Qué difícil es no caer en la trampa de compararnos, de echarnos la culpa de que estamos haciendo algo mal y de absorber opiniones no pedidas.
Pero lo que nadie cuenta es que en los primeros años de vida se desarrolla nuestro psiquismo, que continuará evolucionando a lo largo de nuestra vida. Por eso el contacto y el apego que recibimos durante la infancia nos influenciarán para siempre.
El desarrollo de la psiquis
En el ser humano el desarrollo del cerebro como órgano básico y la complejidad del sistema nervioso no son suficientes para un completo desarrollo de la psiquis. ¿Pero qué es exactamente la psiquis? Si bien es un concepto que se originó en la antigua Grecia con un significado amplio y metafísico, en la actualidad la psicología lo entiende como nuestra mente y personalidad.
La estimulación y la inserción en un sistema de relaciones sociales son fundamentales para su desarrollo. Este último punto es primordial para entender la evolución de la psiquis como un proceso en el que los hombres (entendiendo al ser humano como tal) nos organizamos, integramos y regulamos nuestro comportamiento e interacción con el medio.
La evolución de la psiquis no es lineal pero tampoco estática, estará en constante cambio a lo largo de nuestras vidas. No habrá un punto de llegada, un lugar en el que alcance un estado completo y acabado. Basta con tan solo observar las manifestaciones y formas de interactuar con lo que nos rodea en distintas etapas.
Desde el nacimiento, la psiquis tiene cambios y se complejiza, lo que le permite una interacción más afinada con el medio que lo rodea. Por eso, la ausencia de interacciones sociales vinculadas a la conducta afectiva suele dejar huellas serias y difíciles de borrar en la vida adulta.
Las conclusiones de Bowlby y el experimento de Harlow
Los paradigmas imperantes en la primera mitad del siglo XX en psicología apuntaban a la importancia del pecho y a las tendencias instintivas orales y de alimentación durante el primer año de vida. La hipótesis hasta ese entonces sostenía que la elección del objeto (en este caso el pecho de la madre) era impulsado por el hambre. Madres e hijos se involucraban en conductas afectivas gracias a la necesidad de estos últimos de ser alimentados.
En definitiva, se creía que el principal papel de las madres consistía en ser proveedoras de alimento.
Sin embargo, el psiquiatra y psicólogo John Bowlby y, más adelante, el psicólogo Harry Harlow, demostraron la importancia de proporcionar un lugar seguro, no solo de dar alimento, dándole un batacazo a las teorías freudianas previas. Comprobaron que el afecto y el apego son una necesidad fundamental en niños y niñas.
Bowlby se apoyó en una investigación encargada por la Organización Mundial de la Salud acerca de los niños y niñas separados de sus familias a causa de la Segunda Guerra Mundial, donde encontró indicios significativos de que los jóvenes que habían experimentado privación materna por vivir en orfanatos tendían a presentar retraso intelectual y problemas para gestionar tanto sus emociones como las situaciones en las que debían relacionarse con otras personas.

Años más tarde, Harlow realizó un experimento con monos, hoy considerado muy controvertido, para observar qué preferían los monos bebés. Les ofrecía dos alternativas: una estructura de alambre que sostenía un biberón con leche disponible y otra, también de alambre, pero recubierta de felpa y sin alimento.
La mayoría pasaba mucho más tiempo junto a la estructura de felpa, incluso cuando necesitaba alimentarse. El experimento mostró que el contacto, el confort y la sensación de seguridad tenían un papel fundamental en el desarrollo afectivo, más allá de la satisfacción de una necesidad básica como la alimentación.
El apego
“Usamos comúnmente la palabra apego como un sinónimo de amor o de afecto, para referirnos al lazo que nos une a alguien, incluso a algo. Pero en el marco de la teoría del apego el término se refiere a un vínculo muy particular, el que nos une solo a personas, muy cercanas y especiales. Solo unas pocas personas, aquellas especiales como los padres en la infancia, o la pareja o un amigo en la adultez, tienen la potencia única de figura de apego: dar seguridad, generar calma y la regulación emocional en los momentos de mucha intensidad, y habilitar nuestro mejor funcionamiento”, así lo define Inés di Bártolo en El apego.
No es un capricho y no lo estás malcriando

Cuando un bebé busca brazos, contacto, consuelo o la presencia de una persona conocida, está buscando seguridad. Y responder a esas necesidades es parte de la construcción del vínculo.
Sabemos que mantenerse sensibles y disponibles para intentar entender qué necesita un bebé en cada momento implica un enorme trabajo para quienes lo cuidan.
El apego requiere presencia física, pero también tiempo y disponibilidad emocional. Y no siempre es fácil. Entender a un bebé es, en muchos sentidos, aprender un nuevo idioma: uno que se construye de a poco, a través del llanto, las miradas, los gestos, el contacto y también de muchas pruebas y errores. Sobre todo de errores. No entendidos como fallas, sino como una parte fundamental del aprendizaje: equivocarse, volver a intentar, ajustar y, poco a poco, aprender a conocerse.
Pilar Fortes Pilar Fortes es médica pediatra especialista en terapia intensiva del Hospital Garrahan.


