A pedir ayuda se aprende. ¿Cuántas veces nos guardamos un mensaje en el que pedíamos un mate o un abrazo de alguien querido por miedo a molestar? Y seguimos adelante, y nos convencemos de que podemos arreglarnos solos.
La sociedad actual sobrevalora la capacidad de seguir adelante a cualquier costo, y confunde la idea de autonomía con hacer todo sin pedir ayuda: lo que se valora es ser independientes, resolver, adaptarse rápidamente a los conflictos, cumplir. Aprendemos que “ser fuertes” es resolver cualquier adversidad sin ayuda, y es un error. Hay evidencia científica que demuestra el efecto positivo de recibir ayuda.
Los investigadores Brooke C. Feeney y R. L. Trush observaron que, en las parejas, cuando uno de los dos enfrentaba una tarea nueva mientras el otro estaba disponible, sin interferir, alentando la exploración, las personas persistían por más tiempo en el objetivo y con un menor grado de preocupación. A su vez, quienes recibieron aliento tuvieron mejor desempeño, mayor entusiasmo y menor frustración. Es decir, contar con alguien disponible no parecía quitarles autonomía: podía ofrecer las condiciones para animarse a explorar y avanzar.
Aunque este estudio analiza el vínculo de pareja, se puede trasladar a otros vínculos: un amigo, un familiar o cualquier persona significativa puede ocupar un lugar de disponibilidad, confianza y apoyo desde el cual sentirse más seguros para salir a explorar.
Se puede ser autónomo, independiente y también recibir ayuda. Hay evidencia que demuestra que, cuando alguien tiene una persona de confianza disponible, se siente más seguro, y eso, a su vez, favorece nuestra autonomía. Un vínculo que funciona como una base segura puede permitirnos alejarnos, probar, decidir y luego retornar para avanzar con mayor libertad, sabiendo que cuando necesitemos regresar existe un lugar seguro.
Red de apoyo: no se trata de cantidad, sino de calidad de vínculos
En la Teoría del Apego, Bowlby explica que las experiencias tempranas con figuras significativas participan en la construcción de expectativas acerca de uno mismo y de los demás. Nos marcan qué podemos esperar de quienes nos rodean, si nuestras necesidades serán atendidas y si es posible recurrir a otro cuando necesitamos apoyo. Estas experiencias pueden formar representaciones que orientan posteriormente nuestras conductas y expectativas en los vínculos, aunque no necesariamente determinan para siempre nuestra manera de vincularnos en el mundo adulto. Las redes de apoyo son importantes durante toda la vida y no dependen de la cantidad de personas, sino de la calidad de vínculos que tengamos.
Por su parte, los investigadores Cook, Dezangré & De Mol analizaron cómo las personas que comparten sus necesidades cotidianas con otras adquieren una mejor calidad de vida al sentirse comprendidas y validadas.
Necesitar a alguien en un momento difícil no invalida los recursos que tenemos. Tampoco convierte en algo “menos valioso” aquello que podemos hacer por nosotros mismos. Porque podemos ser autónomos y, al mismo tiempo, necesitar momentos de compañía, orientación y cuidado.
Hay que dejar de pensar en la ayuda como si fuera una deuda. Los vínculos funcionan en la reciprocidad: hoy puedo necesitarte yo y mañana podés necesitarme vos. Pero todavía cuesta hablar y dejar de pensar en la red de apoyo como un listado de contactos de urgencia. ¿Cómo estamos construyendo nuestros vínculos cotidianos?
Cuando alguien nos cuenta que está mal, es común responder rápidamente que “todo va a estar bien” o que “hay que seguir adelante”. Pero antes de buscar una solución, quizás sea mejor preguntar qué necesita. O simplemente escucharlo, sin juzgar. Validar su sentimiento.
Acompañar no significa tener todas las respuestas. Es más sencillo: se trata de dejar la puerta abierta para conversar y hacerse compañía cuando aparezca el deseo.
María Natalia Piorno Es Licenciada en Psicología, recibida en la Universidad Nacional de San Luis. Está especializada en Niñez y Adolescencia. Realiza atención ónline, docencia e investigación.




