Hay niños que parecen sentir todo un poco más. El ruido de un cumpleaños puede resultarles agotador, un cambio de planes puede desorganizarlos, una pelea en el colegio puede acompañarlos durante horas y un comentario que para otro pasaría inadvertido puede afectarlos profundamente.
Muchas veces los adultos los describimos como “intensos”, “tímidos”, “difíciles”, “dramáticos” o, simplemente, “demasiado sensibles”.
Pero ¿qué pasa si detrás de esas conductas hay otra manera de procesar lo que sucede alrededor?
La alta sensibilidad no es un diagnóstico ni un trastorno. Es un rasgo temperamental innato conocido como Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS), estudiado desde la década del 90 por la psicóloga estadounidense Elaine Aron. Se estima que está presente en alrededor del 15% al 20% de la población.
Cuando hablamos de niños, se los conoce como Niños Altamente Sensibles (NAS). Suelen procesar profundamente lo que viven, registrar detalles muy sutiles del ambiente, experimentar las emociones con intensidad y sobreestimularse con mayor facilidad.
Y saberlo puede cambiar bastante nuestra manera de criarlos.
Cuando no es capricho, sino sobreestimulación
Una salida familiar, un cumpleaños, el colegio, una tarde con muchas actividades o incluso algo aparentemente tan sencillo como salir de casa pueden implicar una enorme cantidad de estímulos.
Para un niño altamente sensible, ese volumen de información puede llegar a ser demasiado.
“No cambiamos al niño, transformamos el contexto”, explica Sigrid Dziwak, autora de Sensibles & Fuertes, su reciente libro sobre alta sensibilidad, que ya va por su segunda tirada. Psicóloga, ingeniera industrial y especialista en Personas Altamente Sensibles, cuenta con más de 20 años de experiencia en desarrollo humano y actualmente concentra buena parte de su trabajo en la crianza PAS.

Esta mirada propone un cambio bastante profundo: antes de preguntarnos solamente cómo lograr que un niño deje de reaccionar de determinada manera, intentar comprender qué puede estar sucediéndole.
Un berrinche después de un día larguísimo, la negativa a entrar a un lugar lleno de gente o la necesidad de aislarse después del colegio pueden ser leídos como mala conducta. Pero también pueden ser señales de que ese niño llegó a su límite de estímulos.
Entenderlo no significa que desaparezcan los límites. Significa poder intervenir sobre lo que está ocurriendo y no solamente sobre la conducta que vemos.
Validar la emoción no es habilitar cualquier conducta
Este es probablemente uno de los grandes malentendidos cuando hablamos de una crianza que busca validar las emociones: comprender no significa permitir todo.
En su trabajo sobre crianza PAS, Dziwak pone especialmente el foco en combinar conexión y estructura. Los niños altamente sensibles también necesitan límites claros, previsibilidad y adultos capaces de ocupar su rol.
La diferencia puede estar en cómo sostenemos esos límites.
¿Su “desobediencia” o mis expectativas frustradas?
Frente a una emoción intensa, el objetivo no es necesariamente conseguir que el niño deje de sentirla cuanto antes. Tampoco castigarlo por expresarla. El desafío es ayudarlo a atravesarla sin que eso implique habilitar cualquier conducta.
Podemos validar que esté furioso porque llegó la hora de irse del cumpleaños y, al mismo tiempo, sostener que efectivamente nos vamos. Podemos entender que no quiera bañarse sin transformar cada noche en una negociación infinita.
La emoción es válida. El límite sigue existiendo.
Antes de regularse solos, necesitan que los ayudemos a regularse
“Calmate” probablemente sea una de las frases que menos efecto tiene sobre alguien que está completamente desbordado.
Durante la infancia, la regulación emocional se construye en relación con otros. Por eso, en la crianza PAS, lo central es que el adulto pueda trabajar sobre su propia regulación. Un niño en pleno desborde, con un cerebro todavía en maduración, difícilmente pueda seguir una indicación como “respirá” o “calmate”. Lo que sí puede hacer es apoyarse en la calma de un adulto regulado, que funcione como punto de referencia hasta que él mismo pueda volver a encontrarla.
