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"La llegada fue muy dura": es argentina y, durante tres años, vivió con su familia en Nigeria

Junto a su familia migraron a Lagos y nos cuenta cómo es vivir allá: desde lo más impactante, hasta sus aprendizajes y los desafíos qué atravesó


Es argentina y vivió en el país africano por tres años junto a su familia

Es argentina y vivió en el país africano por tres años junto a su familia - Créditos: Foto gentileza



Su primer destino como ex patriada fue Dubai, en 2009. Magnánima ciudad de los Emiratos Árabes que se erige sobre un desierto donde todo parece ser tocado con una varita mágica: Rascacielos infinitos, construcciones de ensueño, opulencia y entretenimiento 24/7, envuelto en un calor abrazador.

Rochi Platz viajó junto a su marido, Emiliano, por un traslado laboral de él. Ahí nació Isabella, la primera de sus dos hijas. Vivieron tres años allá y después volvieron a la Argentina. Pero en 2017, una nueva posibilidad de expatriación tocó su puerta.

Armaron diez valijas con lo que creían necesario para pasar los tres años en el nuevo país, cerraron su casa con todo adentro y partieron en una nueva aventura. “Esta vez ya éramos cuatro. ¡Perdón! Seis si contamos a nuestros perritos; porque si nos vamos... ¡nos vamos todos! Nuestro destino era Nigeria... muy diferente a la experiencia que habíamos tenido antes".

Rochi y su marido investigaron sobre Lagos que, además de ser la ciudad más grande de Nigeria, tiene la vida de las clásicas urbes portuarias pero con la particularidad de que conviven la riqueza y la pobreza sin medias tintas. “La llegada fue muy dura. Y aunque nos imaginábamos cómo era Lagos, pisar el lugar nos terminó de dar ese cachetazo de realidad. Esta vez no sabíamos si nos íbamos a bancar esta vez la aventura de la expatriación.”, recuerda Rochi.

"La llegada fue muy dura. Y aunque nos imaginábamos cómo era Lagos, pisar el lugar nos terminó de dar ese cachetazo de realidad. Esta vez no sabíamos si nos íbamos a bancar esta vez la aventura de la expatriación"

Rochi Platz

Rochi con su familia durante la mudanza

Rochi con su familia durante la mudanza - Créditos: Foto gentileza

Armando una casa

En los primeros meses tras su desembarco, Rochi se dedicó armar su casa y acompañar a sus dos hijas en la adaptación. “La empresa donde trabaja Emiliano siempre nos da a elegir si querés mudarte con tus cosas o preferís equipar tu casa de cero. Elegimos la segunda opción. Pero confieso que, en ese momento, me arrepentí de la elección. Pero allí estaba y tenía que solucionar el tema. Poco a poco, la casa fue tomando forma y color. El departamento, con lo poco que teníamos para elegir allí, había quedado a nuestro gusto”, señala.

Su casa, se convirtió en su refugio: “Pasábamos mucho tiempo adentro de casa porqueque no hay casi opciones para poder salir. Vivíamos en un complejo de dos cuadras de edificios. Para ir al colegio, farmacia, oficina o supermercado, teníamos que salir de ahí. Atravesar tres barreras de seguridad y partir a la dura realidad de la ciudad africana”.

Construir nuevas rutinas

Una de las hijas de Rochi en el colegio al que fue en Nigeria

Una de las hijas de Rochi en el colegio al que fue en Nigeria - Créditos: Foto gentileza

El ejercicio diario de salir de su casa, ese lugar de confort donde todo funcionaba, se transformó en una aventura. “Palpar día a día la ciudad fue lo más duro, pero lo más maravilloso a la vez. Teníamos un auto con chófer disponible para la familia porque, por seguridad y el tema de los secuestros, ninguno de los dos podía manejar. Cuando no estás acostumbrado, es una sensación fea y extraña, después pasa a ser parte de tus días”, recuerda.

