"Terminá de comer", "dejá el celular", "andá a dormir temprano", "salí a jugar un rato". Son frases que muchos adultos repiten a diario. Pero, ¿qué pasa cuando quienes las dicen almuerzan frente a la computadora, responden mensajes a cualquier hora o viven agotados?
Cada vez más especialistas coinciden en que los chicos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. La forma en que los adultos gestionan el estrés, descansan, comen o se relacionan con la tecnología termina convirtiéndose en un modelo de bienestar —o de agotamiento— para quienes crecen a su lado.
"El bienestar laboral puede ser una de las conversaciones más relevantes de hoy, pero su impacto va mucho más allá de la oficina. La manera en que nos cuidamos se refleja en la vida de quienes nos rodean, especialmente en la de los niños", explica Diego Puente, especialista de Wellhub. "Nuestros hijos aprenden a cuidarse mirándonos".
El bienestar empieza por los adultos
Aunque solemos asociar el autocuidado con algo individual, sus efectos alcanzan a toda la familia. Dormir mal, vivir con estrés permanente, comer a las apuradas o pasar gran parte del día mirando el celular son hábitos que los chicos incorporan como normales.
Según el último estudio global de bienestar realizado por Wellhub en Argentina, el 91% de los empleados aseguró haber experimentado síntomas de burnout durante el último año y el 89% afirmó que rinde mejor cuando prioriza su bienestar.
Además, el 97% considera que el bienestar físico, mental, emocional y social están profundamente conectados.
Para Puente, esto demuestra que "el bienestar no está dividido en categorías aisladas, sino que influye en todos los aspectos de la vida, incluidas las dinámicas familiares".
Los chicos aprenden mirando
Los especialistas en desarrollo infantil sostienen desde hace tiempo que el ejemplo tiene un peso enorme en la construcción de hábitos.
"Quienes cuidan de otros influyen mucho más que las rutinas diarias. Desde cómo comemos y nos movemos hasta cómo respondemos al estrés y al consumo digital cotidiano, nuestros hábitos se convierten silenciosamente en el modelo que siguen los chicos", señala Puente, gerente general de Wellhub en Argentina, licenciado en Comunicación Social con especialización en negocios digitales.
Por eso, cuando un adulto encuentra espacios para descansar, hacer actividad física o desconectarse del trabajo, también está transmitiendo una manera saludable de relacionarse con el tiempo y con el propio cuerpo.
El ejemplo también vale para la alimentación y el movimiento
Diversos estudios muestran que el entorno familiar influye de manera decisiva en la relación que los chicos desarrollan con la comida.
Lo mismo sucede con la actividad física: cuando los adultos incorporan el movimiento como parte de la rutina, los chicos tienen muchas más probabilidades de hacer lo mismo.
En esa línea, el estudio de Wellhub encontró que el 94% de las personas considera que asistir a gimnasios, estudios de yoga o clases de entrenamiento mejora su capacidad para manejar el estrés laboral.
"Estos hábitos hacen más que apoyar la salud individual; ayudan a establecer rutinas visibles y cotidianas que los más pequeños aprenden de forma natural", explica el especialista.
El celular también educa
Uno de los hábitos que más preocupa hoy es el uso constante de las pantallas.
Las investigaciones sobre technoference muestran que las interrupciones provocadas por el celular durante las interacciones familiares reducen el contacto visual, las conversaciones y la capacidad de respuesta de los adultos, aspectos fundamentales para el desarrollo emocional de los chicos.
Al mismo tiempo, los niños suelen reproducir aquello que observan: si el teléfono ocupa un lugar central en la vida cotidiana, es más probable que construyan una relación similar con la tecnología.
No se trata de hacerlo perfecto
Lejos de buscar una crianza ideal, los especialistas proponen enfocarse en pequeños cambios sostenibles.
"El bienestar no requiere perfección. Pequeñas decisiones cotidianas, como hacerse tiempo para descansar, ser más conscientes con la alimentación, mantenerse activos o dejar a un lado el celular y las pantallas, pueden tener un impacto duradero en el entorno en el que crecen los más jóvenes", destaca Puente.
Y agrega que estos gestos cotidianos ayudan a transmitir una idea fundamental: que cuidarse no es un lujo ni algo excepcional, sino una parte natural de la vida.
Cinco hábitos que también educan
- Dormir las horas necesarias y respetar los momentos de descanso.
- Comer sin pantallas y compartir al menos una comida en familia.
- Incorporar actividad física como parte de la rutina semanal.
- Limitar el uso del celular durante los momentos de encuentro con los chicos.
- Hablar del estrés y del autocuidado con naturalidad, mostrando que pedir ayuda o descansar también es una forma de cuidarse.
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