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 • Opinión

Magnicidio: cómo reaccionamos frente a una situación de violencia

Ayer a la noche un hombre armado intento disparar a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sole Simond reflexiona sobre cuál es el impacto social de los actoa de violencia y cómo es -también- momento de mirar hacia dentro.


"La grita está".

"La grita está". - Créditos: Getty



¿Viste que la paradoja del dedito acusador? Uno señala, pero apunta tres contra nosotros mismos. Siempre me gustó esa metáfora como oportunidad de vernos profundamente frente a nuestras posiciones talibanas, que nos enfrentan frente a la falla de lo que creemos correcto, los valores que sentimos sólo nuestros. Sin embargo, la verdadera grieta surca profundo en nosotros mismos, por eso se manifiesta afuera.

Lo sabemos: lo que es adentro es afuera y viceversa. No es ni más ni menos que nuestra intolerancia frente a nuestras propias incongruencias. Dentro de cada ser humano conviven: el amor y el odio, la paz y el conflicto, la esperanza y la falta de fe, la generosidad y la mezquindad, la herida y la sanación… Somos todo a la vez, a veces en dosis más pequeñas, a veces regulamos la sombra con distintos artilugios de conciencia, sin embargo la violencia, el enojo, el miedo, la carencia esperan agazapados hasta que el contexto los justifiquen y los liberen.

Hoy me levanté pensando que es fácil ver la violencia afuera, pero que la verdadera transformación se va a da cuando seamos capaces de aceptarnos con nuestras mierdas, eso que preferimos que nadie vea, lo que guardamos debajo de la alfombra, lo que no se ve en Instagram. Cuando nos bajemos de los banquitos acusadores de “esto está bien” y “esto está mal”, “esto es verdad” y “esto es mentira”, cuando empecemos a dudar de si estamos en el “lugar correcto” de la vida, y nos animemos a mirarnos y perdonarnos. Sólo así el otro se convierte en un par. De esa manera podemos mirar al que piensa diferente sin sentir odio, simplemente abrazando sus propias complejidades.

El mundo nunca será de un 50% que se cree más sabio, o más honrado, o más bueno, sino de la humanidad entera que sepa que transitamos juntos el camino sinuoso que es liberarnos del dolor cotidiano, abrazar nuestras familias, sentir empatía por el hermano. ¿Para qué vinimos a este mundo si solo seguimos afianzando posiciones que ya teníamos? La diversidad nos invita a hackear nuestras propias certezas y arrodillarnos frente al misterio de lo que no entendemos. Las posiciones absolutas nos están matando, porque la violencia atrae violencia.

Y este viernes pienso en cómo la grieta estuvo siempre demasiado cerca, no se sana en debates políticos televisados, si no en una conciencia profunda y sincera de nuestros propios odios internos, de esta sensación constante y agotadora de que “no soy suficiente”. Eso es madurez, dejar de tirar la pelota afuera. Porque si no somos capaces de amar lo inmediato, lo más cercano, ¿cómo podemos amar a los otros?, ¿cómo vamos a crear el mundo que queremos?

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