• HISTORIAS

Llegó de Italia, no hablaba español: ahora es presidenta de la Academia Nacional de la Educación

Emigró de Italia a los 17 años, se dedicó a la docencia y ahora es la presidenta de una de las instituciones de educación más prestigiosas de Argentina.


Nacida en Italia, Paola Delbosco es doctora en Filosofía y docente con más de 40 años de experiencia.

Nacida en Italia, Paola Delbosco es doctora en Filosofía y docente con más de 40 años de experiencia.



Nacida en Italia, Paola Delbosco es doctora en filosofía y docente con más de 40 años de experiencia. Su larga carrera y su creencia en el poder de la enseñanza hicieron que este año fuera elegida como presidenta de la Academia Nacional de la Educación. En una entrevista con OHLALÁ! nos cuenta sobre su historia, el reconocimiento a su trayectoria y los desafíos a los que se enfrenta la educación argentina. 

Naciste en Italia y viniste a Argentina cuando tenías 17 años, ¿por qué emigraste? ¿Cómo viviste este cambio?

No viene por voluntad propia, a mi papá lo nombraron agregado aeronáutico de la embajada italiana en Argentina, así que junto con él viajamos mi mamá, yo y mis hermanos. Nosotros no sabíamos una palabra de español. Al principio nos quedamos en un hotel y fue el portero quien nos recomendó a una profesora. Ella nos enseñó el idioma, aprendimos a hablarlo en dos meses, pero nos seguimos viendo y fue una amistad lindísima que duró hasta que ella falleció a los 92 años. 

¿Por qué elegiste ser docente? ¿Es algo que siempre soñaste hacer o que fuiste descubriendo?

Cuando elegí estudiar filosofía lo hice por amor al saber, que es lo que la palabra “filosofía” significa. Lo que me interesaba era el conocimiento, no pensé en cuál iba a ser la salida laboral. Lo que hice fue seguir lo que mi familia me enseñó: “Hagan algo que les guste mucho y háganlo bien“.

Empecé a enseñar en la facultad como ayudante de trabajos prácticos, ahí vi que tenía condiciones para la docencia. También di clases en secundario durante 15 años, ese fue otro tipo de trabajo, menos intenso a nivel intelectual, pero que requería mucho a nivel humano. En el libro que escribí sobre educación la mayoría de las anécdotas son de ese periodo. Los criterios educativos, pautas y la capacidad de acompañamiento, eso lo aprendí muy poco en el profesorado y mucho con los chicos de carne y hueso. Sinceramente me enseñaron un montón, así que les tengo una gratitud enorme.

¿Podrías contarme un poco más sobre lo que aprendiste de tus estudiantes? ¿Qué enseñanzas te quedaron grabadas?

La primera es que cada chico y chica tiene derecho a existir ante la mirada del docente. Uno habla del grupo, pero en realidad son personas que tienen su propia historia. Aprendí que yo tenía que tener una estrategia para que ellos supieran que existían para mí y que estaba a su disposición.

Todo esto surgió porque una vez corregí un trabajo de un chico y en la devolución le escribí que me había asombrado la calidad de sus comentarios. Él me miró fijo y me dijo: “¿Sabe por qué la sorprendí? Porque yo para usted no existo.” Eso me dolió mucho. En el viaje a casa me quedé pensando y me di cuenta de que, como él no pertenecía ni al grupo de los brillantes que siempre participan ni a los revoltosos, pasaba desapercibido. Por la autenticidad de su protesta me di cuenta de que él merecía que yo le prestara atención, no solo a él sino a cada uno de mis alumnos. Eso cambió mi manera de aproximarme a los estudiantes, incluso ahora que solo doy clases en la universidad lo aplico. 

Al momento de pararte frente a una clase, ¿qué sentís que es clave tener presente?

Si no me late el corazón fuerte en ese momento, es decir, si no siento una emoción significa que me estoy mecanizando. Cuando la clase es repetir tal cosa con tal ejemplo y tal esquema en el pizarrón, esa clase en cierto sentido está muerta. Si no se da esta conexión al principio es muy difícil que despierte interés en los estudiantes.

"Para las nuevas generaciones nosotros deberíamos ser ejemplo de justicia, generosidad y gratitud" nos cuenta Paola Delbosco

"Para las nuevas generaciones nosotros deberíamos ser ejemplo de justicia, generosidad y gratitud" nos cuenta Paola Delbosco

Te nombraron presidente de la Academia Nacional de Educación: ¿cómo fue el momento en que te ofrecieron el puesto? ¿Qué significa esto para vos?

La comisión directiva me lo ofreció y yo les contesté que no me veía en ese rol. Les dije que aceptaba si era un puesto de trabajo entre pares. Mi función es solo coordinar y proponer actividades porque estoy con académicos con mucha trayectoria, incluso algunos de ellos fueron ministros de educación y rectores de universidades prestigiosas. Trato de llenar el puesto de la mejor manera posible siempre apoyándome en los demás. Me gusta pensar que tanto yo como la comisión directiva y los otros académicos y académicas vamos a poder aportar.

En cuanto a qué significa para mi, lo veo como un reconocimiento a mi creencia en la educación. También sentí que se acortaron las distancias entre mi vida previa en Italia y la de acá. Tengo muchos más años de vida en Argentina que en Europa, pero mi condición de italiana la sigo teniendo, ¿no? Ese reconocimiento lo sentí también por lo que traigo de allá. 

Me encantaría conocer cuáles crees que son hoy los mayores desafíos de la educación, ¿en dónde pensás que todavía hay mucho trabajo por delante?

Son muchos. Uno es encontrar el balance entre la empatía y la exigencia. Es muy complicado porque, por un lado, hay toda una corriente que dice que no se pueden juzgar a los estudiantes que no aprenden. Sin embargo, para tener resultados de buena calidad tiene que haber una cuota de exigencia. El desafío de los docentes hoy es entender la situación de cada alumno, acompañarlo y al mismo tiempo exigirle. 

Otro reto es que los institutos y las universidades que forman educadores son muy dispares. Estás instituciones tienen que tener los recursos tecnológicos y humanos para que la gente quiera aprender y crecer en su profesión.

 

Me imagino que no hay una fórmula mágica para solucionar estos problemas, en tu opinión, ¿cuál tendría que ser el primer paso para mejorar la situación?

Los docentes pueden transformar un lugar marginado en uno de excelencia. Hace un tiempo conocí a un profesor en Salta que daba clases de física fuera del horario escolar. Con su entrega y conocimiento logró que sus estudiantes se enamorasen de la ciencia. Muchos de ellos incluso continuaron sus estudios en instituciones prestigiosas como lo es el Instituto Balseiro. ¿Cómo se consiguen estos resultados? en el aula tiene que suceder algo personal, no se puede dar clases en automático. Obviamente involucrarse cansa más, pero también es más satisfactorio. 

Al mismo tiempo, los y las docentes tienen que saber que son importantes para la sociedad y eso tiene que estar reflejado en su sueldo. Si no se les paga bien les damos el mensaje de que su trabajo no es valorado.  

¿Hay alguna reflexión que te gustaría compartir con las lectoras de OHLALÁ!?

Todas las personas adultas, sean docentes o no, educan. Para las nuevas generaciones nosotros deberíamos ser ejemplo de justicia, generosidad y gratitud. Si tomamos esta tarea en serio, probablemente nos demos cuenta que hay conductas que necesitamos cambiar y así estaremos construyendo entre todos un mundo mejor.

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