
Por qué evitar las emociones incómodas puede alejarnos de una vida plena
El consultor psicológico Facundo Olivares habla de la importancia de recuperar el contacto con las emociones en una época que busca evitarlas, la trampa de la autosuficiencia y el sentido de la plenitud más allá del bienestar constante.
11 de mayo de 2026 • 16:17

Por qué evitar las emociones incómodas puede alejarnos de una vida plena - Créditos: Getty
Vivimos en una época obsesionada con anestesiar el dolor, controlar las emociones y perseguir una idea de bienestar permanente. En ese contexto, el consultor psicológico y escritor Facundo Olivares propone ir a contramano: dejar de escaparle a lo que sentimos y recuperar la intensidad de estar vivos.
Con una escritura directa, incómoda y profundamente emocional, su nuevo libro, Terapia a martillazos. Vivir es sentir (Galerna), no intenta ofrecer fórmulas mágicas ni recetas de felicidad instantánea. Más bien funciona como una invitación a cuestionar mandatos, romper certezas y aceptar que vivir también implica atravesar el miedo, la culpa, la tristeza y la angustia.
A lo largo de breves reflexiones, Olivares plantea que el gran problema contemporáneo no es sentir demasiado, sino haber aprendido a desconectarnos de nosotros mismos. También cuestiona el ideal de autosuficiencia, reivindica el pedido de ayuda y propone reconciliarnos con la idea de la muerte como parte inevitable —y necesaria— de la experiencia humana.
En esta entrevista, habla sobre las emociones “negativas”, la dificultad de dejarse querer, el cuerpo como territorio donde todo se manifiesta y por qué, para él, la plenitud no tiene nada que ver con estar bien todo el tiempo.

Terapia a martillazos, el libro de Facundo Olivares (Galerna) - Créditos: Prensa
—¿Tuviste que romper con certezas personales para poder escribir este libro con semejante honestidad?
—La vida misma me invita constantemente a romper o, al menos, cuestionar certezas, y yo escribo desde ahí. No es algo que me haya pasado ahora específicamente con este libro: siento que uno rompe certezas toda la vida. A medida que crecemos, atravesamos experiencias y transitamos distintas etapas, inevitablemente cambiamos la manera de mirar las cosas. No pensamos igual a los veinte que en la adultez.
—Darío Sztajnszrajber dice en el prólogo que este libro es una provocación contra lo establecido. ¿Qué te generó leer eso?
—Primero, fue un sueño cumplido. Y después, cuando caí en que Darío había escrito el prólogo, sentí que encajaba perfecto con el espíritu del libro. Me encanta cómo escribe. De hecho, creo que leer el prólogo ya te da ganas de entrar al libro.
—¿Qué diferencias encontrás entre Terapia a martillazos. Hablar sana y Terapia a martillazos. Vivir es sentir?
—Hay algo que une a los dos y tiene que ver con mi forma de escribir desde la reflexión. Ambos invitan a pensarse, a identificarse con temas que atraviesan al lector según el momento vital en el que esté. Pero también necesitaba que este nuevo libro tuviera algo distinto, que fuera superador. Vivir es sentir incorpora nuevos matices, aunque conserva esa intención de dejar a quien lee pensando incluso después de cerrar el libro.
—¿Cómo se puede empezar a “dejarse querer” cuando una persona construyó toda su identidad alrededor de sostener a los demás?
—No creo en las recetas mágicas ni en los “tres pasos” para cambiar. Lo primero es poder registrar que hay algo que no está funcionando, que hay algo que necesita revisarse. Si no aparece esa conciencia, generalmente el cuerpo termina hablando de alguna manera.
Y cuando digo que el cuerpo habla, no quiero decir que todo síntoma físico tenga un origen emocional: a veces una gripe es una gripe. Pero también es cierto que el estrés, la exigencia permanente y la forma en la que vivimos terminan manifestándose en el cuerpo. Por eso hay que trabajarse a uno mismo.
—En el libro hablás de hacer las paces con la muerte. ¿Cómo se puede cultivar esa conciencia de finitud sin caer en la angustia existencial?
—Creo que la vida no tiene un sentido dado: cada uno se lo construye. Estamos acá sin haber elegido ni siquiera nuestro nombre, y cada persona va encontrando su manera de habitar la existencia.
La conciencia de finitud aparece con el tiempo. En la infancia o en la adolescencia uno no piensa demasiado en eso, pero a medida que crecemos y atravesamos experiencias, empezamos a entender que la vida tiene un límite. Y justamente ahí también aparece su valor.
—¿Sentís que las emociones consideradas “negativas” tienen mala prensa?
—Sí, totalmente. Ya desde el lenguaje quedan marcadas como algo que habría que evitar porque son displacenteras, porque duelen. Pero forman parte de la vida y tienen algo para decirnos.
Si alguien te maltrata, es lógico que eso te angustie o te entristezca. El dolor no está para rechazarlo automáticamente, sino para escucharlo. Cuando perdemos a alguien, cuando termina una relación o una amistad, lo esperable es sentir tristeza. ¿A quién no le dolería perder algo que quiere?
También hay algo de respeto hacia uno mismo en permitirse sentir. Si negamos lo que nos pasa, nos terminamos desconociendo.
—Te definís como un “provocador del sentir”. ¿Sentís cierta responsabilidad cuando alguien te dice que después de leerte decidió cambiar algo en su vida?
—No sé si logro dimensionarlo. Sí me siento responsable de lo que escribo y de cómo lo escribo, pero después no tengo control sobre lo que cada lector hace con eso.
—¿Qué significa para vos la frase “vivir es sentir”?
—Creo que tiene que ver con algo que buscamos todos: vivir plenamente. Pero la plenitud no es sentir solamente lo agradable. También incluye el lado B: el dolor, la tristeza, el miedo, la incertidumbre.
Muchas veces asociamos la plenitud únicamente con sentirse bien, y eso es apenas una parte de la experiencia humana. Vivir plenamente también es poder atravesar todo lo demás.
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