Hay algo que cambia cuando cultivamos por primera vez un alimento. Puede ser un tomate en un balcón, unas hojas de rúcula o un poco de albahaca en una maceta. De repente, eso que siempre vimos terminado en un comercio empieza a tener una historia.
Porque cuando hacemos una huerta entendemos que la comida no aparece: se produce. Que una semilla tarda meses en convertirse en alimento, que necesita suelo, agua, sol, cuidados y también algo de suerte. Que hay estaciones, tiempos y límites que no siempre coinciden con nuestros deseos.
Y esa experiencia, por pequeña que sea, puede cambiar profundamente nuestra manera de comer.
Volver a entender de dónde viene la comida

Vivimos bastante desconectados del origen de nuestros alimentos. Podemos comprar tomates en invierno, frutillas casi todo el año o verduras que recorrieron cientos de kilómetros antes de llegar a nuestro plato.
La huerta vuelve visible todo ese proceso.
Cuando cultivás tomates entendés por qué son un alimento de verano. Cuando esperás meses para cosechar una zanahoria, dimensionás el tiempo que hay detrás de algo que en la verdulería compramos en minutos. Y cuando una planta no prospera por falta de agua, exceso de calor o una plaga, entendés también que producir alimentos nunca está completamente bajo nuestro control.
No hace falta producir todo lo que comemos (algo imposible para la mayoría de quienes vivimos en ciudades), a veces alcanza con cultivar una pequeña parte para empezar a mirar distinto el resto.
También cambia lo que consideramos “perfecto”

La huerta además desarma bastante rápido nuestra idea estética de los alimentos.
Una zanahoria puede salir torcida, un tomate puede tener una cicatriz, una frutilla puede tener una forma diferente; y nada de eso significa que ese alimento sea peor.
Cuando cultivamos empezamos a entender hasta qué punto nos acostumbramos a elegir frutas y verduras por su apariencia: todas del mismo tamaño, color y forma.
La naturaleza, en cambio, produce diversidad, y de hecho en la diversidad está la fortaleza misma de la naturaleza, lo que garantiza la supervivencia de las especies.
Tal vez una de las cosas más interesantes de acercarnos nuevamente a ella sea recuperar cierta tolerancia a lo “imperfecto”.

Empezamos a comer según la estación
La huerta también nos devuelve algo que en el mercado fue borrando: la temporalidad.
Hay momentos de tomates y momentos de espárragos. Hay meses de mucha abundancia y otros en los que parece que no pasa nada.
Cultivar nos obliga a esperar.
Y esa espera hace que una frutilla, un melón, un tomate o una arveja recién cosechada vuelvan a tener algo de extraordinario. No siempre están disponibles. Llegan en determinado momento, los disfrutamos y después desaparecen hasta la próxima temporada… los estamos esperando, así como esperamos los colores del otoño o el rebrote de las flores en primavera.
Tal vez parte de recuperar el sabor de los alimentos tenga que ver también con recuperar esa espera.
Cultivar no significa ser autosuficientes

A veces imaginamos la huerta como una forma de producir nuestra propia comida. Pero para mí su mayor valor no está necesariamente en cuánto cosechamos.
Una maceta de tomates difícilmente alimente a una familia durante todo el verano. Pero puede enseñarnos muchísimo sobre cómo se produce un tomate.
Y ese conocimiento después se traslada a nuestras decisiones cotidianas: empezamos a mirar qué está de estación, de dónde viene lo que compramos, quién lo produjo, cuánto viajó o qué variedades estamos consumiendo.
La huerta no necesariamente nos vuelve autosuficientes. Nos vuelve más conscientes.

Ese es también uno de los motivos por los que escribí Huerta Urbana. Más que enseñar solamente a sembrar o cosechar, me interesaba acercar nuevamente esos procesos a quienes vivimos en ciudades y muchas veces crecimos lejos de ellos.
Porque cultivar alimentos no es solamente producir comida.
Es volver a entenderla.
Y quizás, después de haber esperado meses para cosechar nuestro primer tomate, nunca volvamos a mirar uno de la misma manera.
Florencia Gallino Es fundadora y directora de Sitopia, un proyecto dedicado a acercar la naturaleza a la vida urbana a través de huertas, jardines y educación ambiental. Es autora del libro Huerta Urbana (El Ateneo)



