La era de la soledad: 1 de cada 6 personas la sufre y la OMS alerta sobre el fenómeno

La OMS declaró la soledad un problema de salud pública mundial. Qué dicen las cifras sobre los hogares unipersonales y cómo están cambiando nuestras formas de vivir y vincularnos.

Por Laura Marajofsky

13 de agosto de 2026, 14:49

mujer sentada sola en su casa
1 de cada 6 personas la sufre y la OMS alerta sobre el fenómeno. - Getty

Que vivimos en tiempos cada vez más solitarios y atomizados no es una novedad. Sin embargo, lo que antes podía diluirse en aquello que supone la vida moderna en las ciudades hoy es considerado un tema de salud pública. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la soledad afecta aproximadamente al 16% de la población mundial: 1 de cada 6 personas. Las tasas son especialmente altas entre jóvenes y adultos mayores, y se estima que la soledad contribuye a unas 871.000 muertes al año en todo el mundo.

Los números impactan porque llegan en un momento en que también están cambiando nuestras formas de vivir y vincularnos. Las tasas de nupcialidad y natalidad vienen bajando desde la década del 70 en toda la región y aumentan los hogares unipersonales. En Buenos Aires, un estudio reciente de Fundar revela que el 40% de los hogares porteños son unipersonales, ocho puntos porcentuales más que en 2001. A la vez, solo el 46% de los argentinos considera que es muy importante tener hijos, frente al 77% de hace diez años.

La vida comunitaria también cambió: costumbres como los clubes de barrio, los mercados y algunos espacios de encuentro se fueron perdiendo, mientras instituciones y organizaciones comunitarias se debilitaron. En este escenario, cabe preguntarse qué estamos ganando —y qué estamos perdiendo— mientras aprendemos a vivir más tiempo, muchas veces, en soledad.

“La conectividad genera una falsa sensación de cercanía”

Por Victoria O’Donnell (@vikitaodon). Consultora y especialista en tecnología y salud mental. Es investigadora y autora del libro Mosaicos. Formas de la soledad en el siglo XXI.

mujer con el telefono en la mano
La conectividad, y la falsa idea de cercanía. - Getty

La conversación sobre el impacto tecnológico en nuestros vínculos suele encerrarse en un dilema de reemplazo. Se pregunta si las pantallas desplazan el encuentro presencial o si la conectividad terminará ocupando el lugar de las personas. Quizá sería mejor preguntarnos qué funciones específicas ayuda a sostener la tecnología y qué es lo que sigue dependiendo de la presencia humana.

Muchas herramientas digitales cumplen un papel claro en momentos de fragilidad. Facilitan sostener conversaciones a la distancia, acercan a personas con intereses comunes o ayudan a sobrellevar períodos de aislamiento. Su capacidad para reducir la soledad inmediata es real. Sin embargo, calman el malestar del momento, pero rara vez modifican las condiciones de fondo que produjeron el aislamiento. A veces, la conectividad permanente genera una falsa sensación de cercanía. Creemos que por estar a un mensaje de distancia estamos acompañados.

Este repliegue hacia lo digital no responde a una simple falta de voluntad individual, sino a las exigencias de un entorno que desgasta la posibilidad del encuentro. En un contexto de creciente carga mental, precarización del tiempo libre y urgencias económicas, la energía disponible para los demás se volvió un recurso escaso. Ante estas restricciones materiales, el contacto virtual prospera como un refugio accesible y de bajo costo.

Sin embargo, es bajo este escenario donde el valor de lo humano y estable se hace evidente. Su riqueza radica en la persistencia de la interdependencia y en la capacidad de atravesar procesos juntos. Un vínculo con peso permite compartir el silencio o acompañar un momento difícil sin producir respuestas inmediatas para justificar la conexión. Implica que la vida de unos importa para la de otros; significa que alguien nota una ausencia, recuerda nuestra historia y sostiene la relación incluso cuando el intercambio no es entretenido, cómodo ni productivo.

