Hay mañanas en las que un niño llega a la escuela con los ojos abiertos, pero con su cerebro totalmente dormido: le cuesta prestar atención, se distrae, está irritable, se mueve constantemente. Muchas veces interpretamos estas conductas como falta de interés, mala conducta o poca voluntad, pero puede estar ocurriendo otra cosa: no durmió lo suficiente.
Desde las neurociencias sabemos que el sueño no es un período pasivo. Mientras dormimos, el cerebro continúa trabajando y así consolida aprendizajes, organiza información, participa en procesos de memoria y favorece la recuperación del organismo.
En la infancia, en particular, el cerebro se encuentra en pleno desarrollo y es el momento de la vida que tiene mayor plasticidad neuronal.
En el país, el turno mañana de la secundaria comienza, en promedio, a las 7.31, y el 83 por ciento de las escuelas lo hace antes de las 8, según el “Mapa Nacional de Horarios de Inicio Escolar Nivel Secundario”. ¿Por qué esto puede ser inconveniente?
De acuerdo con una revisión científica de la Universidad César Vallejo (Perú), el cerebro necesita dormir para favorecer los procesos cognitivos necesarios para aprender bien y las alteraciones del sueño pueden repercutir sobre el funcionamiento diurno.

Por eso, cuando un niño debe despertarse demasiado temprano y acumula horas insuficientes de sueño, el impacto no necesariamente aparece como sueño evidente. Puede manifestarse como dificultad para concentrarse, menor atención sostenida, problemas de memoria, irritabilidad, impulsividad o dificultades para regular las emociones.
El cansancio infantil, además, tiene una característica que puede confundirnos: un niño con sueño no siempre parece cansado. A veces se muestra inquieto, hiperactivo, sensible o desafiante, como si el cerebro intentara compensar la disminución del nivel de alerta aumentando la actividad.
Hay consecuencias directas en el aprendizaje, ya que, para comprender una explicación, necesitamos mantener la atención; para resolver una consigna, necesitamos memoria de trabajo; para aprender algo nuevo, necesitamos tener la capacidad de relacionarlo con conocimientos previos; y para conservarlo, necesitamos consolidarlo. El sueño participa en este complejo proceso.
Por eso, antes de decir “este chico no presta atención”, quizás deberíamos preguntarnos cuántas horas está durmiendo.
Cómo cambia el reloj biológico en los adolescentes

En la etapa adolescente, es todavía más difícil porque aparece un retraso en el reloj biológico: se produce un cambio en el sistema circadiano. La señal biológica que favorece el inicio del sueño aparece más tarde y muchos adolescentes naturalmente sienten sueño en un horario nocturno más avanzado. Las pantallas, las redes sociales y los malos hábitos también influyen.
Sin embargo, existe una particular modificación biológica y aparece el conflicto entre el reloj interno y el reloj escolar.
Un adolescente puede necesitar dormir más tarde y, al mismo tiempo, tener que levantarse a las seis (o un poco más tarde) para entrar a la escuela a las siete y media. El resultado puede impactar en un déficit crónico de sueño y en el denominado jet lag social: vivir durante la semana escolar en un horario que no coincide con el reloj biológico.
La comunidad científica internacional sostiene que durante la adolescencia ocurre un retraso natural del ritmo circadiano impulsado por una liberación tardía de melatonina. Esto impide que los jóvenes se duerman temprano, por lo que los madrugones tradicionales provocan privación crónica de sueño y afectan el desarrollo de la corteza prefrontal.
De acuerdo con los datos de Sleep Medicine Reviews, una revisión científica publicada en 2024, en los adolescentes existe una relación evidente entre los horarios más tardíos, mayor duración del sueño y menor desajuste entre el reloj biológico y la escuela.
Entonces, ¿las escuelas deberían comenzar a las 10 de la mañana? La ciencia todavía no establece cuál debería ser el mejor horario, pero sí cuenta con evidencia que demuestra que los horarios excesivamente tempranos pueden ser perjudiciales, especialmente durante la adolescencia, y que retrasar el inicio permite dormir más y acercar la jornada escolar al funcionamiento biológico del estudiante.
En la actualidad, países como Finlandia, Canadá, Dinamarca y el estado de California (EUA.) han retrasado sus horarios escolares entre las 8:30 y las 9:45 de la mañana, basados explícitamente en las neurociencias y la maduración cerebral.
Mientras tanto, tenemos el desafío de modificar las rutinas que podemos controlar: descansar en un horario regular, reducir las pantallas durante la noche, realizar actividad física y exponerse a la luz natural durante el día.
Cuando hay sueño, el cerebro no está disponible para aprender
Cuidar el sueño de nuestros niños y adolescentes también es una forma de cuidar su salud mental. No se trata solamente de modificar un horario escolar, sino de revisar qué condiciones estamos ofreciendo para que una nueva generación pueda crecer, aprender y desarrollarse con bienestar.
La educación del futuro no debería pensar únicamente en cuánto contenido puede incorporar un estudiante, sino también en qué necesita su cerebro para estar disponible para aprender. Escuchar los ritmos biológicos, respetar el descanso y repensar horarios que obligan a madrugar en exceso no es una concesión: es una decisión de salud, de prevención y de cuidado.
Enseñar que descansar no es perder el tiempo, que cuidar el cerebro es cuidar la vida y que el bienestar también forma parte de la educación es invertir en su presente y su futuro.
Karina Carreño Doctora en Psicología PhD con mención en Sistémica, Cognitiva y Neurociencias. También es sexóloga y perito forense.


