Pasada la mitad de este año tan bisagra de lo que fue y lo que va a ser nuestra calidad de vida a partir de la pandemia, nos proponemos darle una vuelta más a cómo somos a la hora de transformarnos. Nos propusimos pensar cómo nos impactan las crisis y quiénes queremos ser frente a la oportunidad de un cambio.
A veces, encontramos desacuerdos entre la Generación X, los millennials y centennials en cuanto al significado de palabras como “esfuerzo”, “compromiso”, “paciencia”, “frustración”, “sacrificio”. Palabras que son inherentes a cualquier proceso de adaptación al cambio, ¿no? Pero esta diferencia de significados genera brechas en el universo laboral, intrafamiliar y escolar. Incluso, genera una brecha en nosotras mismas: entre cómo fuimos educadas, las expectativas que se pusieron en nosotras y la exigencia contemporánea que caracteriza a nuestra generación. Un “al que madruga Dios lo ayuda” versus el “sé fiel a tus deseos, ser feliz es tu decisión”. Un “sangre sudor y lágrimas” versus “tené calma y respirá”. ¡Que confusión tenemos a veces! Si honramos a nuestros padres, nuestros pares quizá nos tildarán de workaholics o de permanecer en una relación desgastada. Y si somos fieles a la época en que nos toca vivir, nuestro superyó nos llenará de culpa. ¿Entonces qué hacemos? Esta propuesta de aplicar la teoría antifrágil nos acerca a algún lugar en el medio de estos dos polos. Pero primero entendamos de qué se trata.
¿Qué es ser antifrágil?
La teoría de la antifragilidad fue desarrollada por el ensayista e investigador Nassim Nicholas Taleb en su libro Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden, publicado en el año 2012. Taleb sostiene que solo podemos evolucionar a partir de animarnos a atravesar momentos de crisis. De habitar la tempestad en pos de salir fortalecidos con recursos nuevos y mejor preparados para la vida misma, que se compone de altibajos. El autor presenta a un sujeto “frágil” que se daña cuando hay desorden o estrés, a un sujeto “resiliente” que sale inafectado de la crisis y a un último tipo llamado “antifrágil”, cuya diferencia es que provoca la incomodidad porque entiende que se beneficia de ese estrés. Estas distinciones, en 2012, representaron un cambio de significado para la forma en que solíamos usar la palabra “frágil”. Porque la usábamos para describir a algo delicado, que requiere una mayor atención y ser tratado con suavidad. Y “resiliente” para alguien que salía fortalecido de una circunstancia negativa. Por eso, el antifrágil viene a patear el tablero para luego ordenarlo mejor.
La propuesta del antifrágil nos resulta interesante, porque crecimos mirando Disney, creyendo que todo tiene un happy end, y después nos encontramos con la infidelidad, con parejas conflictivas, con trabajos tediosos o con una jefa insoportable. Miramos por Instagram el lado lindo de la historia y después nos chocamos con la infertilidad, con la soledad, con el aburrimiento. Somos de la generación que con un clic soluciona la incertidumbre, que con muchos likes se siente valorada, somos también los hijos de Google, que nos brinda todas las respuestas rápidas. Pero acá están las buenas noticias: ¡la vida no es Disney! Y qué bendición que así sea. Por eso, ¿qué tal si aprovecháramos las malas rachas de la vida para volvernos mejores, más conectadas, más presentes, más enfocadas, más asertivas?

Ilustración de Juliana Vido.
El arte de ser palmera
Las palmeras sobreviven huracanes, tormentas, vientos fortísimos. ¿Por qué? Hay tres características distintivas que tiene una palmera: sus raíces son profundas y robustas; su tronco entrelazado y elástico absorbe agua y se dobla hasta 60 grados sin romperse, y sus hojas flexibles en forma de pluma permiten dejar pasar el viento.
Ya quisiéramos que nuestros vínculos fueran sólidos como sus raíces, nuestra capacidad de aprender tan elástica y absorbente como su tronco y nuestra flexibilidad para adaptarnos al cambio tan desarrollada como sus hojas, ¿no? Pero ser palmera puede ser un proceso de construcción personal. Una transformación de víctimas que se rompen y que no pueden con lo que les toca afrontar hacia tu antifrágil, tu versión palmera.
Hagamos un ejercicio simple. Pensá y contestate esta pregunta: ¿cuál fue la última “tormenta” de vida que pasaste? ¿Ya vino a tu mente? Ahora seguí indagando ahí: ¿cuál fue tu reacción? ¿Huíste? ¿Aprendiste algo de esa vivencia? ¿O te la bancaste a pesar de que terminaste rota en algún aspecto de tu vida? Ya sea una de todas esas opciones ¡o todas esas juntas!, podés construir un lugar antifrágil dentro de vos. Hacia ahí vamos.
Pequeña guía para lograrlo
- Dejá de ser “hija”... un poco.
- Abrazá también lo que apesta de la vida.
- Merecimiento vs. preparación.

Ilustración de Juliana Vido.
- Exponete a la tormenta, a los vientos.
- Ampliá tu tolerancia a la frustración.
- Aguantate no gustar todo el tiempo.
- Construí flexibilidad: la nueva fortaleza.

Ilustración de Juliana Vido.
- Volvé a vos, siempre.
- Tu vulnerabilidad es un superpoder.
Experta consultada. Lic. Inés Dates. Nuestra psico. @ines.dates.viviendo.
Denise Muchnik Especialista en liderazgo, facilitadora de espacios de cambio y crecimiento personal y organizacional. Es Coach Ontológico, Máster en Coaching Organizacional, Facilitadora de Programación Neurolinguistica.











