"Tengo ovario poliquístico, dejé de menstruar a los 15 años y así enfrenté mi miedo a no ser mamá"

A los 15 años dejé de menstruar y durante años conviví con el miedo a no poder ser mamá. El diagnóstico de ovario poliquístico me llevó a escuchar mi cuerpo, revisar mi historia familiar y descubrir una nueva vocación.

Por Agustina Migone

7 de septiembre de 2026, 12:20

Agustina Migone
"Tengo ovario poliquístico y hoy agradezco lo que aprendí sobre mi cuerpo y mi vocación" - Gentileza de la autora

Durante mucho tiempo sentí que mi cuerpo me estaba jugando en contra. Mientras crecía con el sueño de ser mamá, mis ovarios parecían contar otra historia: primero llegó una pubertad precoz y, años después, una ausencia de menstruación que se prolongó durante casi una década. Lo que comenzó como miedo e incertidumbre terminó convirtiéndose en un profundo aprendizaje sobre mi cuerpo, mi historia familiar y la vocación que quería construir. Hoy a esta recorrido lo cuento en @agustinamigone_

1. Un guardapolvo de verdad para un sueño intacto

Tengo 25 años y, aunque todavía no soy mamá, serlo siempre fue el anhelo más fuerte de mi vida. Para mí, la maternidad nunca fue una fantasía lejana, sino una certeza absoluta, un lugar al que siempre supe que quería llegar mucho antes de comprender el mundo de los adultos. Mientras otras nenas armaban castillos de princesas o jugaban con Barbies, yo me pasaba horas en el piso de mi habitación inventando rutinas para mis bebés de juguete.

Recuerdo especialmente a mi muñeco favorito: el bebé de Yoly Bell, que fue un furor en mi época. Para mí no era un simple juguete; era mi hijo. Le inventaba historias, horarios, gustos y hasta su carácter. Mi mamá fue mi gran cómplice en esta aventura: me acompañaba a comprarle ropita, pañales y mantitas diminutas, enseñándome con su amor y paciencia que soñar en grande estaba bien y que jugar a ser mamá era, en esencia, un profundo acto de amor.

 Ese deseo de cuidar y enseñar también se manifestaba cuando jugaba a ser maestra jardinera. Me gustaba tanto que la directora del jardín, al notar mi pasión, me regaló un guardapolvo de verdad hecho a mi medida. Era mi mayor tesoro; me lo ponía con un orgullo inmenso. Incluso en un Día de la Primavera, para vencer mi timidez de disfrazarme, mi mamá me sugirió ir vestida de maestra: "Así nadie te va a reconocer". Claro que todas las maestras quedaron maravilladas al verme con mi guardapolvo blanco, mi carpetita y mi seriedad en miniatura. En ese entonces, yo no sentía que me estaba disfrazando; estaba siendo, por un rato, lo que con toda mi alma soñaba ser. Ese deseo de cuidar, de enseñar y de acompañar creció conmigo.

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Agus a los 13 años en su lugfar soñado, Miramar. - Gentileza de la autora

 2. Miramar, ojotas con arena y un silencio de ocho años

Mi desarrollo biológico llegó de manera muy precoz, a los 9 años, un día de agosto bajo una lluvia torrencial. En una de las consultas de control por pubertad precoz, mi pediatra me dibujó en una hoja todo el proceso reproductivo explicándome con paciencia que mi cuerpo, técnicamente, ya podía embarazarse. Yo era tan chica que al salir le pregunté a mi mamá con total inocencia: “¿Pero, mamá... yo estoy embarazada?”. Hoy lo recordamos con risas, pero en ese momento marcaba el inicio de una relación compleja con mi propia ciclicidad.

 A los 15 años, el escenario cambió por completo. Mientras mis amigas empezaban a menstruar con regularidad y a quejarse de los cólicos o de tener que comprar toallitas, mi ciclo simplemente desapareció. Recuerdo con una claridad incómoda la dolorosa rutina de ir al baño con la ilusión de encontrar una señal secreta en mi cuerpo que me confirmara que estaba bien, sintiendo una presión sorda en el bajo vientre, para luego encontrarme con un absoluto vacío. Ese "nada" pesaba muchísimo. No menstruar empezó a sentirse como un error de fábrica, como si estuviera mal diseñada y nadie supiera explicarme qué pasaba.

