Siempre quise escribir un libro. No era un sueño que apareció de grande. Estaba ahí desde que tengo memoria. Escribía cuentos en la máquina de escribir de mi abuela, participaba de concursos de escritura, imaginaba que algún día iba a entrar a una librería y encontrar un libro con mi nombre en la tapa. Y un día pasó.
Lo curioso es que la felicidad no tuvo tanto que ver con el libro. Tuvo que ver con otra cosa: con mirar para atrás y pensar: al final, sí pude.
Creo que muchos de los sueños que tenemos cuando somos chicos no son solamente metas. Son la primera historia que nos contamos sobre quiénes queremos llegar a ser. Y cuando logramos cumplir alguno de esos sueños muchos años después, no estamos celebrando únicamente el resultado. También estamos confirmándole a esa versión nuestra que lo soñaba que no estaba tan equivocada.
Hay algo muy emocionante en descubrir que ese deseo sobrevivió al tiempo, a los miedos, a las dudas y a todas las veces que estuvimos a punto de abandonarlo.
Pero también descubrí otra cosa: cumplir un sueño no siempre se siente como pensamos.

Durante años estamos convencidos de que, cuando llegue ese momento, vamos a sentirnos completos. Como si finalmente todo encajara. Y la realidad suele ser bastante distinta. Hay felicidad, sí. Muchísima. Pero también aparece una sensación extraña, difícil de explicar. Porque durante años viviste caminando hacia una montaña y un día llegás a la cima. Entonces aparece una pregunta inesperada: ¿y ahora qué?
No porque el sueño no haya valido la pena. Todo lo contrario. Sino porque nuestra cabeza necesita volver a encontrar una dirección. Necesita un nuevo horizonte.

La importancia de celebrar
Hay algo que hacemos muy poco: frenar.
Escucho muchas historias de personas que pasan años trabajando por un objetivo y que, cuando finalmente lo consiguen, casi no se permiten disfrutarlo. Enseguida aparece la próxima lista de pendientes. El próximo desafío. La próxima meta. Vivimos con la sensación de que nunca alcanza. Y creo que, en ese apuro, perdemos una parte fundamental del camino.
Celebrar no es quedarse viviendo del logro. Tampoco es conformarse. Es darle tiempo a nuestra cabeza para integrar lo que pasó. Para registrar el recorrido. Para tomar dimensión de todo lo que hizo falta para llegar hasta ahí.
No hablo de grandes festejos. Hablo de ese momento íntimo en el que uno puede mirar hacia atrás y reconocer el camino. Pensar en todas las veces que quiso abandonar. En los miedos. En los desvíos. En los años de trabajo silencioso que nadie vio.
Ese reconocimiento interno suele ser mucho más duradero que cualquier aplauso. Porque los aplausos terminan. La relación que construimos con nosotros mismos, no.
Hace unas semanas sostuve por primera vez mi libro entre las manos. Y mientras lo miraba, no pensé solamente en el libro. Pensé en esa nena que escribía cuentos convencida de que algún día iba a ser escritora.
Y, por un instante, sentí que el tiempo se doblaba. Como si ella y yo, después de tantos años, por fin nos hubiéramos encontrado.
Para agendar: 13 de agosto a las 18.30 en el Ateneo Grand Splendid (Av. Santa Fe 1869), CABA, Marina Mammoliti firma su libro Frená tu cabeza. La entrada es libre y gratuita.
Marina Mammoliti Es licenciada en Psicología, divulgadora científica, creadora del podcast Psicología al Desnudo y autora del libro Frená tu cabeza (Grijalbo - Penguin Random House).
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