El desafío no es desestimar las pantallas, sino entender el alcance real de lo que encontramos en ellas. Hay experiencias virtuales que sirven para pasar el día, pero son los compromisos cotidianos los que terminan definiendo el lugar que ocupamos en la vida de los demás. Es posible, mediante redes, acercarnos a mucha gente, pero la capacidad de sostener un lazo a través del tiempo sigue dependiendo de nuestra voluntad de estar presentes, aun cuando el entorno digital nos ofrezca un espejismo donde parecería que el otro es prescindible o plausible de ser editado en su complejidad y profundidad.

“Vivir sola require esfuerzo, paciencia y algo de valentía”

Por Laura Marajofsky (@lmarajofsky). Periodista especializada en cultura, género y tecnología. Es consultora creativa, fundadora y speaker del Mapa de Barmaids & Afines.

La soledad elegida habilita espacios de autoconocimiento y reflexión profundos.
Cada vez más personas viven solas en Buenos Aires. - Getty Images

Como cada vez más personas hoy, y a pesar de estar en pareja desde hace ya cuatro años, vivo sola en mi departamento en la ciudad de Buenos Aires. Mi trayectoria, que hace tan solo una década podía parecer inusual (¿por qué una mujer de más de 40 con pareja estable viviría sola?), se va naturalizando al ritmo de los guiños en la cultura pop, las estadísticas globales que muestran que cada vez más parejas consolidadas eligen este formato y hasta las postales curiosas sobre tendencias que nos llegan desde afuera. Ahora le tocó el turno al solo-maxxing, una trend entre las nuevas generaciones que “elimina el estigma de estar solteros o vivir solos y lo pone como algo a lo que aspirar, no como algo que hay que evitar”.

Me sonrío al leerlo porque, cuando yo comencé a vivir sola hace ya casi dos décadas, no había nada de glamour para las noches de delivery, los arreglos de la casa que había que manejar sin experiencia alguna o el ocasional “quedarme afuera” porque olvidé las llaves adentro. Y sin embargo, no cambio por nada del mundo una experiencia que considero tan formativa como plena, que me permitió conocerme en profundidad y que al día de hoy sigo eligiendo —y me considero privilegiada de poder elegir—. Reconozco que esta última frase es clave, ya que, al igual que la soledad bien entendida o en positivo, la experiencia de vivir por cuenta propia también puede tener un “lado b” menos favorecedor si no es algo buscado.

Los tiempos han cambiado, la cultura también, y lo que antes podía ser más difícil de aprender (todavía recuerdo la consternación a mi alrededor cuando, a mis 34, decidí probar el co-living y compartir vivienda durante dos años con dos amigas diferentes) hoy es casi un signo de época y de los nuevos formatos de soledad y compañía que tenemos para elegir, con menos presiones o mandatos.

Por eso, cada vez más parejas estables eligen no convivir y crece la modalidad LAT (living apart together) en todo el mundo. Me gusta esta idea de vivir juntos pero separados, la noción de que no estamos solos aunque no compartamos el mismo espacio, o la máxima de que nunca estás sola si estás con vos misma. No cambio por nada la posibilidad de tener mi espacio, decidir sobre mis tiempos ni resignar mis pequeños rituales y placeres cotidianos, aunque ame compartir con mi novio.

Vivir sola requiere esfuerzo, paciencia y algo de valentía. Casi lo mismo podría decirse de la convivencia, pero con una diferencia, para mí, crucial: para estar sola hay que estar dotada de una cualidad preciada que lleva tiempo adquirir, sentirte cómoda en tu propia piel.

Laura Marajofsky

Laura Marajofsky Periodista especializada en cultura, sociedad y género. Escribe actualmente en diversos diarios y revistas (La Nación, Forbes, OHLALÁ!, Volcánicas, Malvestida, Crisis, Anfibia, etc). Innovación en gastronomía & speaker.