
Vuelta a clases: el alivio que muchas madres sienten y casi no se animan a decir
Qué pasa emocionalmente el primer día de clases. Una mirada honesta sobre el alivio, la culpa y la exigencia que atraviesan muchas madres cuando los chicos vuelven al colegio.
18 de febrero de 2026 • 13:19

Vuelta a clases: el alivio que muchas madres sienten y casi no se animan a decir - Créditos: Getty
Hay algo que muchas madres no dicen en voz alta, pero el cuerpo lo sabe antes que las palabras. Pasa en esos minutos que parecen nada: la fila en la puerta del colegio, las mochilas demasiado grandes, la caravana de autos que avanza de a poco mientras van bajando los chicos, el ruido bajo de bocinas, ventanas que se abren, miradas cómplices entre madres que también llegaron medio a las corridas. Beso rápido, “portate bien”, foto infaltable si es principio de año, una maestra que los recibe con sonrisa entrenada. La escena podría ser una más en el calendario familiar, pero para muchas mujeres es otra cosa: es un pequeño hito silencioso.
En el segundo en que la puerta se cierra y el chico desaparece detrás del portón, algo adentro afloja. Es tan rápido que casi no se llega a registrar: los hombros bajan apenas, la respiración se hace más profunda, el cuerpo siente una especie de alivio físico, una ligera expansión. No hace falta pensar; el cuerpo ya entendió que por unas horas no va a estar en guardia. Ahí aparece una sensación intensa, difícil de nombrar, que muchas prefieren disimular con chistes del tipo “por fin vuelven al cole” o “tendrían que dar feriado a las madres el primer día de clases”, como si hiciera falta esconder lo obvio: ese día se parece sospechosamente a una forma de felicidad.
Desde una lectura psicoanalítica, ese instante no habla de falta de amor; habla de exceso de carga. Durante semanas o meses, esa mujer estuvo ocupando un lugar muy claro: el de sostén. La que piensa horarios, la que detecta cambios de humor, la que organiza comidas, actividades, pantallas, traslados, silencios y enojos. No solo hace cosas: ocupa un lugar psíquico para que todo eso no se desarme. Su deseo queda muchas veces en pausa; lo que quiere se negocia con lo que conviene, con lo que hace bien a todos. Esa función tiene un costo: una parte de sí misma queda postergada en nombre del cuidado.
Cuando los chicos vuelven al colegio, algo de ese dispositivo interno de estar disponible todo el tiempo se afloja. Y no importa si, después de dejarlos en la puerta, vuelve a una casa silenciosa, se sienta frente a la computadora o se sube al auto rumbo a la oficina; lo que cambia no es el destino físico, es la experiencia interna. El mundo sigue, pero ella ya no está en modo guardia permanente. Por unas horas no hace falta anticipar, no hace falta responder a cada llamado, no hace falta sostenerlo todo. Lo que se siente ahí no es solo descanso; es una restitución mínima pero profunda: vuelve a existir un tiempo propio, incluso aunque esté lleno de trabajo.
El problema es que ese placer choca con el ideal que muchas mujeres llevan tatuado desde chicas: el de la madre que siempre quiere estar, la que nunca se cansa, la que disfruta cada minuto con sus hijos de manera plena, consciente y agradecida. Ese ideal no admite matices, y en eso radica también su crueldad. Si una parte tuya se relaja cuando se cierran las puertas del colegio, otra parte se escandaliza. Ahí aparece la culpa. No como reflexión genuina, sino como una voz interna que corrige cualquier sentimiento que no encaje: “¿Cómo puede ser que esto me genere tanto alivio?”, “Si realmente los amara, me daría tristeza que se terminen las vacaciones”, “Tendría que extrañarlos más”.
Esa voz no nace sola: suele ser el eco de miradas, frases y mandatos que se instalaron temprano y que siguen operando en silencio adentro tuyo. Son las mismas voces que empujan a seguir cuando el cuerpo ya está agotado o que minimizan el cansancio con un “no es para tanto”, aun cuando todo adentro avisa que se está llegando al límite.
Si se mira con honestidad lo que pasa ese primer día de clases, lo que aparece es algo simple y profundamente humano: una mujer que viene sosteniendo mucho y recibe, por fin, una tregua. No una tregua idealizada, sino concreta. Unas horas sin demanda constante, sin llamados cada diez minutos, sin tener que estar disponible emocionalmente todo el tiempo. Ese rato tiene otro clima; es un placer que no pide testigos ni explicaciones. Se siente.
Tal vez la invitación no sea a juzgar ese placer ni a taparlo con culpa, sino a escucharlo. Si el primer día de clases se vive como uno de los momentos más esperados del año, no es porque falte amor, sino porque sobró exigencia. Nombrar eso, aunque sea en silencio, es empezar a cuidarse. No para dejar de ser madre, sino para volver a alojar a la mujer que trabaja, que piensa, que desea y que existe más allá del rol. Esa que, por un rato, cuando se cierra la puerta del colegio, respira distinto y siente algo que casi no se anima a decir, pero que vale la pena atender. Porque hay algo profundamente injusto en un mandato que confunde amor con agotamiento. Ser buena madre no debería exigir que te borres de tu propia vida, sino que puedas seguir habitándola mientras cuidás.
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