Cuando afuera está gris, hace frío y oscurece temprano, muchas veces nuestro cuerpo parece acompañar el clima. Tenemos menos energía, más ganas de quedarnos adentro y cualquier propuesta que implique levantarnos del sillón puede requerir una negociación interna bastante larga.
“Hoy no tengo ganas de entrenar.”
“Está horrible para salir.”
“Mañana hago algo.”
Nos pasa. Y tampoco se trata de luchar contra eso. Pero hay algo interesante que la neurociencia viene mostrando: no siempre necesitamos sentirnos bien para empezar a movernos. A veces necesitamos empezar a movernos para sentirnos un poco mejor.
El cerebro también siente los días grises

La luz natural tiene una relación directa con nuestro reloj biológico, el sueño, el nivel de alerta y distintos procesos vinculados con el estado de ánimo. Por eso, durante los meses de invierno, cuando hay menos horas de luz y además pasamos mucho más tiempo puertas adentro, podemos sentir cambios en nuestra energía y nuestras ganas de hacer cosas.
Y aparece una pequeña trampa cotidiana.
Está gris, tenemos menos energía, entonces nos movemos menos. Al movernos menos, también perdemos uno de los estímulos que pueden ayudarnos a sentirnos más activas.
Porque la actividad física no impacta solamente sobre músculos, huesos o sistema cardiovascular. También produce cambios en el cerebro.
Al movernos intervienen distintos neurotransmisores y mecanismos relacionados con el estado de ánimo, la motivación, el estrés y la sensación de bienestar. La actividad física también favorece la circulación cerebral y está asociada con procesos de neuroplasticidad: la capacidad que tiene nuestro cerebro de adaptarse y generar nuevas conexiones.
Dicho de una manera mucho más simple: cada vez que movemos el cuerpo, también estamos haciendo algo por nuestro cerebro.
No hace falta hacer “un entrenamiento”
Acá aparece quizás la parte más interesante.
Cuando pensamos en actividad física solemos imaginar una clase, una rutina completa, salir a correr o ir al gimnasio. Y si no tenemos tiempo —o ganas— para hacer todo eso, terminamos haciendo nada.
Pero entre una hora de entrenamiento y quedarse todo el día quieta existe un enorme territorio.
Caminar diez o quince minutos. Salir a comprar dando una vuelta un poco más larga. Hacer movilidad mientras escuchamos música. Subir algunas veces las escaleras. Bailar dos canciones. Estirar. Levantarnos del escritorio y movernos durante cinco minutos.
Parece poco. Pero poco no significa inútil.
Cada vez hay más interés científico en estudiar los efectos de pequeñas dosis de movimiento distribuidas a lo largo del día. Y aunque una caminata breve no reemplaza todos los beneficios de una rutina de actividad física sostenida, sí puede ser suficiente para interrumpir muchas horas de sedentarismo y generar cambios inmediatos en cómo nos sentimos.
Esperar las ganas puede ser una mala estrategia
Hay días en los que entrenar sale fácil. Nos levantamos con energía, tenemos tiempo y hasta disfrutamos prepararnos.
Y hay otros en los que todo cuesta.
El problema aparece cuando creemos que primero tiene que llegar la motivación y recién después podemos actuar.
Muchas veces sucede al revés.
Nos ponemos las zapatillas sin demasiadas ganas. Salimos. Caminamos unos minutos. Entramos en calor. Respiramos diferente. Cambiamos de escenario. Y cuando volvemos, probablemente el día siga estando igual de gris, pero nosotras ya no nos sentimos exactamente igual.
El movimiento también puede generar la energía que estábamos esperando tener para empezar.
En los días grises, bajá la exigencia
Tal vez un día frío y lluvioso no sea el momento para exigirnos nuestro mejor rendimiento. Y está bien.
Podemos cambiar la pregunta.
En lugar de pensar “¿voy a entrenar hoy?”, probar con:
¿Cómo puedo moverme un poco hoy?
La respuesta puede ser una rutina de fuerza. Pero también una caminata de veinte minutos, diez minutos de movilidad, algunas sentadillas mientras esperamos que se caliente el agua o poner nuestra canción favorita y movernos en el living.
El objetivo no es cumplir.
Es mantener abierta la puerta del movimiento.
Porque cuando entendemos que movernos no tiene que ser siempre intenso, largo ni perfecto, se vuelve mucho más fácil incorporarlo incluso en esos días en los que las ganas escasean.
Un poco también cuenta
Construir bienestar no depende solamente de lo que hacemos cuando estamos motivadas. También se construye con esas pequeñas decisiones que podemos sostener en los días comunes, los cansados y, por supuesto, los grises.
Quizás hoy no tengas ganas de entrenar.
No pasa nada.
Probá con diez minutos.
Después decidís si querés seguir.
A veces esos diez minutos terminan convirtiéndose en treinta. Y otras veces serán solamente diez.
Pero siguen contando.
Más info sobre Cómo entrenar en casa
Andrea Ritzer Es psicóloga y especialista en movimiento y bienestar.
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