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 • Opinión

Varada en un avión: qué aprendí después de pasar 11 horas con otros 180 pasajeros

Un desperfecto técnico y una tormenta, obligaron a Sole a quedar varada por 11 horas en un avión. Desde las reacciones hasta la maner de conectar con los otros, la palabra resiliencia y comunidad vuelven a aparecer.


Fotos de adentro del avión.

Fotos de adentro del avión. - Créditos: Soledad Simond



El jueves pasado en plena tormenta torrencial en Buenos Aires, quedé varada 11 horas en un avión con 180 pasajeros. El avión despegó en hora -18.30- y nada indicaba que sería el vuelo más surrealista que viviría alguna vez, aterrizando finalmente en Bariloche a las 5 de la mañana.

Cómo empezó todo

A la hora de vuelo, una azafata inquieta anuncia que volveríamos a aeroparque porque estábamos volando con un desperfecto técnico. La reacción de los pasajeros fue de desconcierto. Ya estábamos a mitad de camino de nuestro destino y volveríamos al punto de salida. Ahora, eso fue lo de menos.

Creímos que sería aterrizar y listo, pero significó llegar justo para cuando estaban anunciando “alerta roja”. Esto significa que ninguna persona podía trabajar en pista por el riesgo de una descarga eléctrica y por ende, que no había asistencia para acomodar el avión. Con una cola de 19 aviones que recién llegaban, nadie del personal técnico podía monitorear la falla y, menos que menos, nosotros llegar a las instalaciones de aeroparque.

Durante la primera hora, todo fue un estado de shock, después de ese regreso un poco angustiante de no saber qué significaba la falla en el vuelo y, al rato, se hizo más palpable la incomodidad, el hambre, la incertidumbre. Empezaron a circular rumores sobre otros aviones en la misma condición, de si volvería a salir, de si creíamos la versión de la aerolínea. Un pasajero sugirió que nos regalaran la comida a bordo, que al menos repartieran a los chicos: al principio dijeron que no, que solo había agua. Pero habíamos embarcado a las 18:00, la gente esperaba cenar al aterrizar a las 21:00, cuando llegara.

Por suerte yo me había propuesto una cenita tempranera, pero no tenía ni una barrita de cereales en la mochila, nada. Y en esas situaciones de falta de libertad, la cabeza comienza a jugarte una mala pasada, quizás sí tenía hambre, quizás tendría que haber previsto una emergencia. Estaba pensando en eso, cuando la azafata anunció que pasarían con el carrito, y así fue: no hubo alfajores para todos, yo llegué a un té con unas galletitas de arroz, pero durante la siguiente hora la gente estaba de mejor humor. 

La interesante sensación de comunidad

Es interesante cómo en ese avión aislado se generaba de a poco una comunidad, los de adelante y los de atrás, los que tenían niños, los mayores, los jóvenes, los que dependían de ese avión para llegar a su casa, los que fantaseaban cuándo bajarse y dejar ese mal recuerdo atrás, y rever si volverían a viajar.

Pero sobre todo lo más interesante fue ver cómo en ese pequeño espacio se configuraban los líderes, los que pedían o daban consuelo; los que simplemente observaban, y esperaban ansiosos, y también los que se quejaban, incluso maltrataban a la tripulación.

Desde las 20.15, cuando el avión regresó a aeroparque, hasta las 3 de la mañana que volvió a salir… los bebés se quedaron sin leche de fórmula, algunos tuvieron ataque de pánico, otros nos hicimos amigos, algunos desparramaron teorías conspirativas, otros lloraban, otros dormían, otros hablaban con su gente querida sin saber bien cómo serían las próximas horas, otros elegían caminar, otros generaban un motín (real).

En ese avión pasó de todo. Incluso tuvieron que atajar a un señor que cuando el avión logró avanzar y le pusieron la escalerita, pero todavía sin vehículo para transportar a la gente, quizo huir sin permiso. En la mitad de la espera, hasta festejamos un cumpleaños cantando todos a pura palma. 

A las 12 de la noche, la mitad del avión, cuando pudo, se bajó, dispuestos a reconfortarse nuevamente en sus casas después del mal trago (a pesar de ya tener la semana de esqui paga), y otros (incluida yo) decidimos quedarnos y confiar en que lo subsanaríamos en las montañas.

Para mí fue un aprendizaje increíble sobre lo humano: nuestros mecanismos de defensa, de confianza, de resolución frente a la crisis. Mantuve el buen ánimo hasta las 2 am, cuando ya cansada, solo quería cerrar los ojos. Pero a pesar de todo, me maravilló la resiliencia de los seres humanos, la capacidad de hacer red, de creer antes que nada, y eso me dio fe. Me hizo creer que es nuestra humanidad la que puja en los momentos de incertidumbre y dolor, y que siempre -más tarde o más temprano- nos lleva a despegar de nuevo.   

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