La incertidumbre es fea. Horrible. Pero si algo aprendí en mis más de 80 años, es que “feo” no equivale a “malo”. Así como desde chicas aprendimos que un remedio muy amargo podía hacernos bien, de grandes podemos entregarnos a procesos no muy agradables porque sabemos que va a ser bueno para nuestras vidas. En otras palabras: un feo abrazado no es tan feo.
En este momento de transformación –en el país, en el mundo, en lo personal–, la clave es no abandonarnos. La mente explora lo lejano: es su naturaleza. Fue hecha para dibujarnos escenarios posibles, pero incomprobables. Es muy mala para sentir lo presente. Por eso nos impacientamos cuando lo que se está transformando todavía no adquiere su forma.
Necesitamos mostrarle un camino que empieza por registrar lo valioso en cada momento, un recurso imprescindible al que no tenemos derecho a renunciar; observar qué nos va sucediendo y, luego, elegir una respuesta que cuide lo importante.
Sigamos presentes aun no pudiendo; construyamos una confianza en nosotras mismas y en la vida que nos rodea lo suficientemente fuerte como para poder entregarnos al no saber, al no poder.
¿Cómo te va transformando la vida; la que te va tocando y la que vas eligiendo?
De acompañarnos en los momentos inciertos nace nuestra fortaleza.