Expatriarse con niños

Isabella y Selena eran muy chiquitas en el momento en que miraron; tenían 3 y 5 años: “Las nenas iban a un colegio americano. Sele, que era muy chiquita, se adaptó rapidísimo. A Isa, le costó unos meses más por el idioma. Pero los nenes son esponjas aprendiendo cada cosa, se adaptan más rápido que nosotros y, como siempre terminamos aprendiendo de ellos”. La experiencia de que sus hijas estudiaran en Nigeria, para Rochi como madre, fue inigualable.

“En la escuela asistían chicos de todas partes del mundo. Locales y expatriados. Era hermoso ver a toda esa diversidad de historias y recorridos. Todos chicos jugando felices. Ni la mejor foto de Benetton creo que pudo lograr tanto. Fue un pasaje súper positivo”, rememora.

Como toda madre, Rochi estableció una rutina con sus hijas. “Vivíamos a 7 km de la escuela, pero el tráfico en Lagos es caótico así que generalmente tardábamos 45 minutos en llegar. Por la tarde, íbamos a la pileta de natación del complejo o al parquecito de chicos, todo en este mismo lugar. Esa era nuestra rutina. Antes del atardecer ya entrábamos a casa porque era una hora peligrosa para los mosquitos. La malaria era nuestro peor miedo y enemigo”.

La malaria es una enfermedad que no tiene vacuna y en Nigeria es endémica. Solo existe la prevención. “No nos exponíamos ni al atardecer y ni a la noche. Vivíamos aplicándonos repelente todo el tiempo. Era nuestro perfume diario”, explica entre risas. Entre algunos desafíos, justamente era el sistema de salud no acorde a las necesidades. “Teníamos tiquetes de avión disponibles al país más cercano en caso de enfermedad. Pero nos daba mucha intranquilidad. Hasta nos daban un kit de viaje por si estábamos en un país de vacaciones. Consistía en termómetro. Punch para sacar sangre, test y medicación”, relata.

Las hijas de Rochi recorriendo Lagos

Las hijas de Rochi recorriendo Lagos - Créditos: Foto gentileza

Migrar y sembrar vínculos

En Nigeria, son pocos los expatriados los que nos animamos a esa exótica aventura. “Muchos traslados son solo de la persona que va a trabajar y la familia se queda en su país. Para que te des una idea, en ese momento, argentinos éramos cinco adultos y tres chicos en Lagos. Increíble”.

En ese momento, Rochi encontró una comunidad latina que les abrió los brazos. “Mi salvación fue mi amiga Sandra. Que, gracias a Nigeria, tuve el placer de conocer. Vivía en el edificio vecino. Fue mi compañera de emociones, regateos y mercados donde pocos y casi nadie se anima o les gusta ir. Nos hicimos muy compinches con ella y su marido”, dice.

Para la familia, la gran salida era ir a una playa divina que quedaba a una hora y media de donde vivían. “Corríamos con un par de desventajas (por eso no podíamos disfrutarla todos los fines de semana), como tener la obligación de ir con custodia, un auto con gente armada detrás del nuestro y debíamos volver antes del atardecer por seguridad”.

Como todo en la vida es una balanza, Rochi asegura que “Lo más increíble fue convivir con su cultura. Más allá de la parte negativa; te das cuenta que, para disfrutar la vida solo es una cuestión de actitud. Que la felicidad tiene que ver con reírse, con dar lo que no tenés por el otro, bailar y cantar como si fuese tu último día. Volvería a repetir una y mil veces más vivir en distintos países. Hasta te diría algunos extremos o exóticos. En tanto, lo más triste fue ver todo el tiempo pobreza extrema. Podés ayudar. Pero el sistema sigue y seguirá siendo el mismo. Ojalá me equivoque”.

Cuando le preguntamos, qué aprendió de toda esta vivencia, Rochi destaca: “Me llevé valorar más la vida, lo simple. Aunque confieso que con Emiliano somos así siempre y en cualquier lugar. Esta experiencia reforzó ese concepto y creo que uno inconscientemente pasa esos valores a sus hijos; ni hablar que las nenas tuvieron la oportunidad de vivirlo y eso valoramos un montón”, concluye

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