Qué significa para la psicología que te cueste tomar decisiones

Elegir implica renunciar a otras posibilidades, y eso no siempre resulta sencillo. Qué ocurre cuando decidir se vuelve una fuente de ansiedad, por qué aparece la procrastinación y cómo influye este proceso en la vida.

Por Alejandro Viedma

30 de junio de 2026, 12:38

mujer debe elegir entre dos caminos

¿Por qué nos cuesta tanto decidir? - Getty

Las decisiones son producto de un proceso cognitivo que consta de la elección de una posibilidad o de un curso de acción entre dos o más opciones disponibles. Son modos de resoluciones de problemas o determinaciones para alcanzar una meta o definiciones de una posición ante una situación específica.

Hoy se habla mucho de procrastinación, mecanismo defensivo, para el psicoanálisis, que hace que se postergue tomar una decisión. Eso se da porque el sujeto no se siente seguro, duda por miedos en juego y así se puede pasar mucho tiempo (o la vida) en decidir algo, le cuesta mucho dar ese paso. Procrastinar también significa retrasar o posponer, con intención, una tarea pendiente y relevante, la cual se reemplaza por actividades menos importantes o más disfrutables para, de tal modo, evitar el estrés o la incomodidad. Se aplaza algo para, temporalmente, sentir un alivio.

Históricamente se vinculó la toma de decisiones con cierta madurez o adultez de las personas responsables. En los últimos años, eso fue modificándose, por ejemplo, muchos padres hoy permiten que los que decidan (a qué lugar se van de vacaciones, si van a continuar estudiando o no, qué quieren comer, etc.) sean sus hijos. Es decir, que los niños/as y adolescentes estén decidiendo más que los adultos también implicaría un cambio de roles.

¿Qué diferencias existen entre una decisión propia y una ajena?

La decisión personal alivia, sobre todo si es tomada luego de un proceso, de un tiempo subjetivo y reflexivo. Aliviana porque en esa determinación el sujeto acciona, se posiciona en un lugar activo en donde toma el control de la situación, por ende su Yo se reafirma, la autoestima sube. ¿O es porque uno tiene una autoestima alta que puede decidir? El huevo o la gallina…

La cuestión es que muchas veces una decisión permite cerrar algo, poner un corte o límite y eso destraba para abrir otro ciclo. Una determinación propia libera porque uno en ese tomar las riendas a la vez suelta, se saca un peso –llámese conflicto- de encima, lo cual tranquiliza, hace que uno descanse y ello tiene un impacto interno y además en el entorno que circunda. Así, las decisiones personales generan un alivio incluso jugándosela (y más allá de las consecuencias que puedan presentarse por esas decisiones), apostando porque previamente uno necesita cambiar lo que le hace ruido por algo que supone será mejor, algo que lo hará valorarse más.

Del otro lado, podemos decir que una decisión externa a uno, principalmente si es sorpresiva, “por decreto” o tomada unilateralmente, ocasiona un malestar, que puede manifestarse en dolor o bronca. El control lo tiene el otro, un poder exterior irrumpe, lo cual hace que en ese caso uno quede en un lugar sumiso por sentirse desalojado (metafórica y a veces literalmente hablando) y eso haga que en algún momento el cuerpo pueda producir síntomas. Allí, por momentos, el Yo podría desestructurarse, la persona queda con una baja autoestima por habérsele abierto una herida, la cual supura tristeza o malhumor.

Aunque, dándole una vuelta a esto, los humanos muchas veces esperamos que el otro sea quien decida (por ejemplo, que nos echen de un trabajo que ya no soportamos o que sea nuestra pareja la que decida el fin de la relación), nos ponemos en una posición pasiva y, cuando la otra persona toma la determinación ansiada, cuando tiene la última palabra, también nos aliviamos porque nos evitó ese estrés o momento incómodo; lo mismo sucede al revés: a veces los demás esperan que uno decida (que renunciemos o cortemos, por ejemplo) para no ser ellos quienes tomen la determinación o porque obtienen beneficios secundarios… Paradójico, ¿o no?

Para finalizar, toda decisión implica salirse, correrse del “NI”: ni una cosa ni la otra, un punto de quietud o parálisis. Y decidir es salir de la espera para avanzar a otro punto, a veces, sin saber cuál será, pero ya sin esa angustiante detención en el tiempo y en los actos repetitivos o no ejecutados.

Alejandro Viedma, Lic. en Psicología (UBA), Psicoanalista, Supervisor de terapeutas, Escritor. IG @aleviedmapsi

Alejandro Viedma

Alejandro Viedma Licenciado en Psicología (UBA), psicoanalista, coordinador de grupos LGBTQ+, supervisor de terapeutas y escritor.