Cada cuatro años ocurre algo particular. Durante algunas semanas, el Mundial parece estar en todas partes. Mejor dicho, no parece, ¡está!
Se habla de fútbol en la oficina, en los grupos de WhatsApp, en reuniones familiares y en las redes sociales. Se comentan partidos, se hacen pronósticos, se celebran goles y se comparten decepciones. Incluso las vidrieras se visten de los más variados diseños mundialistas…
Lo que me parece importante destacar de este fenómeno, y que considero hermoso, es que hay algo que hoy nos resulta completamente natural: millones de mujeres participan de esas conversaciones.
Miran partidos, siguen estadísticas, opinan, discuten jugadas y viven el Mundial con la misma pasión que cualquier otra persona. Incluso relatoras, comentaristas y periodistas mujeres con voces muy instaladas.
Sin embargo, no hace tanto tiempo eso no era tan habitual.
Mucho más que fútbol
Lo que me resulta especialmente interesante no es el fútbol en sí.
Lo interesante es lo que este cambio nos muestra.
Durante décadas existieron actividades que parecían tener dueño. Espacios que, explícita o implícitamente, estaban asociados a los hombres.
El fútbol era uno de ellos.
El entrenamiento de fuerza era otro.
También lo eran determinados trabajos, posiciones de liderazgo, deportes o decisiones vinculadas a la independencia económica y personal.
Con el tiempo, muchas de esas fronteras comenzaron a correrse.
No porque las mujeres tuvieran que demostrar algo. Simplemente porque empezaron a ocupar espacios que antes parecían no haber sido pensados para ellas.
Lo que pasó en los gimnasios
Algo parecido ocurrió con el entrenamiento de fuerza.
Durante mucho tiempo, muchas mujeres crecieron escuchando que debían elegir actividades suaves, delicadas o a lo sumo darle duro al cardio.
La fuerza parecía pertenecer a otro universo.
Hoy sabemos algo muy diferente.
La evidencia muestra que el entrenamiento de fuerza es una de las herramientas más valiosas para la salud femenina. Ayuda a preservar masa muscular, fortalecer huesos, mejorar la sensibilidad a la insulina, sostener la autonomía física y favorecer la calidad de vida a medida que pasan los años.
Pero quizás el cambio más interesante no sea fisiológico.
Quizás sea cultural.
Cada vez más mujeres entrenan fuerza porque descubrieron lo que su cuerpo puede hacer, no solamente cómo puede verse.
Cuando las posibilidades se amplían
Las transformaciones culturales suelen ser silenciosas.
No ocurren de un día para otro ni suelen anunciarse con grandes titulares. Simplemente, un día nos damos cuenta de que algo que antes parecía excepcional ahora resulta habitual.
Hace algunas décadas, una mujer que siguiera el fútbol con pasión, o incluso que lo juara, podía ser vista como una excepción. También lo era una mujer que entrenara fuerza, practicara determinados deportes o eligiera caminos que se alejaban de lo esperado.
Hoy esas escenas forman parte de la vida cotidiana.
Y aunque todavía existen estereotipos y prejuicios, hay algo que cambió profundamente: las posibilidades disponibles para las mujeres son más amplias que antes.
No porque todas tengamos que hacer las mismas cosas.
Sino porque cada vez existen más caminos posibles para construir una vida propia.
Lo que vemos en otras también nos transforma
Hay algo interesante que ocurre cuando vemos a otras mujeres ocupando espacios que antes parecían lejanos.
Se amplía nuestra idea de lo posible.
Las referencias importan.
Importan las deportistas que llegan a lo más alto. Importan las mujeres que lideran organizaciones. Importan las que se reinventan a los 50 o a los 60. Importan las que empiezan a entrenar fuerza sin haber tocado una mancuerna en toda su vida.
Porque cada una de esas historias envía un mensaje poderoso: siempre existen nuevas formas de crecer, aprender y descubrir capacidades que quizás todavía no conocemos.
Muchas veces el cambio no empieza cuando nos sentimos preparadas.
Empieza cuando vemos que otra persona se animó primero.
Elegir también es bienestar
Cuando pensamos en bienestar solemos pensar en alimentación, movimiento, descanso o salud.
Y sin dudas son pilares fundamentales.
Pero el bienestar también incluye algo más difícil de medir: la posibilidad de elegir.
Elegir qué nos gusta.
Elegir qué nos interesa.
Elegir qué queremos aprender.
Elegir qué espacios queremos ocupar.
Hay algo profundamente saludable en ampliar nuestras posibilidades.
En permitirnos probar cosas nuevas.
En descubrir capacidades que quizás nunca habíamos explorado.
Las nuevas generaciones ya lo viven de otra manera
Hoy muchas chicas crecen viendo mujeres que juegan al fútbol, levantan pesas, lideran empresas, ocupan espacios de decisión y construyen proyectos propios.
Y aunque todavía quedan desafíos por delante, el paisaje es diferente al de hace algunas décadas.
Los modelos son más diversos.
Las opciones son más amplias.
Y eso también influye en la manera en que imaginamos nuestro futuro.
Porque cuando vemos más posibilidades, también podemos imaginarnos a nosotras mismas transitando caminos que antes ni siquiera considerábamos.
Historias de libertad
A simple vista, el Mundial y el entrenamiento de fuerza parecen no tener nada en común.
Pero ambos cuentan una historia parecida.
La historia de mujeres que fueron ampliando sus márgenes de elección.
Mujeres que dejaron de preguntarse si algo estaba pensado para ellas y comenzaron a preguntarse si les interesaba.
Porque quizás el cambio más importante no sea que haya más mujeres mirando fútbol o entrenando fuerza.
Quizás el cambio más importante sea que cada vez más mujeres sienten que pueden elegir por sí mismas lo que las apasiona, lo que las desafía y cómo quieren vivir.
Y esa libertad también forma parte del bienestar.
Andrea Ritzer Es psicóloga y especialista en movimiento y bienestar.