A los 16/17 años, durante unas vacaciones familiares en mi lugar favorito, Miramar, la angustia acumulada desbordó. Estábamos esperando el ascensor para ir a la playa, con el calor del verano y las ojotas llenas de arena, cuando junté fuerzas y le solté a mi mamá: “No sé, ma… No me parece normal estar seis meses sin menstruar”. Su amor de siempre me sostuvo, pero las respuestas médicas que siguieron durante años fueron frías, rápidas y burocráticas: “Es normal”, “Tomá pastillas y vemos”, “Es por estrés”.

 Los anticonceptivos prometían un "reseteo" de ovarios, una solución rápida que tapaba el síntoma pero me desestabilizaba hormonalmente, sumergiéndome en un sube y baja emocional constante. Mi desolación tocó fondo una madrugada, a las dos de la mañana, cuando buscando hashtags en Instagram como #SOP y #Amenorrea, leí por primera vez la palabra que más temía: infertilidad. Sentí un nudo helado en el estómago y una profunda soledad. ¿Y si mi cuerpo no servía? ¿Y si todo el sueño de mi infancia se rompía ahí?

 “A los 15 años, la ausencia de mi menstruación pesaba más que cualquier dolor físico. Iba al baño buscando una respuesta, un alivio, y solo encontraba vacío. Mi cuerpo parecía haberse apagado.”

Agustina Migone
Agus a sus 16 años. - Gentileza de la autora

 3. El cuerpo hereda lo que el linaje calla

Fue en el espacio de terapia donde finalmente me atreví a soltar la pregunta que me carcomía por dentro: “¿Por qué justo ahí, en mis ovarios? ¿Por qué en lo único que de verdad deseo?” La respuesta no la encontré en los manuales de ginecología tradicionales, sino desandando la historia de las mujeres que me precedieron. Mi mamá terminó de revelarme un relato familiar que hasta entonces yo solo conocía como un dato aislado, pero que guardaba una fuerza brutal: la historia de mi abuela.

Mi abuela fue una guerrera monumental. Nació en circunstancias trágicas: a los seis meses de gestación, su madre interrumpió el embarazo mediante métodos salvajes que la lastimaron profundamente. El destino de mi abuela parecía sellado antes de nacer, pero Anita, la partera que estuvo allí, tomó la inmensa decisión de quedarse con ella, adoptarla y permitirle vivir. La vida de mi abuela estuvo plagada de maltrato, dureza, abusos y pobreza, pero su capacidad de resistencia fue infinita. Décadas más tarde, protagonizó una escena de película: se cruzaba constantemente en la portería del club con una mujer con la que charlaba amigablemente sin saber que era su madre biológica; ninguna de las dos sabía quién era la otra, ya que la madre estaba convencida de que su hija había muerto al nacer.

 Al escuchar todo esto, experimenté un impacto estremecedor. La coincidencia era desgarradora: el cuerpo de mi abuela había sido el escenario físico donde se impidió la vida y la gestación a los seis meses de embarazo, y generaciones después, mis propios ovarios apagaban silenciosamente mi capacidad de gestar. El trauma y el dolor no resueltos de mi linaje se habían manifestado físicamente en mí, esperando que alguien tuviera el coraje de mirarlos de frente. Entendí que mi diagnóstico no era un castigo divino ni una condena médica, sino una historia pendiente que finalmente encontraba en mí a alguien dispuesta a sostenerla, hablarla y sanarla. Yo venía a romper esa cadena de sufrimiento silencioso.

 4. Sentir, mirar y oler: el puente de la medicina tradicional a la nutrición integrativa

Sanar el linaje abrió el espacio emocional, pero el Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP), hoy SOMP, tiene un componente metabólico y hormonal sumamente real. En el año 2020, en plena pandemia, yo me encontraba cursando el CBC para la carrera de Medicina. Sin embargo, mientras estudiaba las patologías desde los libros de texto, mi propio cuerpo se convertía en un laboratorio vivo. Empecé a notar cómo modificando mi alimentación, sin recurrir a fármacos ni a parches como las pastillas anticonceptivas, mis síntomas metabólicos mejoraban visiblemente.

