Vivimos en una época en la que la espera se vive con mucho malestar. Esperamos que un mensaje llegue de inmediato, que una respuesta aparezca en segundos y que una aplicación nos entretenga cuando surge el aburrimiento. En ese contexto, nuestras emociones también nos incomodan cada vez más rápido.
La ansiedad, la tristeza, la angustia, el miedo, la irritabilidad o la frustración forman parte de la experiencia humana. Sin embargo, queremos eliminarlas de manera urgente. Por eso, miramos una pantalla, buscamos una recompensa inmediata, consumimos una sustancia o, en casos más extremos, recurrimos a una medicación sin la adecuada evaluación profesional.
Pero, ¿estamos aprendiendo a regular nuestras emociones o estamos intentando apagarlas cada vez más rápido?
Investigaciones recientes nos permiten reflexionar sobre este fenómeno. Estudiantes de pregrado de la Universidad de Cuenca (Ecuador) analizaron la relación entre el consumo de sustancias, la ansiedad y la depresión en estudiantes universitarios. Sus resultados arrojan una preocupación importante: cuando una persona no cuenta con suficientes recursos para afrontar aquello que le sucede, el sufrimiento emocional y el consumo de sustancias pueden vincularse en circuitos de búsqueda de alivio.
Por su parte, los investigadores Grippaldi y Bianchi, del CONICET, estudiaron los relatos sobre el uso de antidepresivos en YouTube en Argentina entre 2018 y 2025 y demostraron que los medicamentos, además de utilizarse para calmar o mejorar un síntoma, también forman parte de un relato: se explican y se resignifican públicamente. Poder derribar el tabú acerca del consumo de psicofármacos es positivo, pero también hay que ser responsables al momento de contar, de manera simplificada y fuera de contexto, que el uso de determinado fármaco provocó "un antes y un después". Porque no todo sufrimiento emocional se puede resolver rápidamente ni tiene respuestas inmediatas.
Es fundamental comprender que los ansiolíticos y antidepresivos pueden ser herramientas terapéuticas necesarias y eficaces cuando están correctamente indicados y supervisados por profesionales. El problema aparece cuando se instala la idea de que toda emoción intensa debe desaparecer inmediatamente o cuando se busca una solución rápida sin comprender qué está ocurriendo.
¿Qué significa aprender a regular las emociones?

Regular una emoción no significa apagar la ansiedad, la tristeza, el enojo o el miedo. En cambio, implica reconocer lo que nos pasa, tolerar cierto nivel de malestar y desarrollar recursos para responder de una manera menos automática: ganarle a la reacción.
En la infancia, esta capacidad se aprende progresivamente. Al principio, un adulto ayuda al niño a calmarse. Con el tiempo, esas experiencias compartidas pueden transformarse en recursos internos. Pero cuando cada aburrimiento, llanto o frustración es rápidamente "apagado" con una pantalla, se reducen las oportunidades de practicar algo fundamental: esperar, frustrarse, aburrirse, calmarse y volver a intentarlo.
No se trata de desestimar la tecnología ni de cuestionar los tratamientos profesionales, sino de preguntarnos qué ocurre cuando la respuesta automática frente a cualquier emoción incómoda es escapar de ella.
Ante el malestar, es necesario detenernos unos minutos y preguntarnos: ¿qué estoy sintiendo?, ¿qué puedo hacer para atravesarlo sin actuar impulsivamente?, ¿necesito pedir ayuda?
Entre las prácticas de regulación emocional que podrías poner en práctica para aprender a responder sin reaccionar se encuentran la respiración pausada, el movimiento, el descanso, hablar con alguien de confianza y escribir lo que sentimos, entre muchas otras. No eliminan mágicamente el dolor, pero ayudan a recuperar algo esencial: la posibilidad de responder en lugar de reaccionar.
Una vida emocional saludable no consiste en vivir sin malestar. Consiste en aprender que podemos atravesarlo sin quedar necesariamente atrapados en él.
Tal vez el desafío de nuestra época no sea solamente sentir menos ansiedad o tristeza, sino recuperar la capacidad de tolerar lo que sentimos durante un tiempo suficiente para lograr comprenderlo.
Karina Carreño Doctora en Psicología PhD con mención en Sistémica, Cognitiva y Neurociencias. También es sexóloga y perito forense.













