La búsqueda constante de validación en la infancia: ¿hasta qué momento es esperable? ¿Qué pasa en la adultez cuando se sigue esperando lo mismo y repitiendo el mismo patrón infantil?
Necesitamos la mirada de los otros a lo largo de toda la vida, pero durante la infancia esa necesidad tiene otra escala: la atención de quienes nos cuidan no es un extra, es lo que nos forma.
La búsqueda de validación en la infancia no es un capricho: es parte del desarrollo. Es la forma en que los chicos construyen autoestima e identidad. Necesitan que los vean, los reconozcan, los feliciten y también que les marquen límites. En la adolescencia, la validación se desplaza hacia el grupo de amigos. Son ellos quienes validan la identidad. La aceptación social pesa muchísimo, y está bien que sea así.
El problema aparece cuando llegamos a la adultez esperando el mismo aplauso, la misma validación que necesitábamos de chicos para sentirnos seguros. Esperar reconocimiento externo no está mal: somos seres sociales y lo necesitamos. El problema aparece cuando la autoestima depende de eso.
John Bowlby, creador de la Teoría del Apego, planteó que las primeras experiencias vinculares son determinantes para cómo nos relacionamos durante el resto de la vida. Cuando hay apego ansioso —un estilo de vinculación con mucha necesidad de cercanía y mucho miedo al abandono—, la persona adulta sigue buscando validación urgente y se hipersensibiliza ante cualquier señal de distanciamiento.
Suele desarrollarse cuando quien cuidó fue inconsistente o impredecible. Ese chico aprendió que tiene que esforzarse constantemente para mantener el afecto, que el amor no llega solo: hay que ganárselo.
No se espera que un adulto abandone la necesidad de validación externa: somos humanos, eso no desaparece. Lo que sí puede desarrollarse es una validación interna: la capacidad de reconocer las propias emociones, los propios logros y el propio valor sin depender de que alguien más lo confirme.
Repetición de patrones infantiles en la adultez
Los modelos que adquirimos en la infancia los incorporamos sin darnos cuenta. Los tomamos de cómo nuestros padres mostraron afecto, enojo e interés. Todo lo que nos enseñaron lo llevamos a nuestras relaciones adultas. Es lo que aprendimos para sobrevivir.
¿Qué pasa cuando repetimos patrones que ya no nos sirven? ¿Qué hacemos cuando no podemos dejar de repetirlos?
Lo traumático insiste porque hay algo que no fue resuelto. Sigue apareciendo hasta que podamos entenderlo. ¿Qué hacemos? Para dejar de repetir hay que tomarse tiempo para pensar, recordar y analizar el sentido de lo que repetimos. Encontrar el porqué. La identificación nos permite llevarlo a la conciencia para poder desprendernos de la repetición. Es un proceso largo, pero vale la pena.
Encontrarle sentido a lo que repetimos es el mejor camino para liberarnos. Solo cuando capturamos ese sentido podemos salir del loop. Si no, esas experiencias no recordadas nos mantienen atrapadas, repitiendo lo mismo una y otra vez sin saber por qué.
Marina Mammoliti Es licenciada en Psicología, divulgadora científica, creadora del podcast Psicología al Desnudo y autora del libro Frená tu cabeza (Grijalbo - Penguin Random House).
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