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Cuando el autocuidado también se vuelve una exigencia

Cada vez más mujeres viven el autocuidado con culpa y exigencia. Cómo recuperar una forma más amable y real de cuidarse, lejos de los mandatos de perfección.


Cuando el autocuidado también se vuelve una exigencia

Cuando el autocuidado también se vuelve una exigencia - Créditos: Getty



Tomar más agua.
Mover el cuerpo.
Comer más proteína.
Bajar el estrés.
Meditar.
Respirar.
Tener una rutina de skincare.
Leer.
Desconectar del celular.
Regular el cortisol.
Hacer journaling.
Descansar más.

En teoría, todo eso debería ayudarnos a sentirnos mejor. Y, sin embargo, muchas mujeres viven el autocuidado con la misma presión con la que viven el trabajo, la maternidad, la pareja o las responsabilidades diarias: sintiendo que nunca alcanzan.

Porque el problema no es cuidarse. El problema aparece cuando incluso el bienestar se convierte en otra lista de cosas que “deberíamos” estar haciendo bien.

 

Y entonces aparece una escena cada vez más común: mujeres agotadas intentando cuidarse de manera perfecta.

Mujeres que sienten culpa por no entrenar.
Por no cocinar más saludable.
Por no descansar mejor.
Por no sostener hábitos.
Por no tener energía.
Por no meditar.
Por no poder “ordenarse”.

Como si vivir bien se hubiera transformado en un nuevo estándar imposible de alcanzar.

Durante mucho tiempo, el autocuidado apareció como una respuesta necesaria a vidas llenas de exigencia y desconexión. Y eso tiene muchísimo valor. Empezamos a hablar más del cuerpo, del descanso, de la salud mental, del estrés y de los límites.

Pero, en el camino, pasó algo más: el bienestar también empezó a llenarse de mandatos.

Hoy no alcanza con trabajar, sostener vínculos, llegar a todo y resolver problemas. Además, pareciera que tenemos que hacerlo estando equilibradas, descansadas, entrenadas, emocionalmente reguladas y tomando agua de una botella térmica divina.

Y aunque muchas de esas herramientas realmente pueden ayudarnos, hay algo importante para revisar: no todo lo que parece saludable nos cuida de verdad en este momento de nuestra vida.

 

Porque, a veces, salir a caminar te hace bien. Y, a veces, lo que necesitás es dormir una hora más.

A veces cocinar algo nutritivo es una forma amorosa de cuidarte. Y, a veces, pedir comida también lo es.

A veces entrenar te devuelve energía. Y, otras veces, insistir con una rutina que ya no podés sostener solo suma más frustración.

El problema es que vivimos en una época en la que incluso el descanso parece tener objetivos de rendimiento. Dormimos para ser más productivas. Meditamos para “funcionar mejor”. Entrenamos para corregir el cuerpo. Intentamos relajarnos… haciendo esfuerzo.

Y el cuerpo siente esa presión.

La siente cuando todo se transforma en control. Cuando cada decisión parece una evaluación. Cuando cuidarte deja de sentirse como un alivio y empieza a vivirse como otra exigencia más.

Especialmente en etapas como la perimenopausia y la menopausia, donde muchas mujeres descubren que las fórmulas que antes les funcionaban ya no alcanzan. El cuerpo cambia. La energía cambia. La tolerancia al estrés cambia.

Y seguir exigiéndose igual solo genera más cansancio, más enojo y más desconexión.

Por eso, tal vez el verdadero autocuidado no empiece preguntándote qué más deberías hacer.

Tal vez empiece por algo mucho más simple —y mucho más incómodo—: ¿qué necesito de verdad hoy?

No lo que deberías necesitar.
No lo que hace otra persona.
No lo que queda lindo en redes.
No lo que “tendrías” que estar sosteniendo.

Vos.

Porque cuidarte no debería sentirse como otra prueba que tenés que aprobar. Debería ayudarte a vivir un poco más en paz dentro de tu propia vida.

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