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Día de la Memoria: la historia de la nena que jugaba en la ESMA

“Elegí la militancia de la verdad”, dice Andrea Krichmar que, de chica, vio a una mujer entrar atada y encapuchada en la ESMA. Su testimonio fue la clave para comprobar que ese era un centro clandestino de tortura.


El Museo Sitio de Memoria ESMA es un espacio para la memoria y la defensa de los derechos humanos.

El Museo Sitio de Memoria ESMA es un espacio para la memoria y la defensa de los derechos humanos.



Para un Falcon, se bajan dos militares con armas, abren una puerta y sacan del auto a una chica encapuchada y encadenada. Eso es lo que vio Andrea Krichmar a sus 11 años, mientras jugaba con su amiga Berenice Chamorro en lo que ella creía era el domicilio de su papá: la Escuela de Mecánica de la Armada.

Eran amigas, iban juntas a una escuela municipal. En la época previa al golpe, Berenice se fue a Estados Unidos dos años, porque su papá había viajado a recibir instrucción militar. Cuando volvió a Argentina, la familia se instaló en un departamento en Caballito, pero él vivía adentro de la ESMA, no se movía y sus hijos tenían que ir hasta allá para visitarlo. Por eso, una tarde, Berenice invitó a su amiga a jugar, era toda una aventura, como sucede cuando te invitan a una casa grande de fin de semana. En esa época, la familia de Andrea no tenía la más mínima idea de lo que estaba pasando, por eso la dejaban ir. Jamás pensaron que podía ser algo malo. Andrea nunca les contó lo que vio.

 

Algunos años después, esa nena ya adolescente, empezó a armar el rompecabezas y a entender que lo que había visto aquel día podía estar relacionado con los crímenes que decían que se habían cometido en la ESMA: “La imagen fue imborrable, la mujer bajó del auto y la llevaron hacia el sótano. Yo era muy chica y durante mucho tiempo no dije nada, pero cuando empezó a explotar todo y empezaron salir a la luz tantas desapariciones, tantas muertes, ya era imposible que siguiéramos creyendo que era mentira”, cuenta Andrea.

Tardó en ir a declarar, porque no se acordaba la fecha exacta y pensaba, a sus 18 años, que no iba a servir una declaración sin datos precisos. En ese tiempo, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), creada tras el regreso de la democracia, hacía mucha campaña en medios y te invitaba a acercarte, a participar, pedían testigos, pero Andrea estaba convencida de que lo suyo “no servía”.

Así estuvo un montón de tiempo, hasta que las casualidades hicieron lo suyo: pasó por la sede el último día que se podía declarar y entró. Ni bien pasó la puerta, se encontró con muchas madres, sintió todo muy en carne viva y la angustia la empezó a dominar.“Me dieron un número para que espere, pero era tan terrible estar ahí que decidí acercarme a la chica que me había atendido y le dije que lo que yo tenía para contar era muy chiquito y no sabía si podía servir. Le pedí, entonces, que me avisara si servía, porque si no, me quería ir”, recuerda.

Andrea Krichmar se animó a contar lo que había visto a sus 11 años en la ESMA.

Andrea Krichmar se animó a contar lo que había visto a sus 11 años en la ESMA.

 

“La chica subió por una escalerita y volvió con cuatro hombres. No me hicieron esperar nada, pasé directamente a una oficina con muchos escritorios, me senté y tenía a ocho personas a mi alrededor escuchando esto poco que yo venía a decir”.

Según cuenta, era el grupo de abogados que se ocupaba específicamente de la ESMA y le explicó que esta declaración les permitía justificar que allí funcionó un centro clandestino de detención, porque para la ley y la justicia los niños no mienten, son objetivos e irrefutables.

“Eso, que yo creía tan pequeño, le dio un marco enorme a la causa ESMA”, cuenta, todavía emocionada. Y agrega: “Lo que importaba era que una criatura, amiga de la familia, estuvo ahí y vio lo que vio. No hay manera, ningún abogado y ningún militar iba a poder tapar el sol con la mano. Yo me fui feliz de la vida, sintiendo que había aportado mi granito de arena”. Después, todo empezó a crecer. Durante años, muchas personas le agradecían y le decían que había sido muy valiente, pero ella decía que simplemente había hecho lo correcto.

 

“Quizás no tomé dimensión, porque hoy veo que los fiscales fueron intimidados y puedo entender lo inconsciente que fui al haberme mandado contra semejantes pesos pesados. Fui genuina, porque ni pensé. Mi familia estaba en contra, se pusieron muy paranoicos, pero yo creo que elegí una militancia, la militancia de la verdad, de escuchar a mi interior”, cuenta.

“No pude medir si estaba siendo valiente o no, simplemente me pareció que esa chica se merecía, por lo menos, que yo dijera que la vi. Cuando miré la película Argentina 1985 fue increíble, muy fuerte, porque es mi vida. En esa época yo era parte de la historia”, relata. Sin embargo, Andrea nunca pudo saber quién era la chica que vio y dice que eso fue una de las cosas que más le dolió. Cuando empezaron las marchas y pegaban las fotos en blanco y negro de todas las personas que faltaban, ella se paraba a mirarlas, a tratar de encontrar a esa mujer, mientras se le caían las lágrimas pensando si estaría viva o no.

Con Berenice, su amiga, tampoco pudo cerrar la historia. Cuando todo estaba por estallar, la familia Chamorro se fue a vivir a Sudáfrica y regresó años después, pero ella había tenido tantos cambios en la vida que ya no era la chica que Andrea había conocido.

“Hace un tiempo me enteré de que Berenice murió, pero siempre me quedó pendiente el saber qué pensó cuando supo lo que yo había hecho. Lo volvería a hacer mil veces, pero me hubiera gustado saber qué pensó de que yo haya ido en contra de su padre”, comenta Andrea.

“En su momento, sentí que, de alguna manera, la estaba lastimando haciendo esto, pero tuve que elegir y elegí defender a esa mujer”, agrega Andrea, quien hoy está muy orgullosa por haber ayudado y nos demuestra, con su historia, que cualquier cosa que podamos hacer, por más chiquita que pensemos que es, puede generar un gran impacto. Involucrarse, contar, no guardar nada, también es una forma de gritar #NuncaMás.

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