Durante gran parte del día nos movemos entre dos espacios: nuestra casa y el trabajo. Cada uno tiene sus rutinas, sus responsabilidades y también una versión de nosotros que aparece cuando estamos ahí. Pero necesitamos otros lugares en los que podamos estar sin tener que ocupar permanentemente esos roles.
En 1989, el sociólogo Ray Oldenburg llamó “tercer lugar” a esos espacios que están fuera de casa, nuestro primer lugar, y del trabajo, el segundo. Puede ser un café, una plaza, un parque, una biblioteca, el gimnasio o cualquier otro espacio cotidiano al que vamos para encontrarnos con otros, pasar un rato o simplemente salir de nuestra rutina.
Durante buena parte del día hacemos cosas porque tenemos que hacerlas: trabajamos, respondemos mensajes, cumplimos horarios, resolvemos problemas, hacemos compras, ordenamos la casa. Este tercer lugar nos da la posibilidad de estar por un rato sin que cada minuto tenga que tener un objetivo o un resultado, y eso oxigena nuestra mente.
Esto se hace importante en una época en la que hasta el descanso parece tener que ser productivo. Queremos aprovechar el fin de semana, hacer actividad física, leer, ver amigos, terminar una serie y descansar. Llenamos el tiempo libre de objetivos y después nos frustramos porque tampoco llegamos a cumplirlos. Necesitamos esos espacios que no estén organizados alrededor de todo lo que tenemos que hacer.
Los terceros lugares también son importantes para nuestros vínculos. No todas las relaciones se construyen a partir de conversaciones profundas o encuentros planificados. Saludar a alguien que vemos siempre en el mismo café, cruzarnos con las mismas personas en el club o reconocer caras conocidas en una plaza también genera familiaridad y cierta sensación de pertenencia.
El crecimiento del home office hizo todavía más necesario pensar en estos espacios. Antes, ir a trabajar nos hacía salir de casa, trasladarnos, cruzarnos con personas y pasar de un ambiente a otro. Hoy alguien puede levantarse, trabajar ocho horas, comer, descansar y terminar el día sin haber salido de su casa.
Cuando trabajamos desde casa, el primer y el segundo lugar se mezclan. La misma mesa puede servir para desayunar, trabajar, almorzar y después mirar una serie. Cerramos la computadora, pero seguimos exactamente en el lugar en el que estuvimos durante toda la jornada. Si además vivimos solos, puede pasar que durante uno o varios días gran parte del contacto con otras personas quede reducido a una pantalla.
Salir de casa, entonces, cumple una función que va más allá de “despejarnos”. Cambiar de ambiente ayuda a marcar el final de una actividad, nos pone en contacto con otros estímulos y nos permite recuperar espacios que no estén relacionados con nuestras obligaciones.
Hoy podemos trabajar, comprar, estudiar, hacer trámites, entretenernos y hablar con nuestros amigos sin salir. Esa comodidad nos resolvió muchas cosas, pero también hizo que tengamos menos motivos para encontrarnos físicamente con otros y habitar espacios compartidos.

Tener un tercer lugar no quiere decir que vamos a agregar una nueva obligación a la semana. Se trata de encontrar algún espacio fuera de casa y del trabajo donde podamos cambiar de ambiente, encontrarnos con otros o simplemente pasar un rato sin estar pendientes de producir, cumplir o resolver algo.
Una pregunta que vale la pena hacernos es cuál es nuestro tercer lugar y, si no tenemos ninguno, cuánto espacio estamos dejando en nuestra vida para simplemente estar.
Flavio Calvo Doctor en Psicología (MN: 66869), autor y conferencista. Docente universitario en grado y posgrado en Argentina, Ecuador chile, Paraguay, Perú y España.