 Sentí una certeza interior inquebrantable y tomé una de las decisiones más difíciles y valientes de mi vida: dejar Medicina para estudiar Nutrición, cambiándome de facultad a inicios de 2023 con el único propósito de especializarme en SOMP para acompañar a otras mujeres. En esta decisión me guio una luz muy especial: el legado de mi abuelo médico. Aunque no llegué a verlo ejercer, la gente se emocionaba al escuchar mi apellido y me contaba historias hermosas de su entrega hacia los pacientes. Él solía repetir una máxima que se grabó a fuego en mi corazón: “Al paciente hay que sentirlo, olerlo y mirarlo”. De él heredé mi vocación de servicio absoluto.

Agustina Migone
Agus abraza a su abuela, la que tengo le enseñó con su historia de vida. - Gentileza de la autora

Con esa misma visión integrativa, encontré a una nutricionista con perspectiva inflamatoria y metabólica. Ahí entendí que el SOMP no es simplemente un problema de ovarios poliquísticos en una ecografía. Involucra al sistema nervioso, picos de glucemia, resistencia a la insulina e inflamación crónica de bajo grado. Mi cuerpo no estaba dañado: estaba tratando de adaptarse. Apliqué cambios con paciencia y amor propio: adopté una alimentación antiinflamatoria, rica en vegetales frescos, grasas saludables, antioxidantes y omega 3. Además, rediseñé por completo mi relación con el ejercicio. Solía correr de forma exigente creyendo que era saludable, lo que me dejaba completamente inflamada; al entender la fisiología del SOMP, cambié el cardio de alta intensidad por el entrenamiento de fuerza y caminatas suaves, algo que mi cuerpo agradeció desinflamándose de inmediato.

 5. El milagro cotidiano de volver a casa y alzar la voz

El resultado de este abordaje integrativo —uniendo la sanación emocional de mi árbol genealógico con el cuidado metabólico de mi cuerpo— se manifestó un día cualquiera de forma cotidiana y silenciosa: después de seis / ocho años de ausencia e incertidumbre, mi menstruación volvió de manera completamente natural. No hubo música de fondo, pero en mi interior el tiempo se detuvo. Sentí un orgullo inmenso, un alivio que recorrió cada rincón de mi ser. El cuerpo me susurraba: “Tranquila, estamos volviendo juntas”. Cuando se lo conté a mi mamá, me abrazó y lloró conmigo; ella sabía que ese ciclo recuperado era mucho más que sangre: era esperanza, una promesa cumplida de que mi sueño de ser mamá seguía latiendo con fuerza.

Hoy, que llevo ciclos estables y naturales, miro hacia atrás con infinita gratitud y puedo decir algo que antes me resultaba impensable: “gracias, bendito SOMP”. Gracias por ser la crisis que me obligó a despertar, a reencontrarme y a descubrir mi verdadera vocación. De esa transformación nació mi ebook "Me da miedo no ser mamá", el espacio donde volqué mis miedos, la historia de mi abuela y el camino que me permitió sanar desde la raíz.

Y de ahí también nació mi misión en Instagram. No comparto recetas mágicas ni dietas restrictivas; comparto mi historia para sacarle todo el polvo acumulado a un tema que estuvo guardado en el placard del silencio y de la vergüenza durante generaciones. Elijo alzar la voz para que empiece a conocerse el SOMP de verdad, para hacer ruido y crear una red invisible donde ninguna mujer con este diagnóstico vuelva a sentirse incompleta, sola o como un “error de fábrica”. Si mi linaje materno calló por dolor, a mí hoy me toca alzar la voz, gritar con orgullo nuestra sanación y recordarles a miles de mujeres que no están solas, que sus síntomas importan, que sus sueños importan, y que sus historias también pueden cambiar.

 

Agustina Migone

Agustina Migone Nutricionista. Regularicé mi ciclo menstrual con hábitos saludables. Escribí el libro digital “Me da miedo no ser mamá”.