estos cuadros, la hipersexualidad o la fijación pasional no siempre responden a un deseo hacia la otra persona, sino a una sobreactivación del sistema nervioso que busca desesperadamente regulación y descarga a través de una idea obsesiva.
Cuando entendí lo que me pasaba, le pedí disculpas. Vio mi mensaje, pero no respondió. Y así fue como el deseo de estar con alguien se convirtió en locura.
De la fantasía a la salud mental: ¿cómo se aborda desde la clínica?
Como profesional de la salud mental, vivir este cuadro en carne propia me dio una perspectiva radicalmente distinta. La erotomanía o los estados delirantes centrados en el afecto no son fallas morales ni "ganas de llamar la atención". Son señales de alerta de la psique que colapsa ante la necesidad de sentido, la soledad o un desequilibrio neuroquímico de fondo.
Si sentís que estás atrapada en un bucle similar o ves a alguien cercano atravesarlo, es clave tener en cuenta:
- La confrontación dura no funciona: Intentar "desmentir" el delirio a la fuerza suele generar más resistencia. Lo fundamental es acudir a profesionales de la salud mental (psiquiatría y psicología) para evaluar si hay un cuadro de base (como un episodio maníaco o un trastorno del estado de ánimo) que requiera abordaje farmacológico y terapéutico.
- Desconectar los estimulantes visuales: Las redes sociales y los algoritmos actúan como sesgos de confirmación constantes. El ayuno digital es un paso obligatorio para bajar la rumiación.
- Diferenciar necesidad de conexión: Comprender que la obsesión muchas veces no habla del otro, sino del vacío o del trauma propio que estamos intentando llenar a través de esa figura fantaseada.
En una época donde la hiperconectividad hace que todo parezca una señal, el verdadero desafío está en aprender a distinguir entre una conexión real y una necesidad emocional no resuelta.
A veces no nos enamoramos de la persona que tenemos enfrente, sino de la historia que construimos alrededor suyo para no contactar con el vacío. Y aprender a bajar a tierra esa fantasía —pidiendo ayuda cuando la mente se nos va de las manos— es el primer paso para sanar y volver a construir vínculos reales.
Carla Galiano Sexóloga, sex coach y activista neurodivergente. Educadora perinatal.
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