En un niño que registra los estímulos con especial intensidad, anticiparnos también puede ser una herramienta enorme.
Contarle cómo será un lugar nuevo, avisarle con tiempo que una actividad está por terminar, contemplar momentos de descanso después de situaciones muy estimulantes o simplemente reconocer cuáles son los ambientes que suelen saturarlo puede evitar muchos conflictos que, vistos únicamente desde afuera, parecen surgir “de la nada”.
No se trata de construirle un mundo sin frustraciones. Se trata de darle herramientas para poder atravesarlas.
¿Y si dejamos de intentar que sea “menos sensible”?
Quizás uno de los desafíos más grandes aparezca en nuestras propias expectativas.
Queremos que se adapte rápido. Que salude. Que no llore tanto. Que no se tome todo personalmente. Que pueda quedarse en ese cumpleaños como los demás. Que algo “no sea para tanto”.
Pero para ese niño quizá sí lo sea.
La sensibilidad tiene, además, otra cara. Las investigaciones sobre susceptibilidad diferencial de Michael Pluess y Jay Belsky muestran que las personas más sensibles pueden verse particularmente afectadas por ambientes adversos, pero también beneficiarse especialmente de contextos positivos.
Esto modifica la pregunta.
En lugar de pensar únicamente “¿cómo hago para que esto no le afecte tanto?”, podemos preguntarnos: ¿qué necesita este niño para aprender a convivir con una sensibilidad que forma parte de quién es?
“La sensibilidad no es debilidad. Es una brújula afiladísima cuando aprendemos a interpretarla”, sostiene Dziwak.
Algunas claves para acompañar a un niño altamente sensible
Observar antes de etiquetar puede ser el primer paso. Si un comportamiento se repite, vale la pena mirar qué ocurrió antes: cuánto durmió, cuántos estímulos atravesó, si hubo cambios inesperados o si viene sosteniendo un esfuerzo importante de adaptación.
También ayuda anticipar las transiciones. Para algunos niños, pasar abruptamente de una actividad a otra puede resultar especialmente difícil. Avisar qué va a ocurrir y darles un margen para prepararse puede hacer una gran diferencia.
Otro punto importante es ofrecer momentos de menor estimulación. Después de muchas horas de colegio, actividades o encuentros sociales, no todos necesitan seguir haciendo cosas.
Y, sobre todo, intentar no convertir la sensibilidad en una etiqueta negativa. Frases como “todo te molesta”, “siempre exagerás” o “tenés que hacerte más fuerte” pueden instalar la idea de que hay algo equivocado en su manera de sentir.
Un hogar que no busca endurecerlos
Dziwak conoce el tema desde distintos lugares. Es psicóloga, ingeniera industrial, coach PCC, especialista en Sensibilidad de Procesamiento Sensorial y también madre. En Sensibles & Fuertes | Criar Niños Altamente Sensibles en un Mundo Implacable, aborda situaciones concretas de la vida familiar: regulación emocional, límites, sueño, resiliencia, comunicación y la construcción del hogar como refugio.
Su propia experiencia también atraviesa su trabajo: cuenta que la maternidad modificó profundamente su manera de interpretar algunas situaciones familiares y la llevó a revisar patrones de crianza.
Quizás ahí aparezca una de las ideas más interesantes de la crianza PAS: la fortaleza no necesariamente consiste en sentir menos.

Un niño sensible no necesita que eliminemos cada obstáculo de su camino. Pero tampoco necesita ser expuesto deliberadamente a situaciones que lo desbordan para que “se acostumbre”.
Necesita adultos capaces de reconocer su sensibilidad, ofrecer estructura, enseñar herramientas y acompañarlo progresivamente a conocer sus propios límites.
Porque tal vez criar a un niño sensible no consista en prepararlo para que el mundo deje de afectarlo, sino en ayudarlo a entender qué hacer con todo eso que percibe y siente.
Y ahí, aquello que durante años pudo haber sido leído como una debilidad puede empezar a convertirse en una fortaleza.
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