Ornella Benedetti, psicóloga: "La vida del otro siempre parece mejor”

Por qué nos comparamos con los demás y sentimos que todos avanzan menos nosotros. Qué hay detrás de la envidia, las redes sociales y ese calendario interno que marca cuándo deberíamos alcanzar cada meta.

Por Ornella Benedetti

12 de agosto de 2026, 11:00

mujer mira el celular
Ornella Benedetti, psicóloga: "La vida del otro siempre parece mejor” - Getty

Hay una escena que se repite todos los días, aunque muchas veces ni la registramos. Abrimos el celular y, en pocos minutos, alguien anuncia un embarazo, otro consigue el trabajo que buscaba, una pareja se compromete, una amiga se va de viaje, alguien publica un libro o se muda. Otros entrenan todos los días, comen saludable, meditan, leen, se levantan a las cinco de la mañana y parecen llegar a todo. Cerramos la aplicación y sin saber muy bien por qué, sentimos que nuestra vida quedó un poco más atrás.

No siempre es envidia. O, mejor dicho, no únicamente envidia. También aparece la sensación de que mientras todos avanzan, uno permanece en el mismo lugar. Pero las redes sociales no inventaron la comparación: la potenciaron. Compararnos es algo profundamente humano. Miramos al otro para ubicarnos, para saber dónde estamos, qué queremos, qué nos falta. El problema empieza cuando dejamos de mirar al otro y empezamos a medirnos con él.

Entonces, el logro ajeno deja de ser solamente una buena noticia. Se transforma en una pregunta sobre nuestra propia vida. Si alguien se casa ¿por qué yo no? Si alguien crece profesionalmente, ¿por qué a mí me cuesta tanto? Si otro llega primero, ¿significa que yo estoy llegando tarde?

Porque no nos comparamos solo con lo que el otro tiene, también nos comparamos con el momento en que lo consiguió:el otro llegó, yo no”. Vivimos con una especie de calendario interno que nadie escribió y que, sin embargo, pareciera que todos conocemos: a qué edad habría que estar en pareja, cuándo tener hijos, cuándo crecer profesionalmente, hasta cuándo se puede cambiar de rumbo sin sentir que llegamos tarde. Ese calendario no lo elegimos, lo heredamos de mandatos sociales que, aunque hayan cambiado con el tiempo, siguen teniendo peso. Terminamos usándolo para medir nuestra propia vida, como si todos estuviéramos rindiendo el mismo examen y algunos ya hubieran terminado mientras nosotros todavía seguimos respondiendo.

La envidia nos incomoda y nadie quiere reconocerse en ella. Preferimos decir que admiramos, que nos inspira, que nos alegra. Y muchas veces es verdad. Pero también puede suceder que la alegría por el otro conviva con una tristeza propia.

En el consultorio la envidia casi nunca llega con su nombre. Llega disfrazada de cansancio, de desgano, de una tristeza que aparece después y en otro lado. Una paciente me contó que se había enterado del embarazo de una amiga, que la abrazó, que se alegró de verdad, y que después, en el colectivo, sin entender bien por qué, se puso a llorar. No lloraba por el embarazo de su amiga. Lloraba por una pregunta que esa noticia le hizo sin querer, una que ella venía esquivando hacía meses.

La envidia no siempre habla de querer quitarle algo a alguien. A veces señala un deseo que todavía no pudimos nombrar. Algo que vemos en el otro y que nos enfrenta con lo que nosotros también queremos, aunque nos cueste admitirlo.

Los celos son de tres, la envidia es de dos. En los celos alguien “nos saca” algo que era nuestro, hay un tercero que se interpone sea real o solo mental. En la envidia, en cambio, se monta una escena de dos.  Suele haber algo que nunca tuvimos y que el otro exhibe sin proponérselo. Por eso duele distinto, y por eso es más difícil de registrar.                 

Las redes potencian este mecanismo porque muestran resultados y esconden procesos. Vemos el ascenso, pero no los años de incertidumbre. Vemos la pareja, pero no las discusiones. Vemos el viaje, pero no las renuncias que hubo detrás. Terminamos comparando nuestra vida completa con fragmentos cuidadosamente elegidos de la vida ajena.

Y en esa comparación siempre quedamos en desventaja. Porque conocemos demasiado bien nuestras dudas, nuestros tiempos, nuestras contradicciones. Del otro, en cambio, vemos apenas una escena.

Tal vez la pregunta no sea cómo dejar de compararnos, sino qué podemos hacer con aquello que la comparación despierta. Porque a veces lo que molesta del otro no es exactamente lo que tiene, sino lo que eso viene a recordarnos sobre nosotros.

 ¿Querés profundizar sobre este tema?

En este episodio de Mejor Hablar conversamos sobre la envidia, la comparación y esa sensación tan frecuente de que la vida de los demás siempre parece ir mejor que la propia.

Podés escucharlo acá:

Ornella Benedetti

Ornella Benedetti Es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y psicoanalista, especializada en vínculos, fenómenos psicosomáticos y trastornos de ansiedad.